jueves, 23 de julio de 2020

Un Presidente sin plan

Por Pablo Mendelevich
Si uno aspirara a ser invitado por la reina Isabel a tomar el té en el Palacio de Buckingham probablemente no lo ayudaría salir en el Times de Londres diciendo que el protocolo de la monarquía le parece una pérdida de tiempo.

Alberto Fernández, sin embargo, acaba de hacer algo parecido.

Cuando está particularmente interesado en que el mundo capitalista lo apalanque con la deuda y lo reconozca como un gobernante serio y previsible, le dijo al Financial Times, al que leen cada día más de dos millones de personas, entre ellas los principales hombres de negocios y de finanzas del planeta, que no tiene un plan porque no cree en los planes económicos.

El foco de la entrevista que le hizo el Financial Times, publicada el domingo, fue la negociación por la deuda. El presidente les avisó de nuevo a los acreedores con los que negocia que no habrá otra oferta. "No podemos dar más", fueron sus palabras. Pero medios de comunicación de todo el mundo, y también locales al dar cuenta de la entrevista priorizaron la frase "francamente no creo en los planes económicos" y la llevaron al título.

La entrevista la realizó en Olivos el corresponsal en el Cono Sur, Benedict Mander, quien se mostró especialmente interesado en la relación del presidente con la vicepresidenta. Mander es, quizás, el mayor seguidor internacional del tema. Fue quien escribió el artículo que, bajo el título "Argentina's opposition reunited with Pope's blessing" (La oposición argentina se unificó con la bendición del Papa), publicado en el Financial Times el 17 de agosto de 2019, es decir seis días después de las PASO, dio cuenta de la versión que le atribuye a Francisco un papel importante en la unificación del peronismo para volver al poder. Mander aseguró entonces que "un asesor cercano" a Alberto Fernández le había dicho que "el Papa alentó la reconciliación de Alberto con Cristina".

Ahora, al inquirirle al presidente por la influencia entre bambalinas de Cristina Kirchner, recibió la subestimación estándar: que habla con ella y escucha sus ideas pero que las decisiones las toma él. También repitió el Presidente, cuando se le preguntó por Vicentin, que "Cristina no tuvo nada que ver con eso, nada". Hace ya once meses Mander había escrito en el FT: "Los inversores se preguntan cuál Fernández gobernará la Argentina".

Es indudable que la pandemia que no estaba en los cálculos de nadie dificulta toda planificación económica, no obstante, lo cual otros países están efectuando correcciones sobre planes preliminares. Pero Fernández no atribuye a esta situación imprevista la ausencia de un plan argentino sino a sus propias creencias. Dijo que él cree en fijar objetivos, no en planes, porque no se cumplen. Eso tal vez explique también por qué gobierna sin presupuesto, una verónica anterior al coronavirus. Formalmente el gobierno utiliza el Presupuesto 2019 y se empuja con la delegación de poderes -esta sí pandémica- a favor del jefe de Gabinete.

Es curioso que para fundamentar su escepticismo el presidente haya dicho que Macri tuvo muchos planes y duraron muy poco. No hace tanto el peronismo criticaba con severidad a Macri por no tener plan económico y sostenía que debido a ese vacío el FMI le había impuesto el suyo al convertirse en supremo acreedor, justamente un riesgo que, según varios economistas, muy pronto correrá Fernández cuando renegocie con el organismo la deuda de los 57.000 millones de dólares otorgados en 2018. Pero lo más llamativo es que el Presidente, que al asumir saludó con los dos dedos haciendo la V, no haya cumplido con el ritual peronista de alabar los planes quinquenales de Perón, habitualmente un modelo exhibido en el peronismo como la catedral del desarrollo nacional. ¿Perón sí tenía plan? También el de José Ber Gelbard, estrenado bajo el breve gobierno de Cámpora pero continuado por Lastiri y por Perón, suele ser admirado por corrientes afines al actual gobierno, aunque ahora no se consideró oportuno remover ese ejemplo. Quién sabe si la condición de peronista de Fernández no agregue desconcierto a los lectores del Financial Times interesados en obtener precisiones respecto del rumbo de la economía argentina.

