domingo, 7 de julio de 2019

Redefiniciones en el tramo decisivo hacia las PASO


Por Jorge Liotti

Miguel Pichetto caminó entre un nutrido grupo de empresarios que lo esperaban ansiosos. Se sentó y durante una hora y media bajó un decálogo de definiciones políticas con el aplomo de quien no requiere asesoría estratégica. Fue el último miércoles en un evento que organizó la AmCham, junto con las cámaras británica y canadiense.

Allí dijo que una cuarta derrota haría desaparecer al kirchnerismo, pero al mismo tiempo balbuceó una crítica a Cambiemos por haber exacerbado la polarización que dejó con vida política a Cristina. Pichetto no suena macrista aunque defienda la gestión como pocos. El candidato a vicepresidente se transformó en el responsable de redefinir el discurso oficialista, sin estribillos marketineros. "Por algo contratamos a un especialista en hacer oficialismo desde hace 30 años", bromean en la Casa Rosada.

Alberto Fernández, el mismo miércoles a la mañana, ingresaba a un aula repleta de alumnos del colegio Carlos Pellegrini, un ámbito fuertemente kirchnerizado. Se plantó como el heredero y volvió a exhibir ese complejo blend de autocrítica y viejo nestorismo. "A mí me entusiasma el canto 'vamos a volver', pero yo quisiera saber si todos estamos de acuerdo para qué queremos volver. Tenemos que volver para ser mejores de lo que fuimos, y eso es revisar las cosas en las que nos equivocamos", les dijo a jóvenes que recién nacían cuando él era jefe de Gabinete. Fernández hace equilibrio todo el tiempo. Busca hablarles a los propios y a los moderados. Debe demostrar que es quien decide, pero al mismo tiempo exhibirse fiel a Cristina. Hace un esfuerzo por resignificar el arraigado discurso del modelo nacional y popular, con el que sabe que no triunfará.

En algún sentido, Pichetto y Fernández se exhiben como dos caras de una misma moneda. Son los máximos responsables de ofrecer la expectativa de un proyecto renovado a partir de dos modelos que sufrieron un fuerte desgaste. Encarnan la necesidad de ir en busca de votos intermedios con un mensaje de mayor moderación en un contexto de elección hiperpolarizada. Parece una contradicción, pero no lo es. Con este espíritu arranca hoy la campaña en medios audiovisuales, una carrera veloz de 35 días hacia unas PASO que no definen nada, pero que son decisivas. Otra paradoja.

El oficialismo inicia esta última etapa en un clima de mucho optimismo, quizás algo prematuro. En el entorno de Marcos Peña señalan que el punto de partida en las encuestas ya es superior al de 2015 a esta misma altura del año. Allí diseñan una estrategia de "segmentación extrema", con mensajes muy direccionados por distintas vías. La intención es que Macri se concentre en 73 puntos prioritarios del centro y norte del país donde más votos puede sumar y que esté presente en 30 lugares por día a través de distintos formatos, desde entrevistas radiales hasta mensajes grabados y chats grupales. La otra novedad de esta campaña es la diversidad, para permitir que voces como la de Pichetto o la de Martín Lousteau tengan autonomía y retengan a los desencantados. "Esta vez no habrá uniformidad en el discurso. No podemos ser como esas viejas bandas de rock que andan de gira con sus grandes éxitos. Tenemos que salir con un disco nuevo", grafican en la misma Jefatura de Gabinete desde la que en campañas anteriores ponían tanto celo en evitar dispersiones. En todas las oficinas de Cambiemos coinciden en que esa diversidad de voces en campaña es un anticipo de lo que ocurrirá en el Gobierno si son reelegidos. "Vamos hacia un esquema distinto al actual, con mayor amplitud política", prometen muy cerca de Macri.

El contexto económico los ayuda. El dólar a la baja, la moderación de la inflación, el congelamiento de las tarifas y las nuevas paritarias están generando una sensación de alivio, después de un primer cuatrimestre asfixiante. El Índice de Confianza en el Gobierno que elabora la Universidad Di Tella lo refleja: en junio subió 15% respecto de mayo. Pero debajo de la superficie todavía no hay indicadores nítidos de que la actividad económica esté en proceso de repunte. Otra vez la pregunta incómoda emerge: ¿se trata de un veranito (o un inviernito) electoral o del inicio de una recuperación real?

Aunque parezca no incidir directamente en el voto, el acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea (UE) ha cobrado una enorme relevancia simbólica para la campaña porque le permite a Macri unir la fragilidad del presente con una promisoria fortaleza futura. El pacto llena de significado y de objetivos un eventual segundo mandato. Le da una razón de ser a Cambiemos superior al mero propósito de evitar el regreso del kirchnerismo. Representa la mayor oportunidad de transformación del sistema productivo del país.

Macri tiene una cuota importante en el logro. Siempre creyó en los beneficios de un entendimiento y en los últimos días acercó posiciones entre actores de peso, como Macron, Merkel y Bolsonaro, para no dejar pasar la oportunidad histórica. Lo ayudó el contexto de una Europa que necesita mercados con mayor potencial ante una baja tasa interna de crecimiento, que busca alternativas a la pelea comercial entre EE.UU. y China y que confía en el libremercadismo.

Pero ahora tiene un desafío más grande: acordar con la dirigencia política, empresarial y sindical una adaptación que será costosa y que mal hecha puede ser ruinosa. No solo los privados deberán adaptarse; similar reto tendrán el Estado nacional y las provincias. El Gobierno se proyecta en el proceso virtuoso que hizo España cuando ingresó a la UE. Puede ser un espejismo. La España pos-Moncloa recibió en los siguientes 20 años el 25% de los fondos estructurales que reparte la Unión. Quizá deban mirar más el caso de los países de Europa central, como Polonia, Hungría o la República Checa, que debieron hacer enormes sacrificios para ingresar al mismo club. Dante Sica, junto con su colega Jorge Faurie, gestor clave del acuerdo, asegura que se adoptaron todas las salvaguardas para no afectar a los sectores menos competitivos, incluyendo los casos sensibles de calzados y textiles. Los empresarios apoyan, pero tienen reservas. En el Ministerio de Producción esperan en los primeros años un impacto más fuerte en las inversiones que en el comercio. "México triplicó la inversión extranjera tras acordar con la UE", ponen como ejemplo. Habrá que ver si esta vez llueve.

Del otro lado, el tramo decisivo hacia las PASO encuentra a Fernández con demasiados desafíos para mantener la delantera que le dan las encuestas. Su estructura de campaña es artesanal y él prefiere seguir sin gurúes ni sofisticaciones. Sus principales activos son la crisis económica y la territorialidad peronista. La visita a Lula en Curitiba pareció muy vintage para competir con la imagen de Macri y los líderes europeos en Osaka.

Con Cristina en Cuba, en los últimos días Fernández se dedicó a consolidar el "albertismo", integrado por gobernadores e intendentes que disimulan el liderazgo de la expresidenta detrás del himno a la unidad y que le suplican a él que ejerza autoridad para no volver a caer bajo el látigo disciplinador. El mismo miércoles del Pellegrini, Alberto se reunió con doce gobernadores del PJ, exhibiendo capacidad de convocatoria. El problema es que el mismo día varios de esos mandatarios pasaron por la Casa Rosada para renovar los votos. Algo similar les pasa a los intendentes que esa tarde se juntaron en La Plata con Axel Kicillof. Se sacaron juntos una foto que no alcanzó para superar las desconfianzas que aún imperan. El gesto adusto de Sergio Massa pareció rubricarlo. Fernández no llega a amalgamar todo lo que el kirchnerismo astilló.

© La Nación

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