martes, 15 de septiembre de 2020

El oro de Moscú

Por Juan Manuel De Prada
Tantos años de vida literaria me han deparado una cohorte variopinta de odiadores que siempre he cultivado con esmero, pues considero –como Vargas Vila le enseñó a un jovenzuelo Ruano– que «el odio da vida al que es odiado». Y, en este gremio de los odiadores, he cuidado con especial mimo y ternura a los calumniadores disparatados; pues la calumnia, cuando es estrafalaria, envuelve al escritor en un perfume de leyenda.

Así, cada vez que me entero de que sobre mí circula una calumnia disparatada, corro a darle pábulo de inmediato, antes de que su eco se extinga. De este modo, he alimentado mi fama de mujeriego y mariconzón, de opusino y masonazo, de maltratador de mujeres y pedófilo. Hay que labrarse una leyenda como sea.

Y, entre todos mis calumniadores, a nadie doy tantos mimitos como a un pobre hombre llamado Hermann Tertsch, que desde hace muchos años me obsequia con unas calumnias enaltecidas por un admirable aire hiperventilado y farlopero. Ciertamente, en todo lo que dice el pobre Tertsch hay un fondo zafio, estridente, carroñero y tarugo; pero sus calumnias son tan rocambolescas que me despiertan la misma ternura que los perrillos pulgosos y las viejas suripantas con varices. El pobre Tertsch empezó a calumniarme hace ya más de veinte años, cuando daba lecciones de progresismo fetén en El País; y siguió calumniándome mientras estampaba gargajos fachoides en ABC, con el beneplácito gustoso de la dirección del periódico, que así quebrantó su tradición centenaria, siempre vigilante de que sus colaboradores no se injuriasen. Por supuesto, esta conmovedora perseverancia la mantiene también el pobre Tertsch ahora que le han puesto un pisito en Bruselas los mozos de Vox, entre quienes sus conmovedores desafueros, su deliciosa toxicidad y sabroso energumenismo no desentonan demasiado. Lo más divertido es que yo jamás he tratado ni leído a este pobre hombre, pues su prosa patatera me produce vahídos.

A cada poco, el pobre Tertsch me lanza en su letrina tuitera unas calumnias misceláneas, paranoides y superferolíticas. Pero nunca me conmueve tanto como cuando me acusa de comunista, a veces al servicio de Podemos, a veces al servicio de… ¡Putin!, que según el pobre Tertsch me tiene a sueldo; un sueldo que, al parecer, no cobro en rublos, sino… ¡en dólares! Mis lectores asiduos saben, sin duda, de mis simpatías hacia el comunismo, que plasmé en mi novela Me hallará la muerte; pero saben también que no me gusta dedicar mis artículos a las obviedades que los asustaviejas fachoides agitan, para alimentar los miedos paulovianos de su parroquia. Por esta razón, prefiero denunciar la antropología perversa que ha implantado el capitalismo aquí y ahora que la antropología perversa implantada por el comunismo en lejanas tierras o lejanas épocas.

Pero el pobre Tertsch considera que, si señalo la perversa antropología del capitalismo –como hacía en un artículo reciente publicado en XLSemanal–, es porque soy un bolchevique irredento al que Putin paga en dólares. La misma calumnia lanzó este pobre hombre cuando yo osé revelar en un artículo que la serie televisiva Chernobyl no me había gustado; o cuando celebré en otro la indómita religiosidad rusa (superviviente, por cierto, del comunismo); o cuando en otro glosaba la tesis de Dostoievsky en Los demonios, que considera que el nihilismo que luego abonaría la revolución bolchevique es hijo natural del liberalismo; o cuando… Pocas calumnias del pobre Tertsch me ponen tan palote como que me caracterice como comunista; aunque, desde luego, me pone todavía más que me acuse de cobrar de Putin. En lo que el pobre Tertsch se equivoca es en la divisa en la que cobro, que por supuesto no es el dólar, sino el oro. Concretamente, el oro de Moscú que Negrín entregó a Stalin, que de este modo está al fin retornando a casa. Por la reseña sobre Chernobyl cobré un lingote; por mis glosas de Dostoievsky, dos lingotes; y por mis filípicas anticapitalistas, tres y hasta cuatro lingotes, dependiendo del fervor de la prosa. A estas alturas ya he podido embaldosar toda mi casa con los lingotes del oro de Moscú, por lo que a partir de mañana mismo voy a exigir a Vladimiro que me flete aviones con veinte o treinta macizas rusas, para montar con ellas orgías interminables en mi casa embaldosada con el oro de Moscú. Pues he de confesar que, puesto a venderme, me gusta más cobrar en carne que en oro, no digamos en dólares (con los que me limpio el culo). Pero ni con todo el oro de Moscú, ni con todas las macizas rusas que desde hoy Putin me va a proporcionar, podré pagar toda la vida que el odio del pobre Tertsch me está dando.

© XLSemanal

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