lunes, 5 de julio de 2021

El tormento de ser argentino


Por Nicolás Lucca

Juan se levanta y pone la tele mientras se prepara unos mates. Luego de poner la pava a calentar vuelve y revisa el aparato. Cree que se averió el volumen y sin embargo descubre que, efectivamente, hay gente que grita a las siete de la matina. Luego de bajar un poco más la intensidad sonora deja la tele de fondo, abre la computadora y se conecta para trabajar solo para descubrir que la conexión a Internet de quichicientos terabytes por microsegundo no alcanza para cargar la bandeja de mail.

“¿Qué podría ser peor?” se pregunta Juan mientras le llega un mensaje del plomero en el que le informa que no podrá ir a reparar su pérdida de agua porque lo frenaron en un control y no tenía permiso de circulación. Juan lo llama y le explica pacientemente cómo tramitarlo.

–No aparezco, jefe.

–Poné cualquier opción…

–Ahora me pide domicilio laboral y fecha de inicio de actividades.

–Inventá, ponete creativo.

–Listo, dice que me fije de dos a cuatro horas. Cuando llegue voy a tener que dejarle el trabajo por la mitad que me quedo varado.

En un intento por no permitir que el día se le cague en menos de dos horas, decide abrir el celular para abonar algunas cuentas solo para descubrir que al Banco Central le pintó que deberá pagar más comisión o dejar la guita más tiempo en un país con la inflación mensual de cuatro Paraguays. “Bueno, seguro que me lo merezco porque el Estado me brinda un servicio de la ostia al no intervenir en absolutamente nada de la cadena de valor entre mi servicio y quien me paga, pero de algún modo hay que financiar esta campaña para vacunarnos todos”.

Sus pensamientos son interrumpidos nuevamente desde la tele y Juan cree que realmente falla ya que le había bajado el volumen. No, ahora gritan un poco más fuerte mientras explican cómo funciona la Agencia Central de Videntes, un cuerpo que no sabíamos que existía ni que tuviera validez alguna, pero que parece que es de vital importancia para la resolución de casos penales. “Debe ser por eso que nunca encuentran a los que me roban”, piensa Juan y vuelve a darle F5 a su página. Finalmente logra conectarse con el laburo.

“Queremos informarles que por disposición del Gobierno Nacional los que cobran menos de 150 mil pesos quedan exentos de ganancias”, informó el jefecito. Juan pide la palabra para preguntar si tenía alguna noticia sobre los monotributistas. Se le cagan de risa.

Mientras la reunión transcurre de embole en embole Juan abre su casilla de mail y piensa cómo es que la gente aún organiza reuniones de laburo si no hay medialunas. “Casilla semillena, si no nos da dólares urgente se quedará sin espacio”. Juan quisiera contestar a la compañía cuánto le succiona la gónada izquierda, pero se distrae con un correo del colegio de la bendi que le informa que aumentó la cuota un 823% “a raíz de la inflación del sector”.

Juan piensa que se lo recontra merecen porque le pusieron el pecho a la situación con la computadora a cargo de la familia, internet a cargo de la familia, la luz a cargo de la familia, la comida a cargo de la familia y todas esas cosas. Tira un comentario como quien no quiere la cosa en el grupo “Papáes y Mamáes” y le contestan de bedelía con un “señor, nos aumenta todo, no tenemos la culpa de que no habilitaran la presencialidad en tiempo y forma”.

Segundo mail: el dueño de la unidad le dice que, por culpa de la nueva ley de alquileres, debe aumentarle “entre un 40 y un 68%” el alquiler. Juan se levanta, va hacia el freezer, toma unos cubitos de hielo, los coloca dentro de una bolsa y se sienta sobre ellos para calmar el dolor mientras contesta “¿En base a qué es ese aumento?”. Se ve que el dueño estaba más al pedo que él porque le contestó al toque:

–A la variación interanual de inflación y al índice de aumento salarial.

