lunes, 24 de febrero de 2020

El género en el habla y en la lengua

Por Liliana Bellone (*)
Desde los estudios de Ferdinand de Saussure, sabemos que el signo lingüístico es arbitrario y responde a una convención social entre los hablantes. Esto explica la razón por la cual podemos llamar al objeto mesa de diversos modos según la lengua en la que hablemos. Nada hay en la palabra mesa que remita a la mesa concreta. Inclusive en las palabras de procedencia onomatopéyica hay una distancia entre el significante, el concepto y la realidad: chasquido, zumbido, murmullo…o en las onomatopeyas propiamente dichas, donde la motivación es explícita: guau- guau, bum-bum, tam-tam, etc.

Nada hay entonces en la palabra mujer o en la palabra hombre que tenga que ver con el sexo. El género gramatical es, en la lengua, convencional y arbitrario. Pensemos en el caso de los sustantivos epicenos como mosca, rata, hormiga, araña, ballena, víbora, víctima, personaje, joven, cocodrilo, hipopótamo, búho, atleta, finalista, estudiante, testigo, ayudante, comerciante, colibrí, etc. (en el caso de los animales se agrega el modificador macho o hembra). De todos modos el contexto lo establecerá. Ahora bien, si el uso comienza a imponer hormigo, araño o víboro (no viborón que es un reptil grande), comercianta, estudianta, testiga, etc. la lengua acepará estos cambios. Y aquí llegamos al punto crucial: el uso de la lengua es lo que determinará los cambios en el sistema. Las transformaciones no se rigen por el principio de autoridad (La RAE acepta los cambios que ocurren en el habla y en el uso de los hablantes, ya sean fonéticos, semánticos, léxicos o sintácticos). Los cambios ocurren desde abajo arriba, nunca a la inversa. No se puede ordenar y codificar una lengua por decreto tampoco por voluntarismo. Ni los poetas lo logran.

El género, decimos entonces, es arbitrario. En el caso de las palabras invariables y en los nexos no hay problema: aquí, con, allí, de, a, contra, desde, donde…El problema radica en los elementos variables (no el verbo porque esta clase de palabra no posee género, sí número, persona y tiempo).

Entonces el uso impone la norma: cuando una mujer ejerce una profesión o un cargo surge el femenino. Repetimos, por el uso y la necesidad lingüística y comunicativa: presidenta, ministra, intendenta, diputada, médica, abogada, geóloga, ingeniera, doctora, arquitecta, psicóloga, profesora, maestra, científica, gobernadora, coronela, generala, comandanta, capitana, sargenta, soldada, o papisa, porque hubo una dama (leyenda o historia) que ocupó esa jerarquía. En casos invariables se dirá la dentista, la artista, la analista, etc.

El general San Martín designó “Caballeresas de la Orden del Sol” a varias damas del Perú, Ecuador, etc. El general Belgrano nombró a la Virgen de la Merced “Generala del Ejército del Norte”. Caballeresa no es lo mismo que dama, caballeresa es el femenino de caballero en todo el sentido de ese vocablo, lo mismo que generala.

En castellano, las marcas del género van desde la “a” hasta las terminaciones esa, isa, triz, ina: niña, hermana, monja, emperatriz, duquesa, condesa, princesa, reina, heroína, sacerdotisa, baronesa, actriz, poetisa…

El género gramatical es tan arbitrario que algunos sustantivos que revisten femenino en un idioma, pueden ser masculinos en otro. En las lenguas nórdicas el sustantivo muerte, por ejemplo, es masculino, el sol femenino y la luna masculino.

Cabe destacar que en latín y griego existía el género neutro. Por razones de economía lingüística y cuestiones culturales este género desapareció en las lenguas romances y fue absorbido por el masculino. Entonces decir alumnos, compañeros, involucraba a ambos géneros y en una enumeración debía predominar el masculino en la coordinación: niños señoritas y señores destacados y buenos (por economía lingüística, pues es poco práctico decir niños, señoritas y señores destacados y destacadas, buenos y buenas). Sin embargo si un adjetivo está más cerca del sustantivo femenino, puede ir en femenino: cansadas mulas y caballos. El uso del género neutro puede hegemonizarse si el uso, la literatura y los medios lo reconocen como necesario para la comunicación. La historia de la lengua, que es social, lo dirá.

(*) Escritora

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