sábado, 18 de enero de 2020

El club de los negadores


Por Nicolás Lucca

Es muy difícil progresar cuando periódicamente se vuelve a foja cero. En la ciencia –la ciencia de verdad– se avanza partiendo del trabajo ajeno. Imaginemos dónde estaría la humanidad si cada científico pretendiera revisar de qué está compuesta la molécula del agua o quisiera cuestionar la ley de la gravedad.

Los países que evolucionan hacen lo mismo: mantienen la continuidad del Estado y continúan desde donde quedaron; desarman lo que no funciona, revisan lo que podría funcionar, mantienen lo que funciona. Nosotros, con cada cambio de partido, volvemos a 1810.

Por lo general –de vez en cuando se produce algún error en la Matrix– los países con desarrollo sostenido en el tiempo se basan en instituciones fortalecidas con el paso de los años, no en las personas. Y no tienen delirantes refundacionalistas que pretenden derribar todo lo realizado por quienes estuvieron antes. No se desarrollaron de la noche a la mañana: fue una continuidad de avanzar desde el punto que dejaron otros. Así es que se alcanzaron normas elementales para la cultura occidental y que nos dieron el impulso para que en los últimos dos siglos se progresara más allá de todo lo que se había avanzado durante milenios.

Luego de que Cristina Fernández le regalara la candidatura a presidente, Alberto Ídem decidió ratificar lo que cualquier gobierno populista en construcción que se precie de tal haría y encaró la tarea de borrar todo indicio de que alguna vez gobernó otro signo político.

En toda esta ensalada, hubo quien citó a Barak Obama, quien alguna vez habría dicho que, además de tomar decisiones, gobernar implica contar una historia. El tema con este dicho son los contextos, las distancias y los personajes. Contar una historia es tener un guión que se condiga con las acciones que se ven. Trasladado a la Argentina, el relato que se va construyendo es la voz en off de una peli romántica mientras la pantalla del cine pasa en loop la primera media hora de Rescatando al Soldado Ryan.

Uno sabe que el oficialismo tienen expertise en la materia “construcción del relato”, pero cuatro años de distancia hicieron estragos en la memoria. El Presidente de la Nación sostiene en vivo que en materia de obra pública la gestión de Mauricio Macri hizo “nada, nada, nada”. Justo la obra pública, que si te descuidabas, amanecías con una pavimentadora en el living y tres operarios usándote el baño. Tras ello, que un ministro de Educación no pueda resolver un cálculo matemático básico –que él mismo propuso, no es que se lo tiraron en una entrevista mala leche– queda como un chiste pequeñito.

Pero detrás viene el candidato perpetuo a gobernador de la provincia de Buenos Aires y, mientras declara el default de la provincia más rica por 250 palos verdes, sostiene que es culpa de la gobernadora saliente, mintiendo doblemente a cara de piedra: no sólo la deuda era de 2011 sino que fue autorizada por el entonces secretario de Planificación Económica, que no era otro que él mismo.

Mienten con cuestiones que no son de libre interpretación. Un tren que circula donde antes no estaba no es una cuestión de percepciones; una autovía donde antes había una ruta de un carril por mano no es opinable; el resultado de un cálculo aritmético no es medible desde la subjetividad emocional y un bono de deuda con fechas de vencimiento no son de libre interpretación. Donde sí tenían para machacar de lo lindo era en el expertise y calificaciones de muchos funcionarios, pero prefirieron devolver favores con cargos. (Breve consejo al militante de la nueva década del veinte: justificar un incapaz en un cargo público bajo el paraguas de que otro hizo lo mismo, no ayuda).

Dan ganas de proponer nuevos juegos –si en dos bolsos entran 9 millones de dólares, ¿cuántos bolsos necesito para evitar un default?– pero el problema es mucho más profundo. El problema no es que alguien mienta: el problema es que sea tan fácil creerle.

Sin embargo, tras todos estos delirios, algo se nos cae encima. Mientras nos reímos del ministro de Educación por su nivel educativo, dejamos pasar las miles de justificaciones que los votantes –que no tenían la más whore idea de quién era el ministro hasta hace quince días– vuelcan para defender lo inopinable: un resultado matemático. Podría quedar ahí, pero en una democracia todos votamos para decidir los destinos del país. Evidentemente, la educación está hecha pomada hace ya demasiado tiempo y ese es el principal riesgo de una democracia sana: porque si votar es un derecho, no educar para votar es una privación.

