lunes, 16 de noviembre de 2020

Salita gris

Por Carlos Ares (*)

Repetimos salita gris. Nos cuesta la suma. Todo resta en el País-Jardín de Infantes que María Elena Walsh describió hace más de cuarenta años. El matiz indica la edad del gris desaliento. Los tonos ambientes reflejan el gris desgano. El gris contraseña activa la aplicación a este país cada mañana. El esfuerzo, la voluntad, resaltan las infinitas manos dadas sobre el gris tango original. Qué ganas de llorar en esta infinita tarde gris. El cruce nocturno de miradas devela cómo se opaca, se apaga, la luz gris del deseo.

Con el disco duro formateado en gris acero, las córneas esmeriladas. Somos lo que queda de experimentos brutales hechos en los laboratorios del País-Jardín. Golpes de Estado, fascismo, delirios mesiánicos. Consignas, persecuciones, asesinatos, mentiras, choreo, relatos. Muertos grises en vida grises. Los guardias visten guardapolvos gris ceniza. Enseñan grises que quieren que veas. Como quieren que los veas. No descorren las cortinas. Les duelen los colores. Que los ciegos sueñen con ellos.

El tiempo pasa apurado sobre casi todo. También sobre nuestros cuerpos. Apenas si nos cabe el culo en las sillitas de la salita gris. Esperamos sentados algún recreo. Que levante la niebla. No es posible seguir así. El gris se espesa. Sopla un vientito fuerte que arremolina grises hechos polvo. La furia bate las celosías. Hace vibrar los vidrios de las ventanas. Hay que acordarse de trancar las puertas. Comprar pilas para la linterna. Velas. Dejar una prendida.

El techo de la salita es bajo. Lo poco que crece acá, crece hasta ahí. Nos quedamos en personitas reducidas a lo que hay. Ciudadanos bonsai que insisten en mostrar los dibujos de sus fantasías grises a padres, familiares, amigos que ya no están. Cada tanto, un desesperado retrepa las paredes grises, cabecea la claraboya gris, se asoma, respira, se cuelga, se tira, se deja caer, llevar. Los más ilusos tratan de enlazar un avión en vuelo. Cada tanto pasa uno gris.

En 1979, María Elena denunció el gris silencio que se abatía sobre el País-Jardín. La dictadura encubría la represión, el secuestro, la tortura, la desaparición de miles de personas bajo un manto de censura gris. El terror impregnó la vida cotidiana. Se quemaban o enterraban libros, se bajaba la voz en las conversaciones de café. La rutina social fue agrisándose. Nos convertimos en sombras. “Hace tiempo que somos como niños –escribía María Elena–, no podemos decir lo que pensamos o imaginamos. Cuando el censor desaparezca ¡porque alguna vez sucumbirá demolido por una autopista! estaremos decrépitos y sin saber ya qué decir. Habremos olvidado el cómo, el dónde y el cuándo, y nos sentaremos en una plaza como la pareja de viejitos del dibujo de Quino que se preguntaban “¿Nosotros qué éramos...?”.

¿Qué éramos? ¿Qué somos? Si las grises historias se cuentan de a una, allá cada cual con la suya. Si se trata de entender, de pensarnos como algo más, comunidad, sociedad, país, habrá que aceptar que así estamos. Dentro de todo, mal. Superamos el nivel inicial de la democracia con esfuerzo. Pasamos a salita gris, y ahí quedamos. Deberíamos llegar al menos a salita verde para aprobar finalmente aborto como un posgrado, antes de afrontar la exigente primaria.

“Nosotros, pobres niños –pensaba María Elena–, ¿a qué Justicia apelaremos para desenmascarar a nuestros encapuchados y fascistas espontáneos, para desbaratar listas que vienen de arriba, de abajo y del medio, para derogar fantasmales reglamentos dictados quizás por ignorancia o exceso de celo de sacristanes más papistas que el papa? Solo podemos expresar nuestra impotencia, nuestra santa furia, como los chicos: pataleando y llorando sin que nadie nos haga caso (...) Tenemos el lápiz roto y una descomunal goma de borrar ya incrustada en el cerebro. Pataleamos y lloramos hasta formar un inmenso río de mocos que va a dar al mar de lágrimas y sangre que supimos conseguir en esta castigadora tierra”.

¿Qué éramos? ¿Qué somos? ¿A qué Justicia apelaremos ahora? Sin porqués, quiénes, sin juicios, sin castigo, ¿cuándo sabremos qué pasó?, ¿qué fue de nosotros?, ¿qué podemos ser todavía?

(*) Periodista

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