domingo, 4 de julio de 2021

Madura un cambio de piel en la oposición

 Por Jorge Fernández Díaz

El ajedrez boxístico más legendario y sugestivo de la historia está narrado con preciosismo en El combate; allí Norman Mailer lleva, a su vez, la literatura periodística y la crónica deportiva a uno de sus puntos culminantes. El relato se limita a una pelea inolvidable: el choque en Zaire entre George Foreman –invicto, más joven y con 40 peleas ganadas, 38 por nocaut– y Muhammad Ali, de quien se decía que bailaba como una mariposa y picaba como una abeja.

Mailer sucumbe al carisma de Cassius Clay, abandona su equidistancia profesional y toma partido por el veterano y lenguaraz campeón de Louisville. Se trata de una puja entre un luchador fuerte y extraordinariamente frontal y agresivo, y un rival que para sorpresa de todos no sale a realizar su danza estilística, sino a aguantar la andanada, incluso desechando las recomendaciones de su propio rincón. Ali se recuesta en las cuerdas, se cubre con los brazos y soporta cien obuses; por momentos parece acorralado por un adversario superior que hace un despliegue bestial. Ali lo agarra, lo traba, y encaja el castigo, y su público tiene ese aliento cortado que solo produce el pánico. Parece el fin. Pero George repite su repertorio y se va fatigando minuto a minuto; Muhammad ha logrado enfriar la partida, y solo espera el agotamiento de su enemigo. El desenlace es célebre: Foreman, desgastado y atónito, recibe un jab de izquierda y una derecha recta que lo pone a girar y lo arroja a la lona. “Les dije que esto era un arte y que yo era el mayor artista que ha dado este arte”, dirá luego Ali. No mentía ni exageraba. Y el encuentro resultó una alegoría perfecta acerca de cómo a veces la fuerza puede perder contra la psicología. Tal vez debamos volver a leer ese libro canónico para comprender cómo podría desarrollarse un enfrentamiento electoral entre una facción que solo sabe construir política con el conflicto y una coalición próxima a ser liderada por un dirigente que tiene aversión a ocupar el centro del ring y devolver los golpes: Horacio Rodríguez Larreta. Vale la pena pensarlo con cierta profundidad, puesto que los números colocan al alcalde en el lugar más competitivo y porque Mauricio Macri ha decidido cederle la estrategia y el timón. ¿Posee el retador suficiente astucia y talento, o tiene mandíbula de cristal?

Una cosa es conducir un equipo y ser un obsesivo de la gestión, virtud para nada desdeñable en el contexto de uno de los gobiernos nacionales más ineptos de la democracia moderna. Otra muy distinta es ejercer un liderazgo político de alto nivel. Si lo evaluamos por la performance del año pasado, abstrayéndonos del posible desenlace positivo que finalmente obtenga en la candente interna de Pro, el resultado es ambiguo. Podía entenderse que el alcalde se reservara el exclusivo rol de gestor de la pandemia y habilitara subterráneamente la denuncia contundente contra los zafarranchos y atropellos institucionales que cometía el kirchnerismo en pleno estado de excepción. Un pacto secreto y armonioso entre palomas y halcones. Pero lo cierto es que los últimos actuaron por reflejo e instinto, y fueron creciendo en la consideración pública, mientras las primeras se agarraban la cabeza y los fustigaban en los off the record. El crecimiento de Patricia Bullrich en los sondeos le fue generando a Rodríguez Larreta un problema mayúsculo; el capricho personal de Vidal –negarse a regresar a su lógico territorio a librar la madre de todas las batallas– también le complicó el tablero. Síntomas leves aunque inoportunamente desatendidos que derivaron en tumores. Que ahora el jefe de cirugía intenta extirpar contra reloj. Horacio podría haber llamado el año pasado a Patricia, haberla contenido y haber acordado con ella una doble estrategia. Por increíble que parezca, esa duplicidad funcionó a la bartola y fue alineando enconos en las dos orillas. Después, pudo haber persuadido a su amiga Mariu, prenda de unidad de casi toda la oposición bonaerense, para que regresara al cuadrilátero en la peor encrucijada de la democracia. De aquellos descuidos y defecciones surgen estos tironeos y urgencias, que en medio del dolor colectivo son observados como juegos de ambiciosos sin alma. Dicho sea de paso: no hacía falta pagar a operadores para instalar que el ingeniero de Los Abrojos tenía que abdicar, bajo el burdo truco de proclamar que debían jubilarse por igual Macri y Cristina. Ya se sabe que la dama toma esa sugerencia con hilarante desdén, y que el dardo envenenado iba exclusivamente hacia el caballero.

Más allá de estas torpezas y zancadillas, lo cierto es que Rodríguez Larreta quedó a cargo de la cabina, y entonces vale esta otra pregunta: ¿existe el larretismo? Dícese de un sector que no proviene de las empresas, sino del manejo de la burocracia estatal, que fue forjado bajo administraciones peronistas y aliancistas, que tienen sesgos más desarrollistas que liberales, y que luce mayor vocación de diálogo. La explicación ideológica, en dirigentes posmodernos, resulta una tentación inútil: Larreta es nada más que un pragmático obsesionado por las encuestas y un tanto proclive a la demagogia pasiva, y sus discrepancias con Macri son meramente tácticas. Como nadie, eso sí, sabe que no debe asentarse en el discurso de los propios y que para ganar hay que pescar en los apolíticos y neutrales. Esta jugada puede hacerse solo si la retaguardia está segura y premiada (puso el pecho a las balas cuando venían fusilando); de lo contrario podría ser como el refrán de Bonavena para cuando te quitan el banquito. Horacio es lúcido al intentar la unidad y también al no confundir militantes y adherentes con meros votantes. Todavía el 40% de la población cree que el Gobierno gestionó razonablemente la pandemia, pero solo el 20% sostiene que se manejó bien con el trabajo y la seguridad. Cuando la coalición opositora habla del peligro de autocracia, la violación de las instituciones o la pérdida de libertad, hace justicia, pero solo se está dirigiendo a los convencidos: discurso endogámico en el que especularmente cae también el kirchnerismo con sus propias obsesiones y ante su más fanática feligresía. El 80% de los ciudadanos está furioso por la destrucción del empleo y la licuación del poder adquisitivo, y por un programa ultragarantista que no hace una opción por las víctimas, sino por el zorro en el gallinero. Esta elección de medio término huele a plebiscito, puesto que el votante independiente no se ve obligado a elegir gobernantes nuevos; solo a apoyar o rechazar la marcha de las cosas. Las cosas marchan mal, y ya sabemos que a los plebiscitos los carga el diablo. Pero aun recibiendo un demoledor voto castigo el oficialismo podría verse beneficiado por la balcanización opositora: los desesperados usan cualquier extremo como arma arrojadiza. Y es por eso que las palomas y los halcones deberán ser más flexibles que nunca, a norte y a sur.

Pululan falsos profetas cobrando por hacer pronósticos. Nadie puede hoy anticipar lo que sucederá. Pero si se trata de apostar temerariamente, recuerdo ahora cuando Ali enfrenta por tercera vez a Frazier en Manila: los hombres se odian y se intercambian golpes mortales durante 14 rounds. En el último asalto, rotos los dos, van a sus rincones y les dicen a sus asistentes que no dan más. El entrenador de Joe tira la toalla antes que el entrenador de Muhammad, que se levanta aturdido y se desvanece unos segundos. El destino, que sabe mucho de esto, recién desempata en el último aliento.

© La Nación

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