lunes, 13 de julio de 2020

Los placeres de las puertas

Por Guillermo Piro
Hay una pieza de Francis Ponge que nos recuerda algo que solemos olvidar: los reyes no tocan las puertas. La pieza en cuestión se llama Los placeres de la puerta, y allí dice: “Ellos no conocen esta dicha: empujar ante sí con suavidad o rudeza uno de esos grandes paneles familiares, volverse hacia él para colocarlo de nuevo en su lugar”. Ponge habla de “empuñar su nudo de porcelana”, o sea ese objeto particularmente popular que en estos tiempos se volvió el símbolo de las superficies promiscuas en las que las personas infectadas pueden depositar el coronavirus.

A muchos ni siquiera se les cruza por la cabeza una acción semejante y prueba ridículamente a hacerlos entrar en acción con el codo, o con el espacio interdigital, como los ladrones que no quieren dejar huellas dactilares en los lugares que saquean. O hay quienes se desinfectan las manos cada vez que usan uno de los “nudos” que las mayoría de las veces están hechos de pulcro y pulido aluminio. Edwin Heathcote, un famoso arquitecto y diseñador británico, reconstruye la historia de los picaportes en la revista de arte Apollo.

Nadie sabe con certeza cuándo y dónde nació el picaporte, pero hay una fecha, 1878, que es cuando el inventor estadounidense Osborn Dorsey registró la primera patente de uno. Aunque es más que probable que mecanismos como ese exitieran con anterioridad a esa fecha, normalmente se le atribuye a Dorsey la invención del picaporte tal como hoy lo conocemos. No tenemos idea de cómo eran las puertas antes de esa fecha, ni cuándo comenzaron a ser consideradas elementos arquitectónicos que podían ser embellecidos, usados por la nobleza para dar muestras de su propia riqueza a quien pretendía entrar en sus casas.

Durante siglos, explica Heathcote, los picaportes fueron elementos de los que se ocuparon los artesanos locales, y por lo tanto hay una enorme variedad de modelos, dependiendo de la zona donde se construyeran. Los materiales más usados eran el metal y la madera, pero también podían ser de cerámica y, como dice Ponge, de porcelana. Heathcote explica que a comienzos del siglo XX los picaportes dejaron de ser proyectados por los artesanos para empezar a ser diseñados por los arquitectos. Con el estilo modernista y sus líneas sinuosas, los picaportes se volvieron una parte orgánica de la arquitectura. Alguien que diseñó picaportes que aún hoy se producen y venden fue Anton Gaudì, el máximo exponente del llamado modernismo catalán.

Otra gran escuela que se interesó por los picaportes fue la Bauhaus. Los arquitectos de la Bauhaus comprendieron que todos los elementos de un edificio podían representar la idea que estaba detrás del proyecto, y “los picaportes se volvieron el instrumento perfecto para reducir un edificio a su más mínima expresión”. Walter Gropius, el fundador de la Bauhaus, en 1923 diseñó un picaporte que se volvió uno de los símbolos del modernismo, además de haberse convertido en uno de los primeros objetos diseñados por la Bauhaus en ser puestos en venta para recaudar fondos para la escuela, diseño que aún hoy puede apreciarse en algunos edficios públicos de la época.

Según Heathcote, el que tal vez fue el más influyente picaporte de la historia es el que creó no un arquitecto, sino un filósofo, Ludwig Wittgenstein, que lo diseñó cuando proyectó la casa de su hermana en Viena, a fines de los años 20. Dice Heathcote que le tomó un año diseñarlo, pero que al final “aquella simple barra plegada se volvió el objeto que tal vez sea el más ubicuo y difundido de todas las formas del diseño moderno”.

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