sábado, 23 de mayo de 2020

¿Nueva coalición?

Por Roberto García
Pregunta 1: hasta cuándo resiste el bolsillo de Alberto Fernández, ya exhausto, para compensar y asistir a trabajadores y empresas con actividad mínima o nula.

Pregunta 2: la capacidad técnica de las compañías –aunque haya sectores diferenciados– tiene fecha de vencimiento para soportar su continuidad.

Pregunta 3: la intervención estatista que se alimenta desde sectores afines al Gobierno, del aumento de impuestos a una progresiva captación accionaria, constituye una circunstancia o es una manifiesta tendencia oficial.

Pregunta 4: si el trío obligado del Presidente con el alcalde Rodríguez Larreta más el gobernador Kicillof (léase Cristina de Kirchner) dispone de fortuna y cierto reconocimiento como hasta ahora ante la crisis del virus y evita además el problema del default, sería desatinado concebir una nueva coalición ante otras emergencias por parte de las figuras gobernantes. Hay necesidades comunes, la conveniencia de un pacto y, para usar un término caro al ministro Guzmán, un acuerdo de sustentabilidad recíproca. Massa, quien va del brazo con Máximo Kirchner, conserva diálogo cotidiano con Fernández y entrañable relación con Rodríguez Larreta desde que juntos impulsaban el peronismo de Palito Ortega, acaba de declarar que no habrá más un gobierno monocolor en la Argentina y entiende que el trípode actual habrá de superar la influencia y peso de las facciones extremas de los dos lados. Quizá sea un deseo personal, pero sin duda será bendecido por el Papa, aunque este no haya corregido distancias con el titular de la Cámara de Diputados.

Tercos. El concurso de interrogantes puede estirarse como una enciclopedia, apenas si las cuatro preguntas reúnen conjeturas por el mayúsculo desafío contra la plaga, combatida con una cuarentena de inédita duración, ya controversial con las medidas de otros países y que en ocasiones se nubla por vanas discusiones ideológicas. Si los especialistas cambian ante el enemigo desconocido, la forma de neutralizarlo o morigerarlo, cuesta explicarse la terquedad pública de quienes se instalan en divergencias partidarias ante este fenómeno malthusiano, casi propio de La guerra del cerdo de Bioy Casares para aniquilar viejos. Prueba y error para expertos, como cuando se combatía el mal de los rastrojos con inútiles corticoides o como al mayor neurocirujano del país, a mediados del siglo pasado, sus seguidores lo llamaban Don Bosco por su intrepidez exploratoria.

Como indica la ley de gravedad, el Gobierno no puede emitir sine die. Y los aditivos tributarios, ya exagerados, además de transitorios, son insuficientes. Si se salva algún capítulo de la extendida deuda con los acreedores a principios de junio –entre la variedad de títulos a pagar hasta están los centuriones que el mercado, con delicadeza televisiva, denomina los “bonos Mirtha”–, se impedirá salirse de órbita.

Tampoco alienta un FMI hoy amigable, pero exigente en sus cobros y eludiendo compromisos de ayuda: cada uno cuida su ingreso. Falta que alguien mueva esa estantería como, al parecer, se hizo con el gigantesco fondo BlackRock para seguir negociando, subcontratado por el gobierno de Trump para otras cuestiones. Quizás les evite una cruel dolencia a los Fernández mientras pugnan contra el virus.

Deriva productiva. Las empresas, mientras, siguen en suspenso: por dramas burocráticos, se calcula que una de cada cinco compañías ha podido cobrar los subsidios de emergencia, no exactamente las más necesitadas. Empiezan, además, los problemas de importación para cuidar reservas y también se vislumbran dificultades de abastecimiento. Dos elementos clave aparecen en la mira por razones de precio: la leche (aunque no la carne) y la producción de tomate. Por citar dos casos.

Muchas empresas, ante eventuales cortes en la cadena de pagos –y con inevitables crisis financieras, ya se habla de más de una mesa de dinero en esa travesía– y la persistencia de la recesión se plantean reconvertirse o abandonar su existencia.

Para colmo, la diputada Vallejos –una vocera a veces de Cristina– habló sobre un canje: si el Estado subsidia a las empresas, estas deberían compensar esa asistencia con la entrega de acciones. Casi de Varoufatis la propuesta, otro recomendado de Stiglitz, que no fue demasiado feliz en su gestión griega. Por no citar nacionalizaciones como la de Sidor en Venezuela –indemnizada a Techint por Chávez gracias a Néstor Kirchner–, que en un proceso de meses multiplicó el personal, bajó la producción, entró en decadencia. Hay otros ejemplos.

Razones ocultas. Aunque el anuncio de Vallejos, dicen, responde a otra realidad menos académica, anecdótica: cierto enojo porque una radio, a la que consideran crítica del Gobierno de la mañana a la noche, fue asistida con el plan de contingencia. “Les pagamos a los periodistas para que nos maten”, se reveló en su entorno, desatando un dilema ético para Gobierno y medios causado por un virus que, ante la evidencia, no sólo ataca a los sectores de mayor riesgo. Hay voluntarios extremistas, nítidos, cerca y lejos del Gobierno. Algo más que una grieta alimentada por la cuarentena.

Si hasta mostró fisuras esta semana la forzada sociedad de AF, Kicillof y Rodríguez Larreta ante el control del confinamiento en el AMBA. Miedo a una catástrofe en los territorios propios que, afortunadamente, hasta ahora no tuvo la desproporción trágica que anunciaron especialistas, funcionarios y atrevidos. Se acomodaron las cargas en Olivos frente a la plaga, quizás esa tregua política que satisface al electorado los invite a continuarla ante el derrumbe económico. Más de uno piensa ese tipo de coalición, finalmente los ladrillos a levantar no son de izquierda ni de derecha.

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