sábado, 27 de julio de 2019

La reforma y sus enemigos

Por James Neilson
Dice Vladimir Putin que “el liberalismo es obsoleto” porque en todas partes “entró en conflicto con los intereses de la abrumadora mayoría de la población”. El líder informal de la rebelión “populista” contra el statu quo que preocupa tanto a progresistas como a conservadores no es el primer ruso que piensa así. Desde hace más de dos siglos, sus compatriotas eslavófilos, entre ellos escritores tan notables como Dostoyevski, están procurando frenar la difusión de lo que para ellos es la ideología occidental por antonomasia.

La creen demasiado fría, abstracta, materialista, y por lo tanto destructiva de lo espiritual, lo que en su opinión es lo único que realmente importa.

Comparten dicha actitud frente a los cambios que suelen considerarse necesarios para el desarrollo económico nacionalistas que quieren defender las idiosincrasias de sus países, religiosos musulmanes, hindúes y católicos, comenzando con el Papa Francisco. Luego de conformarse con un perfil bajo en las décadas que siguieron a la derrota de Alemania y el Japón en la Segunda Guerra Mundial, tales reaccionarios están ganando terreno porque una proporción creciente de los occidentales perdieron confianza en los valores que les habían permitido construir sociedades que, de acuerdo con los índices usados por los organismos internacionales, son por un amplio margen las más exitosas de la historia de nuestra especie. El síntoma más llamativo del malestar que sufren tantos occidentales es la caída estrepitosa de la tasa de natalidad en casi todos los países ricos.

En la Argentina, Mauricio Macri representa “el liberalismo” denostado por personajes como Putin, mientras que a Cristina le ha tocado encabezar la reacción en contra del conjunto de ideas que andando el tiempo plasmaría el mundo en que vivimos. No sorprende, pues, que sea tan grande la célebre “grieta” que, por cierto, no es un invento argentino sino la forma que ha tomado aquí un conflicto sociocultural parecido a los que están causando angustia en muchos otros países. Desgraciadamente para los que, como Roberto Lavagna, soñaban con saltar por encima de ella para llegar a aquella “ancha avenida del medio” de que hablan quienes buscan una fantasiosa tercera vía equidistante de Juntos por el Cambio y Frente de Todos, al acercarnos a la hora de la verdad electoral, la brecha propende a ampliarse.

El ingeniero Macri se ve como un modernizador. Quiere ser recordado como el hombre que no sólo rompió el maleficio según el cual todos los presidentes no peronistas han de abandonar el cargo antes del día fijado por la Constitución sino que también puso fin a la casi centenaria decadencia nacional. Lo mismo que sus amigos del círculo rojo internacional, cree que a menos que la Argentina se adecue muy pronto al orden aún imperante en el mundo occidental, adoptando sus prácticas y principios, su futuro será trágico.

Aunque el ejemplo brindado por Venezuela hace pensar que Macri tiene razón, para que el país se haga más “competitivo” como pretende, el gobierno tendría que desmarañar la red espesa de privilegios consagrados, obligaciones mutuas que podrían calificarse de feudales, lealtades corporativas, complicidades y acuerdos tácitos que se ha formado a través de los años y que sirve para mantener las cosas más o menos como son. De más está decir que los esfuerzos de Macri y sus colaboradores por hacerlo aseguran a los defensores del viejo orden –políticos, sindicalistas, empresarios de mentalidad proteccionista, cuando no prebendaría, y quienes les suministran consignas e ideas– un sinfín de oportunidades para acusarlos de atentar contra los auténticos intereses nacionales.

Con todo, aunque los resueltos a frustrar el proyecto macrista se oponen a iniciativas como las reformas de la legislación laboral y el sistema previsional que, aguijoneado por el Fondo Monetario Internacional, aspira a llevar a cabo cuanto antes, no les es dado oponerse a la modernización como tal. Con escasas excepciones, reconocen que no es viable el modelo existente y que, para mantenerse a flote, la Argentina tendrá que hacerse mucho más productiva. Es que Alberto Fernández y quienes lo rodean entienden que dentro de muy poco podrían estar a cargo del país, de suerte que no tienen más opción que la de prepararse anímicamente para el encontronazo con los desafíos nada sencillos que en tal caso enfrentarían desde el primer día.

