sábado, 26 de diciembre de 2020

La gran revelación del año


Por Héctor M. Guyot

El cuarto gobierno kirchnerista nació de un acto de hipocresía tan alevoso que su deriva actual no debería sorprender. Lo que sí asombra es la velocidad que están tomando los acontecimientos. La pandemia, al confrontarnos con la precariedad sobre la que estamos parados, al descorrer velos, impuso una dinámica que desnudó antes de tiempo la falsa unidad del partido gobernante y la encrucijada que enfrenta la Argentina. 

En tan solo un año, la figura del Presidente quedó reducida a la insignificancia, aplastada por una voluntad que solo tiene un objetivo (consagrar la impunidad) y sabe cómo alcanzarlo (mediante la imposición de una hegemonía donde la ley y la verdad sean desplazadas por su palabra).

El acto del oficialismo en La Plata, la semana anterior, dejó las cosas claras. Se intentó mostrar unidad y vimos lo contrario, porque la realidad se manifestaba incluso en los detalles más nimios. En esta versión pauperizada del kirchnerismo, hasta el relato se agrieta y los actores, sumidos en su mundo paralelo y ficcional, no advierten que la puesta vira hacia el grotesco. La búsqueda de un modelo autoritario y retrógrado queda cada vez más expuesta.

A la hora de tomar el micrófono, el Presidente dice: "Si hay algo que tenemos es palabra. Es nuestro principal patrimonio". Si habla del kirchnerismo, que se edificó a partir del relato, estamos de acuerdo: no tiene otra cosa, salvo el manejo de las cajas del Estado. Si habla del Gobierno, alguien debería decirle que en ese rubro se gastó todo el capital y no le queda crédito. En su primer año de mandato, el Presidente nos ha enseñado a no creerle. Solito, como si hubiera puesto en eso su mayor empeño. Somos duros de entendederas, pero eso lo aprendimos. "Hice lo que me mandaste", dijo también, buscando a Cristina Kirchner. La verdad encuentra siempre el modo de salir a la superficie. Fue la involuntaria admisión de que el Presidente renunció a la palabra. No habla, sino que es hablado.

La vicepresidenta también tuvo momentos de inquietante transparencia. Quedó claro que, con el fin de lograr su objetivo, está decidida a empujar a su gobierno a una radicalización de consecuencias imprevisibles. Es que encontró del otro lado una resistencia que no da muestras de ceder en su defensa de la democracia republicana. Como dijo esta semana Fernando Iglesias en el programa de Alfredo Leuco, Cristina Kirchner advirtió que no conseguirá neutralizar las causas de corrupción que tiene abiertas si no rompe el sistema. En eso está. Y les exigió a los ministros un compromiso absoluto con la causa: "Que busquen otro laburo si no saben defender los derechos del pueblo". En su concepción, ella encarna al pueblo todo. Los ministros lo saben y habrán comprendido el mensaje.

Los quiere a todos alineados. Si alguno exhibe algún signo de duda o de pensamiento propio, cuenta con los servicios policiales de Alicia Castro, que denunció enseguida el pecado del vocero presidencial: una inexcusable demora en aplaudir la palabra de la jefa. Reflejos soviéticos muy a tono con la vacuna que llega desde Moscú y confirma la identificación del oficialismo con regímenes como los de Rusia, Irán o Venezuela. Allá vamos, hacia un sistema autocrático de pobreza subsidiada cuyo modelo es la Formosa de Insfrán o la Santa Cruz de los Kirchner, vanguardia hacia la cual marcha el país al ritmo de las consignas del progresismo vernáculo. La presunta izquierda nos conduce a la derecha feudal. Kirchnerismo en estado puro.

Termina un año muy duro. A los daños de la pandemia y la cuarentena, la Argentina debió sumar el impacto de una gestión que, a instancias de la vicepresidenta, buscó aprovechar el estado de vulnerabilidad social para avanzar en sus objetivos de impunidad. A pesar de esos esfuerzos, los daños que el oficialismo provocó en las instituciones no le aseguran al kirchnerismo la victoria final. Hay un importante porcentaje de la ciudadanía que no se rinde, y lo demostró con banderazos que obligaron a reconfigurar la escena política. En tanto reserva de anhelo republicano, fueron la gran revelación del año. En esa misma resistencia se inscriben jueces comprometidos con su deber de aplicar la ley.

La tensión irá en aumento. Y llegará el momento en que el Presidente (así como el peronismo que no se identifica con el kirchnerismo, pero acompaña la arremetida), atrapado en esa contradicción, deberá decidirse sin vuelta atrás entre el delito y la ley, entre el autoritarismo y la Constitución, pero ya sin disimulo, pues está visto que barrer con las causas de corrupción en nombre de la ley y la justicia está resultando más difícil de lo que se preveía.

Aunque la historia continuará donde la dejamos, alivia la llegada de un nuevo año. Acaso la vuelta de página ayude a renovar la esperanza, que es un deber del sentimiento (como escribió Pessoa en la voz de Ricardo Reis). También, un deseo de este columnista para sus lectores.

© La Nación

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