–¿Y dónde salió eso?

–Vamos, Juan… En el Boletín Oficial.

Como buen monotributista, Juan tuvo una variación salarial interanual del 0% pero supone que el aumento es justo, dado que la inflación afectó notoriamente el costo de la mera existencia de un inmueble. Juan toma un cuaderno donde anota las personas a las que quisiera abrazar por la calle y escribe: “el boludo que quería pagar menos de alquiler y el diputado millonario que nunca alquiló y le apoyó el proyecto”.

En la tele ya dejaron de explicar cómo un Comisario Vidente resolvió el asesinato de Vandor retroactivamente sin levantarse del sillón, y pasaron a explicar que el Gobierno de la Ciudad autorizó la inscripción para vacunar a los mayores de 35 sin comorbilidades. Juan cumple 35 en noviembre y cuando salga el empadronamiento puede que tenga que esperar tres días o cuatro siglos sin contar la segunda dosis. Al menos tiene más suerte que su hermana Paula, que al vivir en provincia de Buenos Aires se anotó para darse un primer componente de la Sputnik y puede que el segundo se lo den antes del Mundial de Fútbol Afganistán 2046.

Harto de esperar llama a su amigo Mario que está en Miami en un viaje relámpago. Marito le cuenta la maravilla de haber llegado, haberse vacunado y estar a la espera del vuelo de regreso. “Lesto, me cansé, me mando la patriada”, dice Juan y se saca un pasaje que terminará de pagar junto con su velorio. Al ver el resumen del pasaje cree que hay algo mal, si el costo ida y vuelta a Miami en clase económica salía la mitad de lo que pagó. Llama enojado a la compañía. Lo atiende un bot.

Tres horas después de pasar por opciones que van desde “si quiere saber cuál fue el primer país del mundo en fabricar el Pulqui” hasta “si desea saber cuál es el paseo preferido de Dylan”, logra que una persona lo atienda. Allí le explican que es un imbécil que no entiende que el 50% del precio son impuestos. Juan les dice “no, sería el 100% sobre el precio”, todo para que le contesten “como quiera, pagalo que el país lo necesita”.

Contento con su pasaje en una mano y las hemorroides en la otra, Juan comienza a buscar cuál es la mejor banqueta de plaza para aguantar unas horas en Miami mientras espera el vuelo de regreso tras vacunarse.

Mientras tanto, en la tele, tras analizar durante tres horas la necesidad de la creación de una Policía Nacional Tarotista “como tiene la KGB”, deciden romper todos los moldes y dar una noticia. “El gobierno impedirá que ingresen más de 600 argentinos por día mediante vuelos”. Juan se quiere filetear con una motosierra oxidada.

Confundido, ingresa a Twitter a descargar su preocupación.

  • @JuanBoludoArgentino ¿Alguien sabe qué onda con eso de que no pueden entrar más de 600 argentinos desde el exterior por día?”
  • ↳@jdp762356382719998273 que se curtan por cipayos.
  • ↳@peronistahastalamuerte73 así que te vas a vacunar en el imperio vendepatria culorroto la tenes adentro seguila mamando aguante cristina quedate allá.
  • ↳@arac1bila ayyyy yo viajo desde entre rios a buenos aires el domingo, no lo puedo creer hijos de mil
  • ↳@ExxxpertoLiteralista Es un decreto que emitió el gobierno y que puso un tope de 600 personas al ingreso desde el extranjero por día.
  • ↳@barderoatento ¿A vos te pagan por contestar literalmente o naciste así de pelotudo?
  • ↳@ExxxpertoLiteralista Nadie me paga.
  • ↳@ChindaBordolino ojo que en Miami se caen los edificios porque las vacunas tienen poderes magnéticos que destruyen los cimientos.
  • ↳@FanDeChinda a mí se me magnetizó el brazo.
  • ↳@Siempr3atent0 y a mí el pene.
  • ↳@FandeChinda Ay! Qué horror! QUE NOS ESTAN DANDO
  • ↳@AmigadeJuan ¿Te puedo pedir algo que no ocupa mucho espacio? A la vuelta te doy la guita.
  • ↳@Jarompeitor Te recomiendo el mejor restó de la Collins. No dejes de pasar por ahí, me lo vas a agradecer.
  • ↳@PreguntaOcvia ¿Son 600 contando a la tripulación o no?
  • ↳@EstoyMuyResentido OJALA TE CAGUES MURIENDO LAVANDO PLATOS GORILA. NO VUELVAS MAS Y DISFRUTA DE LIMPIAR INODOROS JJJJAKAKAJAJAJKJJAA
  • ↳@ElJustificadorInformado Deberías saberlo, el gobierno lo viene anunciando hace mil.
  • ↳@JuanBoludoArgentino ¿Dónde?
  • ↳@ElJustificadorInformado En el Boletín Oficial, donde corresponde.