No se trata de “si no gana el que yo quiero votaste mal”, sino de ser conscientes de qué estamos eligiendo cuando elegimos. Y si totalmente educados se vota para que el país sea dirigido por un extraterrestre comunista vía Skype, que sea una elección a consciencia y en pleno uso de nuestras facultades. Ejemplos sobran. Si un sujeto le pide a Axel Kicillof que firme un decreto para obligar a Macri a pagar la deuda de la provincia de Buenos Aires con su patrimonio, ese hombre no tiene la más mínima idea de cómo funciona un Estado. Si una persona aplaude a un presidente –y en esta caen todos, eh– por la pavimentación de una calle en un municipio en vez de preguntarse qué hizo el intendente con la que le cobran de impuestos, esa persona no sabe cuáles son las funciones de cada uno de los candidatos a los que le otorgó el voto. Y ni que hablar si subimos el nivel: decenas –frené el conteo antes del accidente cerebrovascular– sostienen que “si falta plata, que el Estado la fabrique”, o que “es mentira que con los impuestos se pague el funcionamiento del Estado”, o que “si todos los argentinos trajeran la plata de afuera, alcanzaría para pagar la deuda externa”, como si pudiera hacerse sin confiscarla. Estas últimas afirmaciones provienen de universitarios.

Sin educación estamos perdidos. Piensen por un segundo que si así entienden la realidad personas que fueron escolarizadas y hasta concurrieron a la universidad, el problema es grave. Repito: podés votar a quien se cante el ocote, no lo estoy discutiendo, pero si queremos hablar de una ciudadanía libre, la única vía es educándolos para la toma de decisiones, para que sepan que no tienen que votar un salvador sino a quien crean que es el mejor administrador, para que todos entendamos la diferencia de funciones y obligaciones entre un Presidente, un vicepresidente, un senador, un diputado, un concejal, un intendente, un gobernador, un legislador provincial. Para saber como funciona el país en el que vivimos.

No se trata de calificar el voto, se trata de glorificarlo, de saber que es lo más sagrado que tenemos como ciudadanos, de comprender que no somos un pedazo de una masa, sino que somos individuos pensantes que tomamos decisiones, que elegimos los destinos de un país del mismo modo que nos hacemos cargos de nuestras vidas.

Obviamente, dudo mucho que esto pueda ocurrir, dado que a las falencias educativas se las pretende combatir con sentimientos y reformas, contrarreformas y recontrarrequeterreformas. Mientras tanto, seguimos pariendo productos incompletos entre los que me incluyo.

Formo parte de una generación que, bajo el amparo del “fin de los tiempos”, se la privó del conocimiento de los grandes pensadores. Quien no fue a la universidad, tuvo que buscarlos por sus propios medios si es que tuvo la curiosidad. Y ahí estamos, acomodando a todos con etiquetas, porque los nombres son demasiado individualistas. Usted no se llama Ricardo, usted es de derecha. No recordaré nunca su nombre, Roberto, así que pasará a ser el zurdo.

Y como todo sigue siendo binario, precaída del muro de Berlín, en blanco y negro, el que está a favor de un derecho individual puede ser progre o facho, dependiendo de quién se sienta ofendido por la creencia del individuo. Obviamente, el que tiene un pensamiento liberal está al horno: los progres lo tildarán de facho derechoso a quien –como a todo sujeto de la derecha– hay que detruir por considerarlo el enemigo de la humanidad, probablemente fan de Videla y con una esvástica tatuada. Y los conservadores lo tratarán de progrezurdosocialista por cuestionar dogmatismos religiosos, y lo harán mientras cometen la herejía de insultar al Papa por comunista y marchan junto a los evangelistas. Todo muy coherente.

No todo es épica y militancia. Un país sano es ese en el que no hay que saber permanentemente de qué lado se encuentra el tipo que camina al lado nuestro, en el que no tenemos que cuidar nuestro tono de voz a la hora de hablar con amigos en un bar, en el que podemos opinar sobre hechos sin que nadie –que ni participó en el hecho en sí– sienta que le violaron al perro. Y eso se logra con educación, que no es lo mismo que alfabetizar: la mayoría de las reacciones intempestivas provienen de personas que concurrieron a bonitos establecimientos educativos.

Y como ninguna especie atenta contra sí misma, olvidemos que la solución venga de la política. ¿Quieren una buena inversión? Consigan libros. Todos los grandes pensadores fueron editados miles de veces, hay ediciones usadas por dos mangos. Llenen las bibliotecas de sus casas de esos libros, déjenlos a mano, que sus hijos los vean leerlos, que llamen la atención, que estén en lugares donde uno sienta que lo están observando. Y fomentemos la curiosidad de querer saber cómo funcionan las cosas. Sin curiosidad, el hombre no habría dominado el fuego.

Sin curiosidad, es lógico que neguemos todo.

© Relato del Presente

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