jueves, 18 de marzo de 2021

El Hiper-Vicepresidencialismo


Por Luis Tonelli

A poco de conocerse la sorpresiva y sorprendente fórmula electoral del Frente de Todos en la que Alberto Fernández aparecía como el candidato a Presidente, y Cristina Fernández de Kirchner como su vicepresidente, aparecieron dos tipos de manifestaciones. La que consideraba que Alberto podía ser un Presidente con autonomía e independencia manifiesta de Cristina, y la de los que entendíamos que tarde o temprano, el poder real de la vicepresidenta se haría valer, especialmente en temas claves de gobierno.

Para unos, el poder que daba la “lapicera” presidencial era decisivo. Para los que éramos escépticos, la lapicera del Presidente sin la “tinta” del poder real, no puede escribir páginas políticas relevantes.

No hubo muchos presidentes delegados en la Argentina. Pero ya su primer caso -que se dio con el recambio inicial a partir de la inauguración de la Constitución en 1853- cuando Justo José de Urquiza nombró como su sucesor a un ignoto Santiago Derqui no termino nada bien. Y el problema que tuvo Derqui fue nada menos que el “querer ser”. Se le plantó a su jefe político Urquiza y empezó a desestabilizar al Partido Federal con una nueva creación política el Partido Liberal, aliándose con el enemigo porteño Bartolomé Mitre. No había pasado un año cuando Urquiza forzó la Batalla de Pavón, y abandonó el campo de batalla para refugiarse en su provincia. Derqui cayó.

Pocos presidentes delegados terminaron bien. El caso más reciente es el de Néstor Kirchner, elegido como su candidato por Eduardo Duhalde -senador a cargo provisionalmente de la Presidencia-, y quien tuvo que esperar dos largos años para confirmar su autonomía en las elecciones de renovación parlamentaria cuando jugó a Cristina Fernández en contra de Chiche Duhalde y venció. Pero claro, Duhalde no había contado con la legitimidad popular de origen y Kirchner disfrutó de la recuperación económica que había iniciado su predecesor, generando una liga de intendentes conurbanos que sustentó su triunfo.

El caso del Presidente Delegado Alberto Fernández es único porque la que delega el poder ocupa la vicepresidencia, en directa línea sucesoria. Esto ha sido tanto un problema para Alberto Fernández, aunque también resulta en lo que lo mantiene en su cargo. Cristina Fernández necesita de él para ser reivindicada en los problemas más acuciantes que la aquejan, a saber: el avance de las causas que la inculpan a ella y a sus hijos.

Cristina sabe que no puede ser ella misma la que aparezca, aunque más no sea formalmente, la que aparezca como impulsando y, en último caso, firmando la cancelación de esas causas. Y conociendo esto, Alberto Fernández sabe que su margen de maniobra depende fundamentalmente de que este proceso continúe abierto y sin resolución.

El cenit del poder de Alberto fue cuando dictó la cuarentena, y esta gozó durante sus primeras veces de una enorme popularidad. Fue cuando el Presidente abandonó su vocación centrista e intentó instalar una grieta peor que la del kirchnerismo macrismo. La grieta entre la Vida y la Muerte, que desde el vamos asumió caracteres clasistas. De un lado, el Estado que te cuidaba, del otro lado el mercado que te mataba. Esa grieta fue la clave en el dispositivo ideológico que se denominó Infectadura, mal entendido a propósito por los oficialistas como una dictadura efectiva. No tenía que ver con la cuarentena, tenía que ver con el discurso de la cuarentena.

La falta de efectividad de las medidas tomadas por el Gobierno y su extensión en el tiempo, conjugadas con la crisis económica llevaron a retrotraer la situación a la asunción de Alberto Fernández, y comenzaron las críticas de su Vicepresidenta, en la forma de trascendidos, twitters, y epístolas.

Sin embargo, en los últimos días, Cristina Fernández lanzó un asalto sobre las posiciones de poder presidenciales. ¿Qué había pasado? Nada extraordinario, se acercan las elecciones de medio término, y el liderazgo de Cristina Fernández seguía en entredicho en el Frente de Todos, especialmente porque aparecía debilitada ante la aceleración de sus causas. Especialmente, la confirmación de la prisión del empresario Lázaro Báez y sus hijos. Alberto se ha recostado desde el primer día en los gobernadores e intendentes como medio para tratar de neutralizar el poder de su vicepresidenta, y es la efectividad de este apoyo que, con los últimos sucesos, Cristina le ha puesto fin.

En poco menos de diez días, Alberto Fernández perdió a sus dos comandantes de campo más importantes, por un lado, Ginés González García, quien recibió un tiro en la frente por parte del snipper Horacio Verbitsky, y luego Marcela Losardo, la socia de Fernández en sus emprendimientos jurídicos privados.

Asimismo, desde el cristinismo se emitían dos fuertes mensajes hacia los gobernadores e intendentes. Uno con la cálida recepción al Gobernador Gildo Insfrán, fuertemente cuestionado por las decisiones autoritarias en Formosa. Por el otro lado, el flamante nombramiento del rionegrino Martín Soria como reemplazo de Losardo en el Ministerio de Justicia. A los hombres y mujeres provincianos que apoyen a Cristina, todo. Para el resto, guerra.

La vicepresidenta no podía poner en el Ministerio de Justicia un cartel que dijese “atendido por sus dueños” nombrando al segundo en el ministerio, su acólito Juan Martín Mena. Por eso, el nombramiento de un peronista de cuño puro y duro aliado circunstancial, para que le ponga la presión que Fernández y Losardo no pusieron sobre jueces y fiscales.

La batalla interna en el Frente de Todos ya ha comenzado a librarse en la superficie. Y la próxima batalla se dará en torno a la realización de las PASO. Los gobernadores e intendentes no quieren que se hagan. Pero La Cámpora desea intrusar por medio de ellas, a las listas de diputados provinciales y concejales municipales. Pronto conoceremos este desenlace.

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