Para justificar la falta de plan, a lo mejor habría sido más recomendable que echara mano al desbarajuste causado por la pandemia que a una defensa argumentativa de formato "vamos viendo", apoyado con elegancia en la figura del pragmático, siempre pasible de ser confundida con la improvisación.

Se sabe, afuera cuesta todavía más que acá entender al peronismo, un movimiento sin ideología definida que en sus 75 años de vida basculó en materia económica entre el dirigismo estatista y el neoliberalismo, pasando por todos los matices nacionalistas, intervencionistas, monetaristas, de relaciones carnales, keynesianos, postkeynesianos, librecambistas o de "vivir con lo nuestro" que pudiera haber. Basta colocar en fila los nombres de los 24 ministros de Economía de 35 años y medio de gobiernos peronistas para revivir el camino escarpado de sus ideas y de sus políticas, de sus aciertos y sus fracasos, y refrescar la extraordinaria riqueza de la paleta ideológica que legó Perón: Ramón Cereijo, Pedro Bonanni, José Ber Gelbard, Alfredo Gómez Morales, Celestino Rodrigo, Ernesto Corvalán Nanclares, Antonio Cafiero, Emilio Mondelli, Miguel Roig, Néstor Rapanelli, Antonio Erman González, Domingo Cavallo, Roque Fernández, Rodolfo Frigeri, Jorge Remes Lenicov, Roberto Lavagna, Felisa Miceli, Miguel Peirano, Martín Lousteau, Carlos Fernández, Amado Boudou, Hernán Lorenzino, Axel Kicillof y Martín Guzmán. Desde luego, el método tiene imperfecciones, no solo porque unos ministros duraron horas (Frigeri) y otros lustros (Cereijo, Cavallo), algunos dejaron huella (Gelbard, Lavagna) y otros solo un deseo de fuga (Lorenzino), sino porque también sería injusto olvidar a segundas líneas como Ricardo Zinn, materia gris del mayor ajuste de la historia, el Rodrigazo, en 1975 y, al año siguiente, asesor de Martínez de Hoz. La historia no parece dar pistas certeras sobre el devenir.

Acaso las calculadoras de riesgo, los acreedores, los prestamistas, los inversores, podrían orientarse estudiando la hoja de servicios del presidente argentino, pero tratándose de Fernández tampoco es seguro que esto vaya a ayudarlos. No porque Fernández no pueda exhibir años luminosos de crecimiento económico junto a Néstor Kirchner, su mentor, sino por sus continuos vaivenes discursivos combinados con lo que a él le fue inspirando a lo largo de los últimos 17 años el liderazgo de Cristina Kirchner, su nueva mentora. La intensidad con la que hoy la abraza de vuelta y con la que ayer la repelía.

Aunque no haya elegido muy bien el hombro donde lamentarse por las flaquezas del mediano y largo plazo, tal vez haya que decir a favor de Fernández que los planes económicos en la Argentina no duraron poco con Macri, como él analizó con redundante corto plazo, sino con casi todos los presidentes. Lo raro es enojarse con la planificación económica en lugar de apuntar a la debilidad de las instituciones que, de crisis en crisis, impide librarse de las marañas de la coyuntura y formular acuerdos multipartidarios y multisectoriales con la mirada en el porvenir.

Planificar está asociado con la economía y por cierto incluye objetivos, como le gusta a Fernández, pero articulados con plazos y con procedimientos. Los objetivos sin plazos normalmente plantean un problema que involucra a la democracia. ¿Cómo se compaginaría el sostenimiento de una planificación, si la hubiera, con la alternancia política? Pero en la Argentina 2020 hay un escollo mucho más inmediato: el conflicto latente puertas adentro del gobierno, cuya existencia Fernández niega y Cristina Kirchner explicita por señas cada vez con menos pudor. Un plan económico obligaría a acabar con ese oscuro juego de poder, a resolverlo en una dirección o en otra - ¿habría más Vicentines?-, definición política que por ahora no se vislumbra.

Es una pregunta que en la Argentina no tiene respuesta. Aparte de la idea de suprimir la planificación.

© La Nación

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