jueves, 17 de septiembre de 2020

El Gobierno no tiene planes, no tiene ideas, no tiene idea

 Por Loris Zanatta (*)

La Argentina está sin rumbo. El Gobierno no tiene planes, no tiene ideas, no tiene idea. Sostener la economía, fomentar la producción, liberar las energías, cooperar con los vecinos, imaginar el futuro: nada. Solo manotazos de ahogado, venganzas por doquier, rencorosa búsqueda de chivos expiatorios, pequeños parches en grandes agujeros. Y peronistas contra peronistas, a ver quién es más peronista, la historia de siempre. Da miedo.

Pero ¿es realmente así? ¿O un rumbo existe, y ese rumbo es incluso peor que la deriva? Claro, cuando un presidente que vive en Puerto Madero gimotea por la "culpa" de la capital "opulenta", llueven pedorretas: hasta la hipocresía tiene límites. Pero presten atención a las palabras: "culpa", "opulencia". Y a las acciones y declaraciones: la provincia contra la capital, la pobreza contra la prosperidad, el orgullo de apalear a unos pocos ricos para dar migajas a tantos pobres. Harán huir capitales e inhibirán inversiones, no solucionarán nada ni beneficiarán a nadie, pero pensarán que se están salvando el alma.

¿Triviales estrategias políticas? ¿O algo más profundo y siniestro? El lenguaje debe tomarse en serio, revela mundos interiores, universos morales, imaginarios sociales. Yo, por ejemplo, nunca pensé que Buenos Aires fuera "opulenta". Tampoco lo pensé de París ni de Berlín. Creo que es una ciudad linda y vital. La vergüenza son la miseria que la rodea, los niños mendigos, las provincias feudales. ¿Son "culpas" morales? ¿O "responsabilidades" políticas? Quien arroja la piedra contra la "opulencia" de la que se beneficia ¿tiene la conciencia tranquila?

La idea de que la prosperidad es pecado y la pobreza, virtud; la civilización, corrupción, y el primitivismo, pureza es antigua y siempre fresca: va y viene, se marcha y vuelve. Hoy más que nunca, con los vientos apocalípticos que corren, llenos de profetas que huelen el día del juicio. No importa invocar a Rousseau: basta con mirar alrededor, observar las raíces de los populismos latinoamericanos, tan cerca en el tiempo, tan próximas en el espacio.

¿Acaso Perón no se montó en la ola nacionalista que oponía la sencillez del interior al cosmopolitismo porteño, el terruño al puerto, la comunidad antigua al individuo moderno? ¿No hizo lo mismo Fidel Castro? La famosa revolución cubana fue la reacción del Oriente rural e hispánico contra La Habana moderna y secular. Hugo Chávez siguió el guion, se levantó de los llanos contra la capital perversa, crisol de culturas. Lo mismo ocurre con sus emuladores. ¿Qué es, si no esto, el culto pontificio de las "periferias" puras contra el Occidente "inmoral"? Dicen que la Argentina está en camino a convertirse en otra Venezuela. En realidad, es Venezuela la que profundizó el camino abierto hace tiempo por la Argentina. Y allí está.

El gobierno argentino toca esta antigua nota, la única que conoce, un tango atormentado que en la modernidad ve el peligro; en la ciudad, un arrabal desesperado. Esto también explica el inusual silencio de la Iglesia. No la de los pastores abnegados que asisten a los marginados y curan a los enfermos. No: la Iglesia institucional, la que con todo su poder corporativo estuvo a diablo suelto en la campaña electoral, denunció la pobreza, bendijo las protestas, rezó con los sindicatos, amonestó desde el púlpito de los tedeums. ¿Dónde está? Como si la pobreza no se extendiera, el desempleo no aumentara, las empresas no cerraran, la impunidad no arreciara, la violencia no reinara, el futuro no asustara. Nada: vaguedades contra "la politiquería"; para las fechas patrias, un Zoom y listo.

¿Por qué sorprenderse? Después de todo, el Gobierno es otra alquimia política de la "nación católica". ¿No se molestó el propio Papa en reunir a la familia peronista, la eterna custodia de la "cultura" del "pueblo"? ¿Qué podría imputar la Iglesia a un gobierno que habla su propio idioma, combate sus propios enemigos, aspira a lo que ella aspira? Por lo tanto: ¡silencio! La pandemia les cae como anillo al dedo: castigo de Dios, exige expiación, no hay redención sin dolor. Cuando se corrija el pecado, cuando se erradique la "opulencia", la vacuna soltará las cadenas, la providencia iluminará el camino. Así, mientras el mundo se las arregla para volver a la escuela y al trabajo, al parlamento y a la cancha, el gobierno argentino espera que pase lo que Dios quiera.

Solo ese bagaje "cultural" explica la soltura con la que el Presidente somete los hechos al relato en lugar del relato a los hechos: del peronismo es capitalista al capitalismo ha muerto, en apenas unos meses. Cerrar el silogismo le resultaría fatal. La pandemia está estimulando una carrera frenética por la innovación tecnológica, la flexibilidad laboral, el crecimiento económico. La "destrucción creativa" seguirá su curso, corroerá los puentes, cambiará los estilos de vida, unirá aún más al mundo. El capitalismo cambiará un poco, quizá mejore, seguro que se adaptará, que no morirá, por el simple hecho de que no es un organismo vivo, sino un fenómeno histórico complejo y flexible. Soñar con su desaparición es infantil, es creer en el ogro de los cuentos. ¿Está apostando el gobierno argentino a ello? ¿Tiene la intención de atrincherarse y luchar contra el "capital"? ¿Confunde el "capitalismo" con el impulso de los hombres para crear e innovar, hasta el punto de mortificarlo de cualquier forma? Es como pegarse un tiro en el pie. El enésimo.

Muchos creen que el anticapitalismo peronista expresa una genuina aspiración de "justicia social", el ave fénix, concepto bueno para todas las estaciones y todos los regímenes. En realidad, expresa el no resuelto conflicto moral de la "nación católica" con la modernidad, la mayor causa de la decadencia argentina. Incapaz de gobernarla, el peronismo la condena, como la Inquisición a los herejes: moralismo, ideologismo, paternalismo. Pero aunque el sentido de culpa ayude a ganar elecciones, no es un programa de gobierno: reprime, limita, castra, no crea, no libera, no produce. Es un programa de desgobierno, destruye riquezas e impulsa la fuga de cerebros, exalta la pobreza y la multiplica. La moral y la material. En eso estamos.

(*) Ensayista y profesor de Historia de la Universidad de Bolonia

© La Nación

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