Una vena de Juan comienza a latir en la sien izquierda mientras la aorta se inflama a niveles peligrosos para terceros. No logra comprender cómo es que algún ser humano lee enterito el Boletín Oficial antes de programar su jornada y maldice el día en que a sus padres les pareció una buena idea traer un pibe a este país que ya era una mierda cuando decidieron tenerlo.

En la facultad le enseñaron que la ley se presume conocida por todos y siempre le pareció algo normal, hasta que se dio cuenta de que existen tantas leyes con tantos artículos que nadie, absolutamente nadie puede decir con exactitud qué se encuentra vigente y qué no sin consultar Infoleg.

Mientras se prepara un litro de té de tilo le llega un mensaje al grupo del consorcio en el que le avisan que Carlos pegó un aumento del 45% gracias a la negociación entre el sindicato, la cámara de administradores y el ministerio de Trabajo en la que ningún dueño o inquilino participó, y que eso repercutirá en las expensas. Juan festeja que al fin alguien le ganó la paritaria a los legisladores nacionales hasta que recuerda que a ellos también les paga de su bolsillo. Endulza el té con unas cucharaditas soperas de Clonazepam y pregunta:

–¿De dónde sacaron eso?

–Ay, Juan, del Boletín Oficial.

Juan siente presión en un ojo pero piensa “vacuna, vacuna, ya me vacuno y estaré más tranquilo”.

Pero llega la duda. Escucha en la tele que el Presidente organizó un acto para conmemorar a los muertos por el coronavirus. “Bueno, debe haber terminado todo y exageramos mal”, supone de forma inmediata hasta que el presentador informa que participaron los gobernadores de Catamarca, de Chaco, de Corrientes, de Entre Ríos, de La Pampa, de Mendoza, de Buenos Aires, de la Ciudad Autónoma, de Chubut, de Jujuy, de La Rioja, de Misiones, de Neuquén, de San Juan, de San Luis, de Santa Fe, de Santiago del Estero, de Tierra del Fuego, de Tucumán, los vices de Córdoba y de Santa Cruz, y el Emperador del Estado Libre Asociado de Formosa.

Contrariado, Juan decide ir a buscar ese bendito Boletín Oficial para ver si está permitido un acto de tamaña envergadura mientras en la tele chorrean más nombres: una actriz, cinco músicos, todos sus sonidistas, los iluminadores, los camarógrafos, dos obispos, un rabino, un imán, la cabeza de los luteranos y otros representantes de religiones que Juan ni sabía que existían. Busca en el Boletín por palabras claves, por norma, por día, publicación por publicación y nada, che.

Pero descubre que hay 21 ministerios, 109 secretarías, 218 subsecretarías y más de dos mil direcciones y coordinaciones. “Y yo que pensé que solo existía ese de Salud y el pelado de Economía”, piensa en voz alta, pero no tan alta como la de los que salen por tevé. No encuentra nada, pero al menos se va satisfecho de saber que la Administración de Parques Nacionales tiene un nuevo directorio. Procede a realizar una búsqueda similar en el Boletín Oficial pero de la Ciudad, dado que, supone, quizá se equivocó como ciudadano que debería saber de todo. Tampoco encuentra una goma, pero se siente satisfecho de que el aumento de Rentas se vea registrado en el nombramiento de varios “Concientizadores Viales”.

