lunes, 20 de abril de 2020

Alberto Fernández, el oso y una hipérbole fallida


Por Diego Cabot

Adormecidos por las encuestas, algunos; sorprendidos por la emergencia , otros; desorientados, la mayoría. Lo cierto es que no son pocos los funcionarios que, en el mano a mano, allí donde se escuchan las confesiones del poder, exhiben un profundo desconocimiento del sector privado .

La muestra más cabal es, quizás, una definición del presidente Alberto Fernández en una entrevista que publicó ayer el diario La Voz. Con tono de profesor, casi de comentarista de la realidad, intentó con la palabra graficar estos días de aislamiento . "La cuarentena es lo que les sucede a los osos que hibernan : se meten en una cueva y no salen en todo el invierno; cuando salen, el mundo está tal cual lo dejaron antes de hibernar", dijo.

Con algún esfuerzo literario se podría decir que la expresión es una comparación metafórica que, por sus implicancias, es una hipérbole. Este recurso -la amplificación desmedida de una historia, un suceso o un evento- se podría aplicar a la trama del oso que hiberna y amanece en el mismo mundo que dejó cuando empacó sus cosas y se metió en la cueva. Pero claro, en la América Latina literaria no son pocos los lectores que corregirán a este cronista y dirán que se trata de un típico razonamiento que surge del realismo mágico. Un mundo igual al anterior, al menos en lo económico, es difícil de imaginar. Sería mágico que sucediera.

Si algunas certezas hay dentro de este océano de preguntas sin respuestas es que después del aislamiento muchas cosas cambiarán. Ni hablar de aquellos resilientes hombres y mujeres del sector privado que volverán al mundo como si el oso amaneciera en el Ecuador, como para no ser extremo y ubicarlo en el Sahara.

El sector privado está arrasado. La cuarentena y el freno a cero en la actividad nunca fueron cuestionados por, prácticamente, ningún actor social. El problema es que aquella vía que marcaba el sendero sanitario no tuvo su correlato económico.

En este mes, los propietarios de inmuebles ya escucharon a los inquilinos confesarles sus imposibilidades de poder mantener el mismo valor. Unos y otros se miraron resignados y acordaron moderar sus obligaciones hasta que pase el invierno. Ambos saben que ya son más pobres hoy. Es posible que al Presidente le cueste pensar en esta relación de necesidad mutua que une al dueño de un inmueble con su inquilino, sea un comerciante, un cuentapropista o un particular. Antes de vivir en Olivos pasó su vida en un departamento que le prestaban en Puerto Madero. Amigos millonarios con departamentos ociosos son un privilegio de pocos; la mayoría ya tuvieron que bajar la vista y reconocer que no podrán pagar.

Más de la mitad de las pymes y gran proporción de los cuentapropistas están técnicamente quebrados. La incertidumbre sobre la sobrevida de las empresas se multiplica en cualquier foro donde se respire sector privado. Es posible que, en varias veladas políticas de madrugada, en las que se repasen números con sabor a miel que muestran picos de popularidad, la cuestión no ocupe demasiados ítems del temario. Allí hay perfume de sector público. Probablemente los osos que trabajen en alguna repartición estatal, en algún organismo o en una de las empresas públicas efectivamente encuentren todo relativamente similar al momento en que empezaron a hibernar.

La falta de integralidad de las medidas que complementen las sanitarias pone enormes signos de interrogación respecto de cómo se mantendrá el entramado productivo. Si eso no sucede, las empresas caerán. La fuerza de las compañías hacia abajo empuja casi inercialmente otros factores hacia arriba: el desempleo y la pobreza.

El primero, la falta de trabajo, genera en los personas que lo sufren una de las circunstancias más dramáticas de la vida. Pero no es necesario no tenerlo, sino que la sola posibilidad de perderlo determina en cada uno de los afectados cambios en sus conductas en cuando agentes económicos. El consumo se restringe y la inversión prácticamente desaparece. Un estudio de Ecolatina da cuenta de que la mitad de los puestos de trabajo están en riesgo con la pandemia. En la otra mitad, claro está, se ubican los empleados públicos (3,2 millones) y los que trabajan en actividades esenciales. El resto, al menos, se tienen que cuidar.

Otro informe del Centro de Estudios de la Unión Industrial Argentina muestra que el 72% de las empresas ya perdieron ventas por más del 60%. De ese universo, el 87% dicen que no podrán pagar los sueldos. Y pasó apenas un mes.

Muchas pymes y otras no tan pequeñas ya cerraron sus plantas hasta después de julio. Anunciaron a sus empleados que se adelantan vacaciones y bajaron las cortinas. Los empleados y los sindicatos lo entienden. Acompañan con recortes de salarios y suspensiones. Los trabajadores de la industria. Ya hay lágrimas en el sector privado que se limpian con pañuelos que se prestan unos a otros. Por ahora, el Estado tira medidas inconexas, a veces desconcertantes.

El plan no aparece, apenas se sedimentan decisiones que, generalmente, no encastran unas con otras. Miles de empresas se endeudaron para pagar los sueldos de marzo. Pero no es posible mantener esa tendencia, que, además, no es automática, ya que queda sujeta a aprobación de un banco. Tampoco pueden seguir con la iliquidez que les provoca el abrupto corte de la cadena de pagos. Anoche, recién, se firmaba un decreto con medidas concretas que podrían traer alivio.

El oso todavía hiberna. Cuando termine, si no es paciente de riesgo, quizá pueda sobrevivir al shock de asomar a un mundo distinto del que dejó cuando se quedó quieto.

© La Nación

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