sábado, 7 de noviembre de 2020

Alberto Fernández y la pitonisa, Cristina Kirchner

Por James Neilson

No lo tiene nada fácil Alberto Fernández. Además de estar a cargo de un país en que las aspiraciones más razonables de quienes lo habitan se separaron hace mucho tiempo de las posibilidades reales, se ve obligado a rendir examen una y otra vez ante una señora sumamente exigente cuyas palabras suelen prestarse a diversas interpretaciones.

Lo mismo que los griegos cuando les hablaba la pitonisa de Delfos, todos saben que los pronunciamientos sibilinos de Cristina son de suma importancia, pero primero hay que entenderlos bien. 

¿Qué exactamente quería decir la vicepresidenta en aquella ya célebre carta pública que difundió por las redes a inicios de la semana pasada? ¿Por qué adoptó una forma tan extraña de comunicarse no sólo con la ciudadanía rasa sino también con el gobierno del cual es el miembro más poderoso e influyente? ¿Es su rol en el mundillo político el de una comentarista independiente sin responsabilidades concretas o el de un pilar del Poder Ejecutivo que, por decirlo de algún modo, se concentra en las cuestiones estratégicas, dejando que el presidente se ocupe de los detalles?

Como es su costumbre, Alberto tomó las palabras oraculares de quien lo hizo presidente y en efecto armó el gobierno por un respaldo firme a su gestión. Otros discreparon: según ellos, Cristina lo amonestó con frialdad por los errores que habían cometido, advirtiéndole que a menos que mejorara su desempeño no vacilaría en abandonarlo a su suerte.

Pues bien: ¿a la señora le molestan más los “desaciertos” de lo que le complacen los “aciertos” que atribuye a la gestión? No se trata de nimiedades. Acaso Alberto debería recordar lo que le sucedió a Creso, el último rey de Lidia, que se arruinó por suponer que la pitonisa le recomendaba persistir en el rumbo arriesgado que había elegido cuando en verdad lo que decía era que le convendría ser mucho más cauto.

Desgraciadamente para Alberto, Cristina sigue siendo la dueña de la mayoría de las acciones de la coalición gobernante que, para desconcierto de sus muchos enemigos y enemigas, se las ingenió para ensamblar, una proeza que le ha permitido ubicar a sus representantes en docenas de puestos clave desde los cuales pueden acosarlo, algo que hacen con fruición apenas disimulada. Aun cuando el presidente quisiera ser “el que decide”, como Cristina dice que ya es, comprendería que sin el apoyo o, por lo menos, la presunta aquiescencia de la señora, el gobierno que formalmente encabeza podría caer en pedazos.

¿Y entonces? En tal caso, Alberto tendría que optar entre tirar la toalla y suplicarle a la oposición que llene el vacío que se habría abierto debajo de sus pies. Puede que, dadas las circunstancias nada felices en que se encuentra el país, un gobierno que se calificaría de “unidad nacional” pero que excluyera al kirchnerismo duro, fuera la solución menos mala disponible, pero no hay señales de que Alberto esté dispuesto a emprender una aventura tan peligrosa que podría terminar muy mal.

Lo que sí es claro es que Cristina se siente preocupada por lo que está ocurriendo en el país, lo que es comprensible ya que están en juego no sólo el futuro de más de 45 millones de personas que le son ajenas sino también su propio destino y aquel de sus hijos. Por ser el artífice del arreglo sui géneris que le sirvió para ahuyentar el espectro de la reelección de Mauricio Macri, necesita que la gestión de Alberto sea considerada exitosa. Por cierto, no le sería del todo sencillo disociarse de un eventual fracaso calamitoso de lo que, en opinión de muchos, es un gobierno netamente kirchnerista.

Mal que les pese a los incondicionales de Cristina, la Argentina no es una monarquía donde le sería dado reinar sin gobernar sino un país presidencialista en que, hasta hace un poco más de un año, se daba por descontado que el jefe de Estado siempre tendría la última palabra, privilegio éste que retiene la encargada de tocar la campanilla en el Senado. He aquí el motivo por el que hoy en día el bi-presidencialismo, la sensación de que la vice está en condiciones de vetar todas las iniciativas de quien en teoría es su superior, es a buen seguro el problema político más grave que sufre el país justo cuando lo que más necesita es un gobierno fuerte con la autoridad moral que precisaría para tomar algunas medidas dolorosas sin desatar convulsiones políticas y sociales.

