miércoles, 20 de enero de 2021

Propósitos licuados

 Por Isabel Coixet

He leído una novela que utiliza varias veces el adjetivo ‘licuado’ y estoy dividida sobre él: nunca sé si es correcto o no utilizarlo. En la novela, la autora lo emplea por primera vez aplicándolo a los afanes: «afanes licuados». Cuando lo leo, soy consciente de que es de esas frases que solo se utilizan en las novelas y en algunas canciones. Un afán licuado sería pues un afán aguado, rebajado, disuelto. Un afán que no es realmente un afán: un capricho leve como mucho. 

Suena a letra de canción de Chenoa, a verso de poeta local que está convencido de que solo una conspiración lo separa de Louise Glück; suena pretencioso, pomposo, ridículo. Hago un repaso somero de mis intenciones y veo que ni son tantas y que igual sí están un poco aguadas. Cuando ya se llevan hechas unas cuantas listas de estas, cada vez pones menos cosas y más facilitas, ¿a santo de qué vas a poner que de este año no pasa que aprendas a ponerte de pie en una tabla de surf o adelgaces si sabes perfectamente que las posibilidades de que esas dos cosas ocurran son tan escasas como que Boris Johnson convenza a su padre de que el brexit es un planazo? Intento pensar en cosas que tienen alguna posibilidad de que cumpla. Me propongo leer más ensayos y más poesía. Mucha más filosofía. Leer también, de una vez, todas las novelas gráficas que tengo. Regalar los libros que ya no me caben en las estanterías y dárselos a personas que puedan apreciarlos. Regalar todas las chaquetas negras que se confunden en mi armario. Todas. OK, todas no. Las que no me he puesto en los últimos tres años. Aprender a hablar italiano con una cierta propiedad y no con vacilaciones a las primeras de cambio. Esperar menos de todo y de todos. No esperar comprensión ni aprecio ni gratitud. No esperar amabilidad, atención, escucha. Conformarme con entender la décima parte de las cosas y aun esa parte no del todo bien. No ver eso como un espanto. Dejar de sentir una horrible satisfacción cuando las personas se comportan confirmando las peores ideas que me he hecho de ellas. Recordar lo de que hay que «esperar menos de…». Recordarlo. Olvidarme el móvil en casa y no volver para buscarlo en todo el día. Perder el tiempo en cosas por las que merezca la pena perder el tiempo como darles de comer a los patos o cortar las ramas secas de mis plantas. Aprender a hacer croquetas que no solo estén buenas (eso ya lo hago), sino que tengan una forma digna: que queden más o menos presentables en la mesa. Volver a ver todas las películas de William Powell y Myrna Loy. Y las de Ida Lupino.

Ya ven, aquí estoy yo utilizando ‘licuado’ como adjetivo de mis pobres propósitos de año nuevo al tiempo que infrinjo otro de ellos: no perder el tiempo con libros de autoficción de autoras con las que no querrías tomarte una cerveza que utilizan adjetivos estúpidos. Primer propósito al carajo y no llevamos ni un mes del año.

©XLSemanal

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