martes, 10 de marzo de 2020

Los enemigos que el Gobierno fabrica y se gana


Por Claudio Jacquelin

"Cuando las cosas van bien, los peronistas nos mantenemos unidos. Cuando empiezan a ir mal, buscamos enemigos. Primero, los de afuera. Y si se siguen complicando, aparecen los de adentro". 

Esa esclarecedora confesión, que pertenece a uno de los hombres más cercanos a Alberto Fernández, ¿implica que el Gobierno, surgido de la confluencia de las heterogéneas y hasta contradictorias líneas del panperonismo, entró ya en una fase negativa que justifica la construcción de enemigos?

Aún no. Esa es la respuesta que se impone frente a aquel inquietante interrogante, según puede concluirse de las condiciones objetivas y subjetivas que enfrenta la administración nacida el 10 de diciembre y del propio diagnóstico que la primera línea del Gobierno hace de la situación actual.

Sin embargo, ya han empezado a bocetarse y a emerger enemistades que resultan funcionales a esta etapa en la que todavía no hay nada o muy poco bueno para mostrar, pero tampoco nada suficientemente malo que ponga en riesgo la compleja unidad oficialista y, en consecuencia, la gobernabilidad. La casa, por ahora, está en orden. Teniendo en cuenta que se trata de un hogar argentino.

En lo inmediato, esas enemistados incipientes sirven para aglutinar a las distintas facciones del Frente de Todos y para justificar tropiezos o dilaciones en las soluciones que se esperan del Gobierno.

La indefinición en materia económica empieza a apremiar por razones sociales y también políticas. Ese platillo, finalmente, inclinará la balanza en favor de una u otra línea oficialista. La moderación de los reparadores albertistas o el maximalismo de los fieles cristinistas es una dicotomía por ahora larvada a la espera de los resultados.

Las primeras enemistades funcionales quedaron claras en las últimas semanas y están compuestas por cuatro sectores que natural y mayoritariamente resultan ajenos a la base electoral del Gobierno o que, al menos, son refractarias a su núcleo duro. El cálculo indicaría que cualquier conflicto con estos no resquebrajaría el frente interno ni restaría apoyos, en lo inmediato. El corto plazo es todo.

Los dirigentes y productores agropecuarios, que ayer empezaron una medida de fuerza de 4 días, encabezan el equipo de las enemistades. El kirchnerismo celebra, después de haber consumido el trago amargo de que Fernández los elogiara y de que en menos de 24 horas debiera desdecirse. Demasiado pronto el aliado estratégico se convirtió en un rival táctico.

No es lo que hubiera querido Fernández ni los dirigentes de la Mesa de Enlace que habían iniciado un diálogo propicio. Pero la ansiedad por mostrar resultados y las expresiones de deseos presidenciales lo complicaron.

Acosado por demandas contrapuestas (internas y externas) y necesidades financieras, Fernández no solo quiso resolver de una vez una urgencia de caja, sino al mismo tiempo neutralizar las demandas del kirchnerismo más duro de maximizar la exacción de recursos a sectores ideológicamente demonizados por su situación económicamente privilegiada en un contexto de emergencia.

Así fue como apuró el aumento de las retenciones a la soja, tanto como exageró la supuesta aceptación de los dirigentes y la pretendida tolerancia de los productores.

La afirmación de Fernández el miércoles pasado ante empresarios respecto de que la dirigencia agropecuaria había comprendido y aceptado la suba de las retenciones, mientras algunos productores amenazaban con salir a las rutas, precipitó la medida de fuerza.

Los dirigentes optaron entre la espada de las bases y la pared del Gobierno. Se requería mucha más pericia para que las desconfianzas del pasado y los temores al futuro no rompieran los frágiles puentes del presente.

El colectivo de los pañuelos celestes, que se opone al aborto, tenía todos los boletos en la lotería de las enemistades a partir del giro de 180 grados que hace dos años dio Cristina Kirchner en este tema. Los "celestes" lo sabían desde la campaña electoral, empezaron a cobrar su "premio" después del acto de anteayer en Luján.

Era inevitable el choque a pesar de que el Gobierno mantiene con la Iglesia, que conduce desde Roma el papa Bergoglio, una relación tan fluida como ambivalente. Lo que no significa ambigua. Las políticas económicas y sociales los acercan, las cuestiones de género y el aborto los enfrentan. Las bases otra vez definen. La necesidad, el dogma y la preservación del poder juegan partidas simultáneas.

La Justicia, en particular la mayoría de los jueces federales y fiscales que investigaron y encarcelaron a dirigentes kirchneristas por casos de corrupción, tenían su lugar asignado en el tablero de enemigos desde que el kirchnerismo empezó a perder el poder y, por consiguiente, la capacidad de controlarlo. La ola de la revancha cristinista ya llegó a las orillas albertistas, que busca surfearla, eligiendo a cuál montarse. Articular la sintonía fina se torna difícil con los guantes de box puestos. Un dilema de fondo para Fernández,

En breve se sumarían a la lista los fondos de inversión que tienen en su poder los depreciados activos argentinos. Los acreedores, a los que todavía se trata con cuidado, ya han empezado a poner condiciones y expresar dudas sobre la posibilidad de un acuerdo amigable sobre la deuda después de algunas conversaciones con los funcionarios del Gobierno. Su demonización será fundamental para justificar un eventual y cada vez menos improbable default parcial. El contexto internacional no ayuda.

Las urgencias sociales, la falta de resultados, las demandas internas -muchas veces contrapuestas- de los distintos oficialismos, las necesidades financieras del Gobierno y la búsqueda de consolidación de la base de sustentación política resultan decisivas.

Alberto Fernández suele apelar a la tan mentada contraposición weberiana entre la ética de la responsabilidad y la ética de las convicciones para justificar sus sinuosos derroteros. Eso podría explicar estos enfrentamientos y ciertas concesiones.

Sin embargo, entre la convicción y la responsabilidad, siempre hay un elemento que suele ser superador y definitorio: la conveniencia. Mucho más para cualquier gobierno de matriz populista, en el que la construcción simbólica y la preservación de una identidad, basada en el contraste con "los otros", son tan relevantes como los hechos concretos y los resultados mensurables. El presente siempre es más determinante que el incierto futuro.

El caso del conflicto con el campo es un buen ejemplo para demostrar que la dinámica amigo-enemigo puede dispararse por los motivos más nimios o las causas menos esperadas. Y tener los efectos menos deseados. La necesidad y la urgencia suelen precipitarlo todo. Las dos acosan a la flamante administración nacional.

Hasta el momento, la conveniencia y la impericia parecen haber fabricado la mayoría de las enemistades del gobierno de Alberto Fernández. Suele tratarse de una combinación letal.

Abundan los casos de gobiernos que no han elegido a sus enemigos. A veces, también los adversarios se ganan. La táctica puede chocar con la estrategia. Y los resultados, no ser los esperados.

© La Nación

0 comentarios :

Publicar un comentario