sábado, 26 de septiembre de 2020

Un país atacado por el pánico

Por James Neilson

¿Es viable la Argentina? Hasta hace apenas un mes, sólo a un apocalíptico nato se le hubiera ocurrido plantearse tal pregunta, pero en las semanas últimas se han multiplicado los motivos para temer que esta vez la crisis casi centenaria que la está atormentando sí resulte ser terminal. 

Por cierto, ya no parecen tan extravagantes los pronósticos de quienes le auguraban un destino venezolano. 

Es lo que sucede a una sociedad cuando absolutamente todo quede subordinado a un proyecto político que se alimenta del odio y de la voluntad de aplastar a los considerados enemigos del bien. Los comprometidos con tales luchas pueden alcanzar sus objetivos, pero lo harán a costa del país en que libran sus batallas.

Aunque hoy en día los “estados fallidos” no desaparecen de la faz de la Tierra, como hubiera sido el caso en otras épocas cuando variantes del imperialismo estaban de moda, lo que los aguarda puede ser aún peor: degeneran en gigantescos campos de refugiados regenteados por delincuentes cuyos habitantes dependen para sobrevivir de la generosidad de organizaciones caritativas norteamericanas, europeas o japonesas. Puesto que ni siquiera vale la pena intentar explotar sociedades que, por las razones que fueran, no están en condiciones de gobernarse a sí mismas conforme a las pautas vigentes en el resto del mundo, la comunidad  internacional suele dejarlas cocinarse en su propia salsa.

¿Es tan quebradiza la Argentina que es legítimo prever que dentro de un par de años se parezca a lugares como Libia, Yemen, Congo, Afganistán, Haití y, claro está, Venezuela, el país hermano que, pletórico de recursos materiales, sufre un déficit pavoroso de otros menos tangibles que precisarían para funcionar? Puede que no, que todavía posee lo que necesitaría para superar las grietas sectarias, las fronteras internas que se han erigido en un sálvese el que pueda del coronavirus y las líneas divisorias que separan a las distintas clases, para entonces recuperarse con rapidez de sus heridas,  pero para aprovechar las ventajas que es de esperar aún conserva tendría que redibujar drásticamente el mapa político a fin de aislar a quienes militan a favor del fracaso.

Será lo que tienen en mente los que, como Eduardo Duhalde, hablan de lo urgente que es que se forme una gran coalición dominada por los moderados de las diversas agrupaciones partidarias. Creen que si más políticos antepusieran los intereses del conjunto a sus propias lealtades tribales, sería factible un gobierno lo bastante amplio, fuerte y racional como para revertir las tendencias negativas que están llevando el país hacia una catástrofe, una que, claro está, perjudicaría a muchos políticos profesionales.

Mientras tanto, el deterioro continúa profundizándose. Pocos días pasan sin su cuota de malas noticias. En circunstancias menos angustiantes que las actuales, el que una empresa chilena como Falabella haya optado por retirarse del mercado local, con la probabilidad de que pronto la siga la norteamericana Walmart, no ocasionaría demasiada preocupación, pero sucede que distan de ser las únicas que no ven ningún futuro en el país. Centenares de otras empresas, entre ellas muchas de capital argentino, quieren trasladarse a Uruguay o incluso a Paraguay para alejarse de un gobierno de instintos predadores que parece resuelto a combatir al capital hasta que no quede ningún vestigio de él en el territorio nacional.  

También están huyendo de la Argentina decenas de miles de personas que creen contar con los ahorros o el talento que necesitarían para abrirse camino en el exterior. Si no fuera por los trámites que a causa del coronavirus se han hecho aún más engorrosos que antes, los acompañarían muchísimas más. No es la primera vez que muchos argentinos han querido abandonar el país por razones económicas o políticas, pero parecería que en esta ocasión el pesimismo que sienten es aún más visceral de lo que era en cualquier momento del pasado. Muchos están convencidos de que Uruguay les ofrece oportunidades muy superiores a las disponibles en la Argentina porque está en manos de políticos que son más honestos, más realistas y, sobre todo, más decentes.  

Puede que para un gobierno como el kirchnerista, cuyos líderes se ufanan de no creer en el valor del “mérito”, sería bueno que la clase media residual se liquidara por completo; apuesta a la lumpenización o, si prefiere, a la nivelación hacia abajo, por suponer que le garantizaría más décadas en el poder. Para los demás, y sobre todo para los ya terriblemente pobres que requieren la ayuda de sus compatriotas, lo que está sucediendo preanuncia una tragedia humanitaria de grandes dimensiones; sin lo producido por la minoría cada vez más reducida que es capaz de hacer algo más que celebrar manifestaciones amenazantes en busca de subsidios, quienes viven por debajo de la línea de pobreza no tendrán posibilidad alguna de salir de la miseria generalizada.

