martes, 11 de agosto de 2020

Atenazados por el miedo

Por Juan Manuel De Prada
La reclusión domiciliaria a la que se nos obligó ha demostrado ser una medida por completo inepta (amén de muy tardía) que se ha saldado con más de cuarenta mil muertos. Pero sobre todo ha demostrado ser una medida pintiparada para la destrucción de la riqueza nacional. En este rincón de papel y tinta ya tuvimos ocasión de expresar nuestro desacuerdo, planteando la única solución cuerda que nos hubiese salvado de la catástrofe: proteger a nuestros ancianos y, en general, a la población más vulnerable, desde muchas semanas antes, dedicando a ellos todos los recursos sanitarios; y mantener la actividad económica en la medida de lo posible (recuperando, además, industrias que han sido entregadas a la plutocracia por sucesivos gobiernos o bandas de ladrones), de tal modo que la población sana, a la vez que conservaba sus puestos de trabajo, se inmunizase.

Esta solución, además de mitigar la destrucción suicida de la riqueza nacional, habría generado una auténtica cohesión social, que no se logra asfixiando a la gente a impuestos, sino poniéndola a trabajar codo con codo en el salvamento de la comunidad. La solidaridad con el auxiliar sanitario o con la cajera de supermercado no se demuestra con homenajes fofos y sentimentaloides, sino participando de su destino.

Los españoles no hemos salido ‘más unidos’ de aquella reclusión domiciliaria por la sencilla razón de que entramos en ella ‘más separados’ que nunca, obligando a unos pocos a afrontar riesgos y asumir responsabilidades que nos atañían a todos. La preservación de los puestos de trabajo y el mantenimiento de los niveles de producción eran obligaciones comunitarias que los españoles declinamos entonces, en un lamentable ejercicio de cobardía colectiva. Como lo era también poner todos los recursos sanitarios a disposición de las personas más vulnerables, a las que por el contrario dejamos morir como perros en esos modernos morideros llamados ‘residencias’, o en hospitales que carecían de respiradores mecánicos (por culpa del desmantelamiento de nuestra industria, perpetrado por sucesivas bandas de ladrones).

Sorprendentemente, tras una experiencia tan calamitosa, ante los rebrotes de la enfermedad vuelven a adoptarse medidas desquiciadas, que por el momento ponen especial énfasis en la imposición de la mascarilla a todo quisque. Pero lo cierto es que, aun suponiendo que la mascarilla dificulte el contagio, pretender que así se frenarán los rebrotes es puro pensamiento mágico. Son muchas las actividades que al cabo del día se desarrollan sin mascarilla, sobre todo en el ámbito doméstico; además, la saliva no es el único medio (mucho menos el único humor corporal) a través del cual se contagia el virus; y, en fin, los rebrotes de la enfermedad sólo se manifiestan después de un largo período de incubación larvada. Cuando se anuncia un rebrote coronavírico, lo que en realidad se está constatando es su floración imparable. El uso de la mascarilla puede, en el mejor de los casos, ralentizar esa floración, a la vez que acelera la propagación de la histeria, lo que a la postre se traducirá en males mucho mayores, no exclusivamente materiales.

En un célebre relato de Edgar Allan Poe, La máscara de la muerte roja, un grupo de nobles egoístas se atrinchera en un castillo, pensando que así sorteará el beso de la plaga que afuera diezma a la población. A la postre, la plaga acaba extendiéndose también entre los atrincherados, con quienes se emplea con mayor ensañamiento. Y eso mismo hará el coronavirus con quienes tratamos grotescamente de mantenernos incontaminados. Desaprovechar estos meses veraniegos en los que, según todos los indicios, el virus se ha debilitado es una decisión suicida; pues lo que ahora deberíamos estar haciendo es proteger a la población vulnerable –a la espera de fármacos eficaces– y favorecer el contagio entre la población sana, que de este modo fortalecería sus organismos, para afrontar con expectativas menos lúgubres el invierno, cuando el coronavirus venga cogidito de la mano y en cóctel rabioso con la gripe y otras enfermedades estragadoras.

Pero detrás de estos empeños grotescos se halla la entronización de la salud como valor absoluto, propio de las sociedades enfermas de ensimismamiento, tan debilitadas moralmente que rehúyen todo sacrificio vital. Sociedades que prefieren asistir al derrumbe colectivo atrincheradas detrás de una puerta o de un bozal, antes que arrimar el hombro en una labor de salvamento comunitario. Sociedades atenazadas por el miedo, con las que los tiranos de turno pueden hacer albóndigas, después del reparto de limosnas y subsidios. Sociedades que, para más inri, acaban igualmente engullidas por el virus que desesperadamente tratan de esquivar.

© XLSemanal

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