miércoles, 12 de mayo de 2021

El galtierismo kirchnerista es mucho más que un mero exabrupto

 Por Pablo Mendelevich

La voz aguardentosa del dictador Leopoldo Galtieri en la recreación exaltada de un orador ultrakirchnerista –el intendente de Ensenada, Mario Secco– fue, quizás, el episodio grotesco que faltaba para recordarnos que la democracia anda con problemas fronterizos. Ensenada tiene alcurnia peronista porque fue uno de los semilleros del 17 de octubre, y el experimentado Secco, quien se define como un soldado de Cristina Kirchner, es sin duda un nostálgico del verticalismo castrense originario. 

En diciembre de 2017 lideró una irrupción violenta a la Legislatura, en La Plata. Con piedras y cartuchos en las manos, buscaba impedir que se aprobase la reforma previsional del Bapro. Los cartuchos los arrojó, desafiante, sobre el estrado.

Su frase galtieriana, políticamente torpe, no fue insustancial. Si bien de discutible elegancia, solo renovó la concepción bélica que el kirchnerismo potenció después de leer a Carl Schmitt (1888-1985), el padre de la idea de que el antagonismo político debe extremarse sobre las coordenadas amigo-enemigo. Secco parafraseó a un imaginario Galtieri cívico: “Estamos más preparados que nunca, si quieren venir que vengan, compañeros, para darles batalla en las elecciones”. La oposición sería algo así como la reencarnación de una potencia extranjera que usurpa una parte de nuestra patria; hay que aplastarla.

Pero mucho más inquietante es la naturalidad con la que se metabolizan las reacciones antirrepublicanas no ya de un intendente, sino de los tres gobernantes más poderosos del país, delante de la sentencia de la Corte Suprema originada en el DNU cierra escuelas. El Presidente se burló del Poder Judicial y avisó que no acatará los fallos que le disgusten. La vicepresidenta denunció un golpe de Estado judicial. El gobernador bonaerense estibó a la Justicia con “los medios”, a tono con la perorata que repite Cristina para tratar de lavar sus problemas personales en Tribunales; reivindicó la “legalidad” de un gobierno nacional “que ganó en primera vuelta” (como si esa circunstancia hubiera debido cohibir a la Corte), y remató con esta frase paternal; no se sabe si fue una recomendación, una sentencia alternativa o una autorización: “Alberto, hacé todo lo que tengas que hacer, ningún problema cuando se trata de cuidar a los argentinos”. Gracias, Kicillof.

Hay cierta resignación, hasta indulgencia, en quienes interpretan que todo esto es pirotecnia verbal, angustia del derrotado, debilidad. Que los hechos van por cuerda separada y no son incendiarios. El Gobierno, se explica, no tenía otra forma de reaccionar. ¿No la tenía? ¿Un gobierno afectado por un revés judicial puede comportarse como un conductor sacado en un incidente de tránsito que se baja con una barreta?

Lo que argumentan los gobernantes del peronismo-kirchnerismo desafía cualquier modelo republicano: no me someto a los límites que prescribe la Constitución –a la que alabo por razones rituales– ni a ningún freno que se me quiera imponer porque estamos en emergencia pandémica, la Corte me importa un bledo, haré lo debido, la Justicia está controlada por los poderosos, los medios hegemónicos conspiran junto con los jueces, Macri fundió al país y la oposición, en fin, es una bazofia que quiere que nos enfermemos y nos muramos, pero nosotros vamos a salvar al pueblo como sea. En la Argentina, las palabras se devalúan más que el peso, es cierto, ¿pero puede un discurso así, que haría sonreír a Schmitt, ser inocuo? Con estos prolegómenos, el Gobierno mandó al Congreso el proyecto que reclama superpoderes sanitarios (sic).

La altivez se propaga sobre la base de santificar la unidad peronista –o al menos, la foto de la unidad peronista– y satanizar al enemigo externo: externo al pueblo. “Si quieren venir que vengan”, matonea Secco. “Dicten las sentencias que quieran”, sobra Alberto Fernández. En forma retórica, Cristina Kirchner se pregunta si “para poder gobernar” no será mejor hacerse juez, miembro del Consejo de la Magistratura o ministro de la Corte. Ella, que conoce mejor que nadie cómo hacer para gobernar desde atrás, que supo en 2019 dónde parapetarse. Somos los demás los que ignoramos cómo sigue su plan de socavar el sistema político, de aniquilar cualquier cosa, cualquier individuo que pretenda asomar con autonomía.

La palabra autonomía posee por lo menos dos acepciones concurrentes. Además del poder de una entidad territorial integrada a otra superior para gobernarse de acuerdo con sus propias leyes y organismos, es la facultad de una persona de obrar según su criterio con independencia de la opinión o el deseo de otros. Vaya síntesis, por algo es la palabra del momento. El Presidente, que quiso saltearse la autonomía porteña bordada hasta el infinito en el trillado nombre oficial de la ciudad, es al mismo tiempo el presidente menos autónomo de la historia.

En sus primeros quinientos días, Fernández ensanchó la galería histórica de presidentes fuertes y presidentes débiles, cuya diversidad ya fatigaba a los taxonomistas. Forjó un biotipo novedoso, el vicario subordinado a su poderosa lugarteniente. Presidentes condicionados habíamos tenido, claro. Algunos tutelados por las Fuerzas Armadas, que luego los descartaban, como Frondizi, como Illia. Pero ninguno que hubiera celebrado con alborozo su propia dependencia. En la doctrina peronista la dependencia, significativamente, es un contravalor mayúsculo. Es el Mal, lo opuesto al destino prometido, la liberación.

Para encontrar lo más parecido a un presidente débil entronizado a la sombra de una figura política superior hay que irse hasta 1860, al cordobés Santiago Derqui, quien aguantó un año y medio como pudo, encorsetado por Urquiza (de quien había sido ministro del Interior) y también por Mitre. Contra lo que a veces se cree por culpa del sensacional eslogan de campaña “Cámpora al gobierno, Perón al poder”, el caso de “el Tío” no califica. Es casi idéntico al de Fernández en lo que se refiere al acceso al poder, un sustituto llamado a sortear un impedimento insalvable (Perón, la proscripción personal; Cristina Kirchner, el rechazo mayoritario en una segunda vuelta), pero una vez arriba, Cámpora resultó lo opuesto a Fernández. Duró 49 días precisamente debido a que su mentor no lo quería para que se emancipara, sino para que obedeciera como había hecho siempre.

José María Guido, para quien se inventó lo de presidente títere, tampoco cuenta, pero porque fue de facto. Sin embargo, existió una dictadura anterior que podría mencionarse y seguramente las patrullas ideológicas de La Cámpora, tan exigentes en cuanto a separar dictaduras y democracias, guardarían silencio (o podría decirse que prolongarían el silencio que militaron la semana pasada cuando Secco se inspiró en Galtieri). Se trata del presidente Edelmiro Farrell, a quien digitaba el inventor del vicepresidente que piensa, que tiene un plan y que es quien manda: el coronel Juan Domingo Perón.

Treinta años más tarde, su tercera esposa, Isabel Perón, la vicepresidenta que a su muerte lo sucedió, fue otro ejemplo de sumisión, en su caso a un superministro, el brujo José López Rega, y con ineptitud incomparable.

Lo enseña la historia, los disturbios del sistema institucional casi nunca vienen de a uno. La presidencia, vaya noticia, no es otra cosa que una institución. Unipersonal, asegura la Constitución.

© La Nación

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