Todos los países del mundo han sido golpeados con dureza por la pandemia, pero muy pocos enfrentaron el desafío que el virus les planteó a comienzos del año con menos armas que la Argentina, que ya se tambaleaba al borde de la bancarrota y era dolorosamente evidente que el nuevo gobierno peronista no sabía qué hacer. Era tan precaria la situación en que se hallaba que fue de prever que la clase política se vería desbordada por tratarse de “dirigentes” que siempre habían preferido convivir con una tasa de inflación crónica elevadísima y otros males a correr los riesgos que le supondría intentar reformar el modelo socioeconómico penosamente anticuado del cual vivían.

Y para colmo de males, el coronavirus llegó cuando el país trataba de acostumbrarse a ser gobernado por una señora caprichosa que despreciaba las normas constitucionales hasta tal punto que estaba más que dispuesta a hacer trizas de las instituciones democráticas con la esperanza de que un año o dos de caos aleccionador sirvieran para frenar las muchas causas judiciales en su contra.

Con todo, sería injusto atribuir a Cristina toda la responsabilidad por el desastre que está causando su presencia en el escenario. Hace casi veinte años, buena parte del país le entregó un cheque en blanco al dejarla saber que podría hacer todo cuanto se le diera la gana. Aprovechó al máximo el privilegio que le había concedido; como es natural, se siente sumamente indignada cuando alguien le dice que en adelante tendrá que respetar las mismas reglas que los mortales comunes. Cristina, pues, es un producto acaso previsible de la cultura política nacional. De no ser por la obsecuencia de muchos senadores, diputados y otros personajes que se postran ante ella por creerla la dueña de la voluntad popular o, por lo menos, de los votos del conurbano, no podría continuar desmantelando el sistema judicial, usando la cámara alta como un ariete, permitiéndole a su primogénito jugar con la cámara baja y a cada tanto torciéndole el brazo a su delegado, el presidente formal, para que siga haciendo lo que le exige.

Todo sería menos grave si existieran motivos para creer que entre 2007 y 2015 Cristina no se las arregló para saquear las arcas del Estado, apropiándose de una cantidad enorme de plata, tanta que sus sirvientes pudieron erigirse en multimillonarios sin que le molestara las eventuales pérdidas que tales hurtos le suponían, pero la evidencia es tan contundente que no caben dudas de su culpabilidad. Así y todo, por una mezcla tóxica de avaricia, rencor y egoísmo, una proporción sustancial de la clase política decidió minimizar la importancia de la corrupción sin pensar en las consecuencias para el país del alarde de cinismo así supuesto.

Alberto Fernández es un ejemplo bastante típico de estos “políticos de raza”. Lo mismo que muchos congéneres, se sintió tan impresionado por la capacidad de Cristina para conseguir votos que no vaciló en traicionar a sus propias opiniones para reconciliarse con ella luego de haberla bombardeado durante años de insultos de todo tipo, lo que no le ha impedido sermonear a la ciudadanía sobre el valor sagrado de la palabra empeñada. Por un rato, parecería que la mayoría juzgó razonable su transformación exprés de crítico despiadado e irreverente de Cristina en defensor feroz, pero sólo habrá sido cuestión de una ilusión, ya que en adelante nadie podría tomar en serio la palabra, o la autoridad, del presidente de la República, lo que, huelga decirlo, es un problema mayúsculo.

El nada edificante melodrama político protagonizado por Cristina, Alberto y sus socios no importaría demasiado si las perspectivas frente a la economía fueran menos alarmantes de lo que efectivamente son, pero por desgracia difícilmente podrían ser peores. Aquellos esforzados ahorristas que para sobrevivir a las calamidades por venir compraban 200 dólares mensuales, han devorado casi todas las reservas disponibles, de ahí el supercepo ordenado por el jefe del Banco Central Miguel Pesce que, en su entrevista con Jorge Fontevecchia, dijo que “un dólar a 130 pesos nos pondría en niveles de pobreza descomunales”: bien, no sorprendería que pronto llegara a 200 ó más. En cuanto a las medidas que según Alberto le permitirán prescindir de un plan, incluyen iniciativas tan alentadoras como la de autorizar a los clientes a pagar la peluquería en 12 cuotas, lo que nos dice todo lo que hay que saber de la política económica oficial.

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