martes, 31 de agosto de 2021

Matar al mensajero

 Pávlik Morózov

Por David Toscana (*)

Cierta ocasión estuve en un pueblo universitario en los Estados Unidos. Fui a cenar con un par de profesores. Nuestra conversación en español nada tenía que ver con asuntos raciales, pero yo mencioné la palabra “negro”. 

No recuerdo si hablaba de un agujero negro o del vodka Oso Negro o de mi pasado, pero tan pronto dije lo que dije, los profesores se pusieron tensos y me sugirieron que no usara esa palabra, pues se parecía mucho a the N word. Aunque yo no alzo la voz cuando converso, no dejó de amilanarme que desde otra mesa alguien pudiese estar escuchando, juzgando y condenando alla советский.

El escritor azerbaiyano Anar tiene un cuento que mezcla humor con terror. Ocurre en 1937, cuando la purga estalinista. Un vehículo se estaciona a las dos de la mañana frente a un edificio y entran dos hombres. En ese mundo en el que todos podían ser inculpados por cualquier palabra o gesto o chisme o calumnia, cada uno de los inquilinos piensa “ya vienen por mí”, y se nos va relatando lo que ocurre en cada departamento mientras retumban los pasos por las escaleras y pasillos. El del número cuatro tiene siempre listo su neceser de preso. En el número seis, discute una pareja porque a alguien se le habrá salido un comentario inculpador. “Yo sé que a tus amigas les gusta el chisme”, dice él. ¿O era que la pequeña hija había cantado una canción de cuna prohibida?

De manera más histórica y menos literaria, este periodo lo cuenta Orlando Figes en Los que susurran. Esa existencia en la que había desaparecido la vida privada, en la que se desconfiaba de todos, en la que una mera broma llevaba a las personas a morir a Siberia.

Recordemos que un héroe-mártir de aquellos años fue Pávlik Morózov, un mocosuelo que acusó a su padre de realizar actividades antisoviéticas. El padre fue fusilado, y algunos parientes, muy molestos con Pávlik, tomaron venganza y lo asesinaron. Los parientes serían a su vez ejecutados luego de que se les tildó de reaccionarios.

Esta popular hazaña de Pávlik elevaba el chisme a la categoría de virtud patriótica. Los niños la aprendían en la escuela y sabían que debían denunciar a sus padres. Figes cita un testimonio:

  • Después de la historia de Pávlik Morózov, uno tenía miedo de que se le escapara cualquier comentario imprudente, incluso delante de tu propio hijo, pues él podía a su vez repetirlo sin querer en la escuela, lo reportarían a la dirección y le preguntarían al niño, «¿dónde escuchaste eso?». Entonces el niño respondería, «lo dijo papá, y papá siempre tiene razón», y antes de que pudieras darte cuenta te habías metido en graves problemas.

El chisme era tan poderoso, que si alguien deseaba el puesto o la mujer de otro, bastaba con soltar un rumor para hacer a un lado a su rival. Una vez torturado, cualquier preso confirmaba y aumentaba su culpa. “Estaba listo para confesar que era sobrino del papa y trabajaba bajo sus órdenes”, dijo un judío próximo a ser ejecutado.

Los ciudadanos soviéticos vivían en inmuebles comunales. Por eso el título de Los que susurran. Las paredes que habían improvisado para seccionar las viviendas eran delgadas, a veces no alcanzaban el techo, a veces eran meros cortinajes. “Las conversaciones privadas eran un problema aparte. La charla era claramente audible entre habitaciones colindantes, así que las familias se acostumbraron a susurrar.” Pero el susurro también podía inculpar. ¿Qué están diciendo que no pueda decirse en voz alta?

Lo que sí se escuchaba aunque se quisiera disimular, eran las delicias del amor.

Esta invasión de la privacidad y la propiedad privada podemos leerla también en Doctor Zhivago. “Después de su expulsión de Rusia aquellas habitaciones habían sido cedidas a otros, y no quedaba nada de sus cosas… Pero estas dos habitaciones se habían convertido en tres. Mediante planchas suplementarias, se había conseguido un entresuelo entre ambos pisos, con una ventana, rara para una habitación, de un metro de altura, que nacía a ras del suelo.”

En El maestro y Margarita alguien inventa un chisme sobre el maestro para quedarse con su bonito departamento. La tensión con la que se convivía en estos espacios puede leerse en una discusión que escucha Margarita: “Le diré, Pelagueya Petrovna, que hay que apagar la luz al salir del retrete; si no, presentaremos una denuncia para que la desalojen”.

Se perdía la individualidad. Se infundía temor. Se rompía la lealtad. Campeaba el chisme.

En una reunión entre amigos, Mandelstam recitó un poema sobre Stalin. Le llamaba “el montañés del Kremlin”. Vitali Shentalinski nos cuenta:

  • Los órganos tenían una persona infiltrada en el círculo de amigos del poeta. Mandelstam no confiaba esos poemas al papel, pero a menudo los declamaba ante mucha gente. El nombre de la persona que lo delató sigue siendo un misterio. Pero ¿importa realmente? “Si no es uno, será otro”, dijo con aire indiferente el propio Mandelstam más adelante.

La primera edición de ese poema es un manuscrito que obligaron al poeta a escribir en la Lubianka. Con mano lánguida, comenzó a deslizar la pluma:

  • Vivimos sin sentir el país bajo nuestros pies…

Mandelstam habría de morir de hambre y frío en un tren que lo transportaba a un campo de prisioneros en Vladivostok.

Hoy como siempre florecen los Pávlik Morózov, serviles seres viles. “Si no es uno, será otro.” Pero tratándose de chismes, no hay que tomar la estafeta, sino matar al mensajero.

(*) Escritor

© Letras Libres 

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