jueves, 14 de noviembre de 2019

En la política como en el fútbol

Por Sergio Sinay (*)

Ahora resulta que Juntos por el Cambio podía haber ganado si el superclásico del 27 de octubre pasado duraba 10 minutos más, y que el Frente de Todos ganó, pero es casi como si hubiera perdido porque no le infligió al rival la goleada prometida. Quienes buscaban un culpable en el árbitro y en los jueces de línea tuvieron que aguantar lo que el VAR (llamado escrutinio definitivo) vino a confirmar. 

Es decir, que no hubo trampas, ninguna mano penal dentro del área de las urnas y las jugadas fueron válidas tal como se produjeron. Frustradas cada una a su manera, ambas hinchadas mastican bronca y decepción, lejos de aceptar que ninguna de ellas representa a la mitad más uno de la totalidad, y que no pueden asumirse como mayoría absoluta, ni mucho menos como representantes inequívocas de aquella totalidad.

Los más inflexibles y fanáticos de cada bando no se resignan al estado de las cosas y a cómo este modifica las expectativas optimistas que cada uno había elaborado para el futuro, olvidando que no estaban solos en la cancha y que el adversario también existía y jugaba. Los barras del equipo oficialista le cargan la culpa a la gobernadora de Buenos Aires, después de haber trabajado a la perfección para que ella perdiera, después de haber ejercido sobre ella una presión casi inescrupulosa para que no desdoblara las elecciones, separando la provincial de la nacional, y después de haber tomado para eso una actitud que, dicho con palabras acordes a los tiempos, fue machista. Aunque sea contrafáctico, cabe preguntarse si habrían actuado igual, con la misma conducta de machos (y machitos) alfa, en caso de que quien poseyera los votos que le habían facilitado al patrón el triunfo de 2015 hubiese sido un gobernador y no una gobernadora. Lo cierto es que no se puede aprender política en un curso exprés, y menos a último momento.

En la tribuna del vencedor los barras se dividen en varias facciones que, con el objetivo de ganar el superclásico, decidieron alentar y votar juntos. Pero para alguna de esas facciones el objetivo de máxima era humillar al adversario despreocupándose de cualquier propósito o meta ulterior vinculados al destino común de la sociedad (que como toda comunidad humana es una suma de diversidades cuya integración resulta condición sine qua non de supervivencia en primer lugar y, esencialmente, de convivencia). Entre esos fanáticos extremos están los que se quedaron “con gusto a poco”. Exhibiendo un sesgo mental que los hermana a la distancia con Bolsonaro, creen que quienes votaron al rival se equivocaron. Es así una vez más: los extremos se tocan y es posible que llegues a pensar y actuar como aquel a quien repudiás. A esta porción de la fanaticada se le suman otras, que ya empiezan a presionar al nuevo técnico (que acaba de ganar la copa) con urgencias y amenazas en caso de que no cumpla con regalarles entradas (llámense beneficios, atención, puestos claves en el aparato estatal, etcétera) para los partidos que se vienen. Se huele la amenaza de que, en caso de no ser atendidos, estos “socios caracterizados” se aparezcan en el entrenamiento o invadan el vestuario más temprano que tarde.

Como se sabe, los barras no solo adquieren poder por la connivencia oportunista de los dirigentes sino también porque representan a un sector careta de la hinchada que, por miedo o porque en el fondo comparte las ideas y métodos de esos grupos, hace silencio y hasta les prepara y protege el espacio preferencial en la tribuna. Así está la sociedad argentina tras el superclásico electoral del 27 de octubre. Con barras visibles, dispuestos a no reconocerle nada al adversario e incluso a tomar las riendas del club por las buenas o por las malas. Y con grandes sectores de las dos hinchadas resentidos por el resultado. Algunos de esos sectores en la tribuna ganadora piden revancha inmediata e inclemente. En la tribuna de enfrente se fantasea sobre el próximo superclásico en el que, mascullan, no habrá que tener compasión ni miramientos. Mientras tanto, la grieta no se cierra y los partidos se siguen jugando sin público visitante. En la política y en el fútbol, cada vez más lejos del mundo.

(*) Periodista y escritor

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