sábado, 7 de marzo de 2020

Aquí no ha pasado nada


Por Héctor M. Guyot

El peronismo ofrece un mosaico tan variado que puede confundir. Sin embargo, al margen de líneas, estilos y escalafones, todos tiran para el mismo lado. Esta semana se recortaron dos discursos en apariencia distantes, pero simétricos en su lógica y sus objetivos, aunque uno de ellos esté adornado por los fastos de la más alta magistratura o el tono mesurado de un hábil orador y el otro configure la amenaza ciega de un procesado múltiple que acaba de recuperar la libertad. Los dos pretenden llevarnos a la Argentina del revés, donde la noche es el día y la sal endulza.

Julio De Vido salió de la cárcel con ínfulas de mártir y exige reparación por las injusticias sufridas. Sin embargo, más de una decena de investigaciones judiciales con una prueba apabullante lo sindican como el armador de un sistema de robo al país creado al servicio de Néstor Kirchner, que funcionó durante doce años. "Hay que sancionar a los que abusaron de su poder para encarcelarnos", dijo el exministro de Planificación, condenado ya por la tragedia de Once, luego de que el Tribunal Oral Federal N° 1 levantara su prisión preventiva en la causa por fraude en Río Turbio.

Es el relato que comparte todo el oficialismo, más allá de matices y "diferencias terminológicas": la corrupción kirchnerista es un invento de jueces confabulados con la administración de Macri y los "medios hegemónicos" para acabar con un gobierno popular. Ahora, por supuesto, es preciso restablecer la justicia y se hará todo lo que ese noble fin demande. Carambolas del voto y de la dialéctica, los acusados se erigen en virtuosos y levantan el dedo acusador. Bajo el mismo argumento, el Presidente anunció ante la Asamblea Legislativa una reforma judicial cuya finalidad, en este contexto, resulta obvia, aunque haya sido presentada con los modos del monaguillo que se consagra a seguir la senda del bien.

Lo más revelador del discurso de Alberto Fernández fue el primer párrafo. Vale la pena recordarlo: "En la Argentina de hoy la palabra se ha devaluado peligrosamente -dijo-. Parte de nuestra política se ha valido de ella para ocultar la verdad o tergiversarla. Muchos creyeron que el discurso es una herramienta idónea para instalar en el imaginario público una realidad que no existe. Nunca midieron el daño que con la mentira le causaban al sistema democrático". Una descripción brillante. Pero ni Cristina Kirchner ni Sergio Massa se mosquearon: no era una confesión de parte, sino la técnica del kirchnerismo llevada al extremo. Un alarde. A través del relato, urdido con persistencia y habilidad, la vicepresidenta y sus aliados se han cansado de adjudicarles a los otros sus propios pecados. En este caso, el Presidente fue más allá. Se dio el lujo, o se permitió el chiste, de endilgarle el relato al gobierno anterior (que, además del fiscal, tuvo otro déficit que no pudo salvar: el del discurso). Y todo mientras tenía al lado a la persona que divorció metódicamente la palabra de la verdad para abrir una grieta que todavía nos devora.

"Toda simulación en los actos o en los dichos representa una estafa al conjunto social que honestamente me repugna", agregó el Presidente. Si esto es así, le debe una explicación a la ciudadanía. Primero, fue jefe de Gabinete de un gobierno que institucionalizó el simulacro; luego trabó una alianza con alguien que ocultó su ambición hegemónica tras un velo discursivo; a partir de allí, ese alguien que lo ungió candidato pasó de ser objeto de sus críticas a encarnar la virtud. ¿Cómo tomar por buena la palabra de alguien que hasta aquí no ha mostrado respeto por ella, sino que la acomoda según sus objetivos y necesidades?

Analizar el contenido de la reforma, que está dirigida a licuar el poder de los jueces federales, parece una pérdida de tiempo. La iniciativa, según Fernández, apunta a liberar a los tribunales del yugo político. Pero los mismos magistrados señalan que fue el kirchnerismo el que intentó colonizar el Poder Judicial. ¿Cómo dar crédito a las buenas intenciones del Gobierno si no hay la mínima autocrítica? Por otra parte, si la reforma buscara en verdad mejorar la Justicia para acabar con la impunidad y llevar a la cárcel a los que saquearon el país, ¿la permitiría Cristina Kirchner? Hoy solo parece haber una certeza: al margen de cualquier intención, el proyecto terminará siendo usufructuado por quien detenta el poder real. Y sabemos para qué.

El kirchnerismo parece decidido a completar la faena. El asedio avanza en varios frentes. Pero existe un obstáculo: esta vez, en sus muchas formas, la corrupción ha tomado cuerpo. La hemos visto. López en el convento, el lavado en la Rosadita, el festival obsceno entre políticos y empresarios que los cuadernos de las coimas develaron. Esos son los verdaderos sótanos malolientes del sistema. Y los hemos visto. Es posible que una mayoría no acepte fácilmente lo que el kirchnerismo en el poder pretende: seguir adelante como si aquí no hubiera pasado nada.

© La Nación

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