viernes, 26 de julio de 2019

La otra grieta, la misma grieta


Por Sergio Suppo

El dibujo no es nuevo, pero ante cada elección sus colores se acentúan o desvanecen según las circunstancias políticas y económicas del momento. Aunque sin tanta frecuencia, un color puede reemplazar al otro para luego regresar a su lugar original.

La política también puede ser un cuadro y sus resultados electorales pueden pintarse sobre mapas. Esa cartografía tiene rasgos esenciales y profundos que persisten sobre las variables centrales de estas elecciones: la corrupción y el autoritarismo kirchnerista contra el fracaso económico y la crisis social que agrandó el macrismo.

Como durante todo el inestable siglo pasado, después del quiebre de diciembre de 2001, avanzada la segunda década del siglo XXI el mapa de la Argentina tiende a quebrarse en dos colores. Desde la declinación del kirchnerismo puede verse que no es un resumen simplemente partidario, sino también una representación socioeconómica que tiene un directo correlato en el comportamiento político de los votantes. Esa grieta que habilitó la llegada del macrismo se abrió en el conflicto del campo, en el primer semestre de 2008, y dejó a la vista al menos tres vivencias y comportamientos en el país.

Hay una Argentina víctima de la destrucción del sistema industrial, cuya crisis se remonta a fines de la década de 1960, que se afinca en un conurbano bonaerense superpoblado por la migración interna proveniente del interior del país en la primera mitad del siglo XX. Hijos y nietos de aquellos obreros industriales también pueblan las zonas carenciadas de otros centros productivos en decadencia, como los contornos de Rosario, Córdoba o Mar del Plata.

Gobiernos populistas o de centroderecha, en el kirchnerismo como en el macrismo, dejaron a millones de personas sin destino laboral o con un horizonte acotado a la changa y el cuentapropismo precario. Es ahí donde, más por necesidad extrema que por conveniencia, anida la idea de un Estado que debe darlo todo, no solo la educación, la seguridad y la salud. No es un mensaje exclusivo de gente empobrecida, también es una cultura de la ventaja y el subsidio que puede escucharse en sectores empresarios importantes.

Ese país del conurbano tiene una fuerte empatía con la Argentina del interior profundo, la que jamás vivió años de esplendor industrial como el Gran Buenos Aires. Es en las provincias del norte y también en las de la Patagonia más austral en las que, salvo algunos bolsones de producción en general muy concentrados, la proporción de empleo público es tan alta que configura una cultura que hace creer que todo dependerá siempre de lo que reparta el Estado (municipal, provincial o nacional).

En promedio, porque excepciones hay en todas partes, la franja central de la Argentina expresa otro país, el país rural cuya conducta fue impuesta por la necesidad de valerse por sí mismo frente al clima y a mercados globalizados desde siempre. De Mendoza a Entre Ríos y con todo el interior de la provincia de Buenos Aires como una realidad autónoma del conurbano, ese país pintó sus propios colores en las últimas dos elecciones y llevó al poder a Mauricio Macri.

Una sociedad tácita de esa región central con el viejo rechazo de los porteños al peronismo es todavía el capital que tiene el Presidente para buscar la reelección. Una pequeña pero significativa incógnita a conocer en las próximas elecciones será el comportamiento de Neuquén, la tierra del fenómeno Vaca Muerta. ¿Integrará el grupo de provincias macristas? ¿La crisis económica arrastrará hacia el bando del kircherismo a Santa Fe y Entre Ríos? En esos y en otros pequeños detalles se construirá el resultado que signará los próximos cuatros años de la Argentina.

© La Nación

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