martes, 16 de julio de 2019

Populismo a la espera de perder al pueblo


Por David Trueba

Ahora que parece que ya han llegado a Europa las recetas que alzaron al poder a Donald Trump, convendría tomarse el asunto con una cierta capacidad reflexiva. Visto desde aquí, resultaba irónico que un líder político le vendiera a sus conciudadanos el ideal de que pondría los intereses de su país por encima del resto, que recuperara la manida matraca de «América para los americanos» que un siglo atrás precipitó al país a la peor crisis que vivió desde su fundación. 

La Gran Depresión precisó de una guerra mundial para recuperar la potencia económica y financiera, pero también de un cambio de rumbo asombroso en los sueños aislacionistas de un colectivo adormecido. Sin embargo, todo regresa, porque nunca hemos de despreciar la capacidad pendular de la historia. Especialmente en democracia, porque la democracia es un sistema de relevo y péndulo, que ofrece la variación como única arma frente a la insatisfacción. Si algo cambia, todo puede seguir igual, y bajo esa receta de gatos pardos aprendemos a vivir.

La llegada de los populismos a Andalucía era previsible. Demasiados años de perpetuación en el poder de los socialistas ofrecían una oportunidad de oro para vender el cambio como única solución. La parte triste del asunto es que los discursos belicosos contra el feminismo y la libertad sexual se hayan asentado para encubrir la vocación de reducir por las bravas toda protección social para restablecer los privilegios de la clase adinerada. Las batallas dialécticas suelen tender al disimulo, la verdad corre por otras venas más pragmáticas. Andalucía lograba persistir gracias a un cruce ceremonial del subsidio y la viveza, pero exigía algunos sacrificios a los ricos que estos han logrado finalmente sacudirse con una llamada al cambio siempre conveniente. Pero es en las recetas de resistencia donde también, como han hecho los ganadores, conviene volverse hacia el modelo norteamericano, porque ofrece muchas enseñanzas.

Desde el primer minuto, los opositores a Donald Trump equivocaron la estrategia de acoso. La prisa por sacarlo del poder lo nutrió de fortaleza en lugar de debilitarlo. La sombra de la impugnación de su Presidencia señala hacia un atajo que nunca debe tomarse. Los más pragmáticos saben que Trump tendrá que agotar su legislatura, y que solo más tarde podrá trabajarse para meterlo en la cárcel. Pero no antes. La democracia tiene que consentir esos anhelos de gamberrismo en sus votantes. La única receta es dejar que se agoten en su propia vaciedad. Todos los discursos de Trump, a menudo dictados en breves mensajes en las redes, son contradictorios. Gritan una cosa, pero luego ejecutan la contraria. Anuncia medidas drásticas, pero las cancela a renglón seguido. Elogia a sus enemigos y trata de descolocarlos para más tarde regresar al insulto. El resultado es la inmovilidad ruidosa. Nada cambia, pero todo suena a estrépito. Es autoritarismo de red social. Los más inteligentes son capaces de esperar y sencillamente señalar el ridículo. Todo aquello que se prometió se ha incumplido. Todos los delirios de grandeza no son más que la rutina habitual. Si algo sigue llenando de combustible el depósito de Trump es la ira que despierta en sus enemigos. Para mucha gente es atractivo quien logra sacar de sus casillas a los bien establecidos. Como ciertos hijos a los que resulta gozoso ver a sus padres desesperarse ante sus acciones.

En toda Europa, el fenómeno populista ha carecido de imaginación para inventar algo diferente al trumpismo. El populismo de un siglo atrás puso al obrero y lo social como bandera. Hoy, eliminada esa virtud, la bandera y el anhelo de recuperar antiguos esplendores imperiales, nos encontramos ante imitaciones ramplonas. La falta de imaginación, sin embargo, no penaliza. Colonizados como estamos por el modo de mirar norteamericano, es lógico que funcionen con nosotros las mismas trampas que funcionan allá. Toca recogerse y señalar la falta de capacidad gestora, la inutilidad práctica de tanta soflama y la perpetuación del castigo para las clases ya más castigadas. Esa es la única receta lograda por el populismo en Estados Unidos, en Italia, en Polonia y en Hungría. Mientras dura la gasolina de festejar que a los rivales los sacas de sus casillas, dura el encantamiento. Cuando regrese la calma, el péndulo volverá a exigir sacarlos de sus poltronas públicas y devolverlos a su privilegiado trono en el sector privado, eso sí, ahora mucho más enriquecidos a costa del erario público.

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