Como es natural, a Cristina le atribula sobremanera la evolución reciente de una economía que, antes de la llegada del coronavirus, ya estaba debilitada por un sinnúmero de comorbilidades, y en especial los altibajos caóticos del pequeño mercado cambiario, razón por la que afirma que “la economía bimonetaria” es “el problema más grave que tiene la Argentina”. ¿Está en lo cierto? Sólo a medias, ya que el amor por el dólar y el desprecio resultante por el peso no son más que síntomas del mal crónico subyacente que es la resistencia de la clase política nacional a reconocer que el país dista de ser tan opulento como quisieran creer sus integrantes.

Parecería que ellos no aprendieron nada de lo que ocurrió con la convertibilidad que, no lo olvidemos, brindó al país algunos años de cuasi “normalidad” antes de desplomarse a causa de la negativa generalizada a respetar límites que en el resto del mundo son indiscutibles. No se equivocaban aquellos críticos que señalaban que el esquema introducido por Domingo Cavallo se asemejaba a una decisión de encerrar a la economía en una jaula de hierro de la cual no podría escapar, pero sucede que es lo que hacen en virtualmente todos los países en que se entiende que hay que manejar con gran cuidado los recursos monetarios. Si la economía es, como decía Thomas Carlyle, “la ciencia lúgubre”, es porque en este mundo nunca se produce bastante como para satisfacer a todos.

Hay varias maneras de superar el bimonetarismo que tanto asusta a Cristina. Una, la elegida por Alberto, es policial: mantener el dólar yanqui fuera del alcance de la gente común. Otra, consistiría en fortalecer al peso hasta tal punto que la mayoría lo trate como una divisa auténtica, lo que, huelga decirlo, requeriría un grado de disciplina fiscal que enseguida provocaría un estallido social tremendo. Una tercera sería resignarse a la dolarización plena de la economía nacional, lo que, en vista de la escasez de reservas, por lo pronto plantearía muchísimos problemas pero que a la larga podría ser la solución menos mala. Los hay que creen que tarde o temprano el gobierno, sea una versión del actual u otra de conformación muy distinta, no tendrá más alternativa que aceptar que la mayoría confía mucho más en la Reserva Federal norteamericana que en el Banco Central argentino y que por lo tanto convendría dejar que el peso muriera de inanición.

Para enfrentar las dificultades ocasionadas por la convivencia nada amable del dólar y el peso, Cristina propone una especie de gran acuerdo nacional que “abarque al conjunto de los sectores políticos, económicos, mediáticos y sociales de la República Argentina”. ¿Mediáticos? Parecería que para la vicepresidenta los medios constituyen una corporación más que podría comprometerse con un programa de gobierno determinado, lo que acaso sería el caso en una sociedad totalitaria pero no lo sería en una democracia en que se respeta la libertad de expresión. A pesar de todo, todavía hay periodistas que serían reacios a sacrificar su propia independencia en aras de un convenio intersectorial por bien intencionado que lo fuera.

En cuanto a los “sectores sociales”, incluyen a algunos que estarían más interesados en dinamitar lo que aún se conserva del capitalismo en la Argentina que en dotar al país de una moneda genuina. Quedan, pues, los sectores políticos y económicos que están acostumbrados a participar de aquellas reuniones que, según el gobierno de turno, servirán para que por fin se cierren las grietas para que el país pueda avanzar armoniosamente hacia un futuro presuntamente mejor.

De más está decir que, para los políticos, sindicalistas y lobbistas del empresariado que asisten a tales encuentros, es muy grato suponerse capaces de transformar la economía argentina en un dechado de eficiencia y equidad social, pero a juzgar por los resultados, a través de los años sólo han logrado producir declaraciones atiborradas de banalidades. Que éste siempre haya sido el caso es lógico por tratarse de los mismos personajes que, en su conjunto, han sido los máximos responsables de llevar el país a la situación crítica en que se hallaba cuando a quien ocupaba la Casa Rosada se le ocurrió que sería una idea espléndida ampliar un poquito su propia base de sustentación.

Por enésima vez, pues, el país se ve frente a un interrogante clave: ¿podrían los dirigentes que llevaron el país al lugar pantanoso en que está hundiéndose sacarlo y entonces ponerse a remodelar las estructuras para que en adelante todo funcionara mejor? Mientras que algunos contestarían a dicha pregunta diciendo que sería imposible que el país se recupere hasta que una crisis mayúscula haya culminado con el reemplazo de la elite gobernante actual por otra mejor, los costos económicos y sociales de un período de turbulencia serían tan elevados que no habría ninguna garantía de que algo así sucediera. Por el contrario, lo más probable sería que la clase dirigente que surgiera sería aún peor que la existente.

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