martes, 7 de septiembre de 2021

El fracaso hegemónico


Por Sergio Suppo

Más usada que leída y analizada, “el empate hegemónico”, la definición de Juan Carlos Portantiero sobre el ciclo entre el primer y el segundo peronismo regresa una vez más como definición de procesos actuales que parecen remitir a aquel otro gran fracaso nacional.

El empate hegemónico vuelve a plantearse ahora como síntesis posible del proceso electoral que en pocos días entregará la primera de sus dos dosis.

Si se confirma la posibilidad de que las PASO del 12 de septiembre no registren diferencias abismales de votos entre oficialismo y oposición, el país se encontrará, otra vez, frente a un gobierno que no puede consumar sus pretensiones y una alternativa que estará todavía lejos de imponer las suyas.

No sería grave, en todo caso apenas un rasgo identitario del sistema binario, si no fuese porque la paralización y el desacuerdo radicalizado que expresa la situación construyen la dolorosa frustración de un país empobrecido como nunca y en continua decadencia.

Los años que describió Portantiero fueron, por contradictorio que resulte, los últimos tiempos de un país con indicadores sociales y educativos generados por un esquema económico que, entre violentos enfrentamientos políticos, estaba en sus últimos minutos de existencia.

Aquella Argentina no vio llegar el desenlace fatal de su sistema productivo y el costo que tendrían la inflación acumulada y el déficit fiscal. Estaba consumida por la violencia armada, el regreso de Perón, su muerte en el poder y la pendiente que condujo a la última dictadura.

Hijo adulto del consenso democrático de 1983, el país de hoy no acepta su propio fracaso ni la repetición de sus errores. Los muros que dividen a los grupos enfrentados impiden aceptar que forman parte de una misma geografía. La Argentina parece un ciego furioso que vive tropezando en el intento de dar palazos a sus enemigos.

Estos días de campaña agigantan todavía más una fragmentación de puentes volados, a la vez que muestran que la pobreza del país es intelectual además de material. Basta con escuchar los mensajes de algunos candidatos para descubrir en ellos el desteñido color de la ignorancia.

En la superficie todo conduce a hacer creer que el empate consolidará el fracaso, un fracaso hegemónico.

Una posibilidad es que cada quien insista con sus esfuerzos. El Gobierno, tratando de llevar a la Argentina al club de las autocracias y adoptando medidas que terminen de dislocar las posibilidades productivas del país, al estilo del cepo a la exportación de carnes. Solo al kirchnerismo se le ocurre prohibir vender lo que genera riqueza.

Mientras persiste en tales desvaríos, es posible que termine de emerger una conciencia como resultado de esta situación terminal. Es inviable un país con las tasas de pobreza y desigualdad que registramos, como son impagables los costos para una parte e insoportable el dolor de la indigencia en el otro extremo. El resultado es una migración de miles de jóvenes que deciden llevarse su talento y su vocación por emprender a otro país, al mismo tiempo que otros se quedan sin chances de educación ni trabajo, anclados a una ayuda estatal que nunca terminará de ser suficiente.

Hay, sin embargo, indicios que permiten mirar con alguna –quizá ilusa– esperanza lo que vendrá. En la intimidad de reuniones que no trascienden hay más coincidencias que brechas sobre acuerdos de fondo.

El 26 de agosto, Horacio Rodríguez Larreta, precipitado hacia la conducción de la coalición opositora, dio en el Consejo de las Américas un discurso que quedó oculto detrás de las frivolidades del momento. El jefe de gobierno porteño y aspirante a desplazar a Mauricio Macri del mando opositor declaró: “Me da mucho dolor ver que hoy la Argentina sigue enfrentando las mismas frustraciones que hace 50 años (…). Estos problemas no se resuelven con más grieta. ¿Y si probamos una vez con sentarnos a dialogar todos? ¿Si nos comprometemos a escucharnos? Así vamos a dar vuelta la historia. Para salir adelante la Argentina necesita un plan a largo plazo, serio y consensuado por todas las fuerzas políticas”.

El discurso de Larreta es, por ahora, la única señal pública de un río subterráneo que busca nuevos afluentes en el peronismo del interior. Como en las provincias de Santa Fe y Tucumán, por ejemplo, donde la polvareda de dos duras internas del peronismo no permite ver insinuantes movimientos hacia el futuro. Es una búsqueda que también supone engrosar un estado de opinión luego de las elecciones con referentes que hasta ahora han hecho del silencio una forma de resguardo personal. El entorno del cordobés Juan Schiaretti no descarta algún gesto de su parte para armar una versión más racional del peronismo.

¿Aliados de Rodríguez Larreta? No para una alianza de partidos; sí para construir un discurso de afinidades dictadas por la desesperación del desastre. Luego, el tiempo dirá.

“Los muchachos de La Cámpora coinciden muchas veces más con nosotros que con la madre de Máximo”, suele decir un operador del jefe de gobierno porteño.

Macri habla de un peronismo secuestrado por Cristina Kirchner y Larreta trabaja en ese mismo lugar en busca de acuerdos para un futuro que pretende edificar desde los cimientos. Por ahora, trata de saber cuánta conciencia hay para frenar el desastre a tiempo.

© La Nación

0 comentarios :

Publicar un comentario