miércoles, 27 de enero de 2021

Harta de apocalipsis


Por Rosa Montero (*)

Este artículo es como una cápsula del tiempo. Ya sabéis, porque lo he repetido hasta el aburrimiento, que, por cuestiones de imprenta, debo redactar el texto 15 días antes de que se publique. Lo que significa que escribo siempre para la posteridad. Os hablo a vosotros, seres del mañana, y os voy a contar en qué momento del ayer estoy. 

Me encuentro en mitad de la inmensa nevada madrileña, en el sábado día 9. Hace 16 horas se fue la electricidad de todo mi edificio. No tengo calefacción, ni agua caliente, ni puedo cocinar (qué inadmisible espanto, dicho sea de paso, esa Cañada Real que lleva meses sin suministro eléctrico). Estoy escribiendo con anorak y bufanda por el frío que hace, a la luz de una vela y a mano en un cuaderno, porque apenas me queda batería en el portátil y consumiré mucha menos energía si hago un borrador y copio el artículo. Para peor, mi perra viejecita y grandullona (23 kilos) ha sufrido un ataque y no se tiene en pie. Esta mañana me he lanzado bajo la tempestad a la ciudad polar en busca de cortisona para ella, en mitad de un catastrófico panorama de árboles caídos reventando coches y taponando calles. He recorrido veterinarias y farmacias cerradas hasta encontrar una en donde, tras mucho rogar, han consentido en darme la medicina bajo la promesa de llevarles una receta. Ahora estamos aquí mis dos perras y yo, dentro del tenue círculo de luz de la vela, como precarias supervivientes de un desastre que aún no ha terminado, mientras recibo vídeos de esquiadores en la Puerta de Alcalá. Sin luz no tengo ascensor y no puedo bajar a mi perra cuatro pisos para ir al veterinario, si es que hubiera uno abierto. Hay casos mucho peores, como el de María, que vive en San Blas y está de parto y no puede llegar al hospital, me entero en las noticias. También me entero de que en Estados Unidos quieren impedir que el delirante megalómano de Trump pueda apretar el botón nuclear. Enseguida se me enciende en la cabeza la imagen de ese narciso atroz estirando un dedo rechoncho y tembloroso hacia el pulsador del Cataclismo Final. Y todo esto nos está cayendo encima además de lo ya vivido.

No sé vosotros, pero yo ya estoy harta de apocalipsis.

En realidad los apocalipsis son mucho más comunes de lo que creemos. Y la buena noticia es que se superan. Con costes, eso sí. Sin duda quienes sufrieron la gran peste de 1348, que mató en un solo año a la mitad de la población europea, creyeron que había llegado el fin del mundo, y así lo dejaron escrito los cronistas. Pero aquí seguimos. Otras veces no se trata de una amenaza de exterminio total, sino del final de tu cultura a causa de un invasor capaz de aniquilarte. Plutarco narra en sus Vidas paralelas una escena magnífica de uno de esos momentos apocalípticos. Cuando los galos aplastaron a las legiones romanas en el siglo IV antes de Cristo, los habitantes de Roma huyeron despavoridos temiendo una carnicería. Se fueron todos menos los senadores más viejos, que, ataviados con sus mejores ropas, colocaron en el Foro sus sillones de marfil y se sentaron a esperar a los bárbaros. Más de un día tardaron en llegar, y cuando lo hicieron corrieron como jóvenes y ruidosos lobos por las calles vacías, hasta desembocar en el Foro y toparse con los ancianos impasibles. Su feroz algarabía se silenció de golpe; admirados, contemplaron a los senadores, sin saber si eran de este mundo. Al cabo, un guerrero, el más osado o quizá el más inocente, se acercó y mesó la barba de uno de los viejos, que respondió atizando al galo con su cetro. El hombre, enfurecido, sacó su espada y lo atravesó, y esa fue la señal para que los demás se abalanzaran sobre los ancianos y los masacraran.

Nuestros apocalipsis son menos épicos, pero tienen una exasperante tendencia a acumularse. Un meme que acabo de recibir muestra una lista de tareas ya hechas: pandemia, confinamiento, crisis económica, mutaciones víricas, asalto al Capitolio, ola de frío polar; y añade un par aún sin marcar: ovnis, meteorito. Me estremezco en la oscuridad de mi helada casa y, para animarme, pienso que también esto pasará, como decía el anillo mágico de Las mil y una noches. Es más, ya habrá pasado para el momento en que lo estés leyendo, si es que Trump al final no apretó el botoncillo.

(*) Escritora

© El País Semanal

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