Juan no logra quitarse de su mente que en el velorio de su madre no le dejaron estar más de cinco minutos al aire libre en medio de un cementerio sin un edificio a quince kilómetros a la redonda y que le permitieron concurrir con tan poca gente que para cargar el cajón le tuvo que tirar unas monedas a los sepultureros. Siente que algo se le atraganta, le da náuseas, le empieza a doler cada vez más fuerte la cabeza y comienza a llamar al servicio médico.

De fondo escucha: “También concurrieron representantes de trabajadores esenciales, como médicos, operarios, científicos, cajeros de supermercado, supervisores de rampas del aeropuerto, docentes…”

En el teléfono le dicen que llame al número del Gobierno. El número público le pide que llame a su prepaga. En su prepaga le informan que se viene un aumento. Luego le piden que describa los síntomas, los cuales cuadran con Covid y también con una cagadera por exceso de condimentos. Le piden que se aisle y, si dentro de quince días sigue vivo, no era covid.

“Lo mejor que podemos hacer como sociedad es que tanto pesar se vuelva fuerza para construir el futuro de nuestro país, con diversidad y sin divisiones irreconciliables”, dice una voz inconfundible y Juan levanta la vista. Allí, bajo techo, ve al hombre que un día convoca a la oposición al diálogo, al otro los putea por “hacer política con la muerte” y vuelve a convocarlos. Hace poco lo escuchó decir por enésima vez que el mundo debe replantearse al capitalismo que tanto problema nos trajo.

Y claro, no hablaba en plural respecto de los países sino respecto de los argentinos, que residimos en un lugar donde no rigen las reglas del capitalismo sino las del más eficiente mercantilismo precapitalista con todas las de la ley: proteccionismo, tributación desproporcionada e irracional, economía dirigista e intervencionista a favor de los grandes grupos concentrados amigos del gobierno y en contra de todo el que quiera competir libremente. “Somos una monarquía absolutista que vota al rey cada cuatro años”, piensa Juan y vuelve a prestar atención a la tevé.

“… también estuvieron presentes delegaciones de la Policía Federal, de bomberos voluntarios, de la Cruz Roja, de la Gendarmería Nacional, de la Policía Aeroportuaria, de las tres Fuerzas Armadas, de todos los pueblos originarios y de la comunidad afroargentina.”

Se apagó la tele.

Con la taza incrustada en medio de la pantalla.

Juan se despierta abombado y mira el cielorraso desde el piso. Siente una presión en el pecho y se asusta. Es el gato que tenía frío, vio la oportunidad y la aprovechó. Tiene quince mensajes de Whatsapp sin responder entre los que se encuentra uno que le dice “Vuelven las reuniones virtuales para hacer lo mejor por tu barrio” y otro que le informa que tiene una reunión laboral por el “temita” de su viaje.

Antes de llamar, revisa la aplicación para saber si su padre tiene turno para la segunda dosis o no salió sorteado en la Nocturna Nacional. Era obvio que no. Pasa al baño y lo saluda su vecino de arriba. Ahora tiene una cascada decorativa justo para cuando llega el plomero. “Esto va a demorar banda, jefe”, le dice el muchacho y se toma el palo antes de que lo agarre la restricción de vuelta a su hogar.

Hipnotizado por la flamante obra de arte, Juan queda suspendido en estado alfa hasta que el sonido del teléfono lo trae de vuelta al planeta Tierra.

–¿Viste el Boletín Oficial?– pregunta el jefe y Juan comienza a hervir.

–Seh…

–¿Qué pensás hacer si quedás varado allá?

–Descorchar.

© Relato del Presente

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