jueves, 8 de abril de 2021

Conectados y solos

 Por Isabel Coixet

Me peino, intentando inútilmente que mi pelo tenga un aspecto presentable. Toso. Respiro, me concentro, enciendo la cámara. Empiezo a hablar mirando el objetivo. Dos frases, me quedo en blanco. Vuelvo a repetir la operación. Consigo decir tres frases esta vez. Vuelvo a callarme. Sé lo que quiero decir, conozco al dedillo la materia y, sin embargo, una apatía paralizante me hace callar. Es como si un vago desaliento me silenciara.

Como si, de salida, supiera que, diga lo que diga, nada va a calar en mi interlocutor, nada traspasará la maldita cámara del ordenador ni llegará a su pantalla, por más elocuente que me muestre, por más energía y convicción que le eche a mi discurso.

Este fenómeno me pasa mucho últimamente; cada vez que me piden un vídeo de apoyo o de explicación, o un enésimo Zoom, el sentimiento de soledad ante la cámara me asfixia y las palabras se empeñan en no salir. Como si mi cerebro reptiliano me estuviera recordando que no somos seres diseñados para lidiar con reflejos de otros seres en una pantalla, que eso es, después de todo, tan sólo un simulacro.

Como ya preveía la autora Sherry Turkle (profesora de ciencia y tecnología en el Massachusetts Institute of Technology) a lo largo de sus últimos ensayos, estamos sacrificando la conversación por algo a lo que con harto esfuerzo podemos calificar de ‘conexión’. Estamos abandonando el cara a cara, la lectura del otro a través de sus gestos, silencios, microexpresiones, temblores, tics. La conversación no sólo es necesaria para entenderse, también para construirse, para saber dónde estamos, quiénes son esos que tenemos enfrente o al lado. Y quiénes somos nosotros respecto a ellos.

Veo a grupos de adolescentes en un banco de un parque y sólo veo nucas inclinadas hacia una pantalla de teléfono, y cuando levantan la mirada es sólo para advertir al de al lado de que le acaban de enviar un vídeo, un mensaje, si es que levantan la mirada para hacerlo. ¿Cómo vamos a saber qué pensamos de las cosas cuando, tras horas de pretendidas comunicaciones, nos sentimos más vacíos que cuando empezamos? ¿Cómo no sentirnos solos en un mundo en el que hay días en los que apenas hablamos con nadie porque sólo enviamos textos o mensajes de voz o gifs o memes o emojis por muy simpáticos y ocurrentes que sean estos?

Las interacciones en el mundo real, asediado por la incertidumbre de la pandemia, se van haciendo más y más raras y las consecuencias de este aislamiento, de esta nueva clase de soledad, son impredecibles. Porque es una soledad en una falsa compañía. Una cómoda compañía que no nos desafía ni nos molesta ni nos acompaña verdaderamente. No nos volvemos más listos ni más empáticos ni más sabios encadenando un Zoom tras otro, vocalizando palabras huecas ante la cámara del teléfono. O pasando de una página a otra buscando algo que no sabemos qué es y que nunca encontraremos porque no está allí: un fulgor de verdad, un soplo de aire, una bofetada de realidad.

© XLSemanal

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