A pesar de la polarización, la retórica en tal sentido de Alberto e incluso del “marxista” o “keynesiano” Axel Kicillof –para no hablar de Cristina, que dice que el gobierno actual es “anticapitalista” y “soviético”–, no es tan diferente de la macrista aunque, claro está, por estar en campaña, el candidato presidencial se siente obligado a hacer las habituales promesas demagógicas, ya que no quiere correr el riesgo de asustar prematuramente a los fieles aludiendo a medidas drásticas que estaría dispuesto a tomar para que el país saliera pronto del infierno en que, da a entender, Macri lo ha metido por una combinación nefasta de impericia y maldad.

Detrás del intercambio farragoso de insultos y descalificaciones que los aspirantes a gobernar el país están protagonizando, hay señales de que, cuando de la economía se trata, las ideas básicas de los dos candidatos presidenciales con chances tienden a converger. Si discrepan en algo significante, será en lo relacionado con la velocidad aconsejable. Macri, aleccionado por la devastadora corrida cambiaria del año pasado que tanto le costó, quisiera ir mucho más rápido, aunque no tanto como José Luis Espert, mientras que sería de suponer que Fernández, atento a los intereses de sus simpatizantes que a un tiempo temen y esperan que todo cambie, elegiría un ritmo más gradualista. También le sería forzoso convencer a Cristina y la gente de La Cámpora de que sería peor que inútil tratar de volver el reloj atrás a marzo de 1973.

Puesto que tanto los macristas como los kirchneristas creen que les convendría brindar la impresión de no coincidir en nada con sus adversarios respectivos, es poco probable que se celebren debates serios en torno a lo que, para muchos, es el tema fundamental: el manejo de una economía crónicamente disfuncional que corre peligro de ser aplastada por la apisonadora de la globalización que está impulsando el progreso tecnológico o por balas perdidas disparadas por norteamericanos y chinos en una guerra comercial.

Aunque los kirchneristas están decididos a culpar al Gobierno por la inflación, el desempleo y la falta de crecimiento, pasando por alto sus propios aportes al desastre, hacerlo no les está resultando tan fácil como previeron. Por su parte, los macristas prefieren hablar de temas como la corrupción, el delito, los estragos provocados por la droga y el desprecio manifiesto de sus contrincantes por las instituciones democráticas, en especial por las vinculadas con la Justicia.

Siempre y cuando los mercados sigan tranquilos, la estrategia oficialista podría funcionar. Por supuesto, si bien casi todos jurarían creer que robar es muy pero muy malo, la verdad es que casi la mitad de la población se inclina por perdonar los actos de corrupción con tal que los cometan políticos que militan en el movimiento que apoya, razón por la que el kirchnerismo no se ha visto demasiado perjudicado por los cargos enfrentados por Cristina y sus vasallos.

Así y todo, a juzgar por las encuestas más recientes, Macri ya ha logrado acercarse a Fernández, de suerte que no sorprendería que se reeditara la situación que se dio cuatro años antes cuando, antes de la fase final, de acuerdo con los sondeos Daniel Scioli se mantenía bien a la cabeza en la carrera electoral. En vista de la presunta veleidad del electorado argentino, el que la intención de voto apenas se haya movido a pesar de todo lo sucedido a partir del triunfo de Macri en noviembre de 2015 puede tomarse por evidencia de la profundidad de “la grieta” que separa a los partidarios del kirchnerismo de los resueltos a combatirlo.

Tanto los unos como los otros saben que hay mucho más en juego que las vicisitudes de una economía que está en crisis permanente, motivo por el cual los políticos tienen que hablar más de los errores ajenos que de los aciertos propios. En el fondo, las diferencias tienen mucho más que ver con valores éticos que con los pros y los contras o las características ideológicas de los distintos “modelos” de desarrollo que se han ensayado.

A los simpatizantes del ex Cambiemos les gusta recordar las hazañas de los inmigrantes de otros tiempos que llegaron sin nada más que la voluntad de trabajar duro y ahorrar para que sus hijos y nietos disfrutaran de una vida mejor, sin que se les ocurriera suplicar subsidios a un Estado bondadoso.

En cambio, los peronistas, entre ellos los kirchneristas, creen que aquel país estaba enfermo de individualismo darwiniano, de ahí la desigualdad extrema que debería remediarse redistribuyendo el ingreso de manera más equitativa. Por desgracia, la captura del Estado por quienes se afirmaban decididos a repartir la riqueza del país –o sea, del campo–, en beneficio de todos tendría consecuencias perversas al virtualmente institucionalizar la corrupción y depauperar a segmentos cada vez mayores de los que de un modo u otro dependían de la generosidad interesada de quienes tenían las llaves de las arcas públicas.

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