lunes, 13 de mayo de 2019

Algo huele bien en Turín

Por Guillermo Piro
Desde la semana pasada existe en Italia una acaloradísima discusión acerca de si los libros fascistas deben o no tener su espacio en una Feria del Libro. En el Salón del Libro de Turín, que abrió el jueves pasado y cierra sus puertas mañana, estaba prevista la presencia de Altaforte, una editorial cercana a Casa Pound, un partido político fascista de extrema derecha fundado a fines de 2003. Altaforte publicó Io sono Matteo Salvini, un libro-entrevista al ministro del Interior italiano Matteo Salvini, a cura di la periodista Chiara Giannini.

Se había esparcido la noticia de que Salvini habría presentado su libro en el stand de la editorial. La regla de las buenas costumbres del Salón dictamina que los políticos pueden participar de las actividades “como simples lectores”, no como funcionarios o candidatos.

Entonces comenzaron las dimisiones. Christian Raimo, un periodista miembro del comité del Salón, presentó su renuncia argumentando el avance neofascista, del que Salvini es un claro exponente, así como de las innatas ideas racistas, etc. Luego fue el turno del colectivo cultural de inspiración marxista Wu Ming, del historiador Carlo Ginzburg, de la periodista Francesca Mannocchi y del historietista Zerocalcare, quienes anularon su participación en el Salón criticando no ya la posible presencia de Salvini, sino de la editorial Altaforte.

Pero siempre hay una gota que rebalsa el vaso, y en este caso fue la decisión del museo de Auschwitz-Birkenau, el campo de concentración nazi, que advirtió a la dirección del Salón del Libro de Turín que si se presentaba la editorial Altaforte, ellos se borraban de las actualidades. Al municipio de Turín, uno de los principales sponsors y accionista directo del Salón, llegó una carta firmada por Halina Birenbaum, una sobreviviente del Holocausto, en la que decía que “no se les puede pedir a los sobrevivientes que compartan el espacio con quien pone en discusión los hechos históricos que llevaron al Holocausto”. El museo de Auschwitz entonces contraatacó anunciando que si la editorial Altaforte tenía su espacio en el Salón, ellos habrían organizado un encuentro con Birenbaum en algún otro lugar de la ciudad.

Este in crescendo estaba alcanzando el paroxismo cuando el Comité del Orden Público y la Seguridad de la Prefectura de Turín anunció que, para no generar tensiones, se mudaría el stand de Altaforte, trasladándolo a la antigua sede de un club deportivo transformado para la ocasión en centro de exposiciones. Pero no. Faltando horas para la inauguración, los organizadores del Salón rescindieron el contrato que habían firmado con Altaforte y excluyeron a la editorial de la feria. Tanto la municipalidad como el gobierno de la región piamontesa habían hecho el correspondiente reclamo aludiendo a que la presencia de la editorial fascista estaba causando un grave daño a la imagen del evento y a la ciudad en general, lo que había vuelto imposible la presencia de Halina Birenbaum. En absoluto proclives a esquivar el bulto cuando las papas queman, municipalidad y región piamontesa enviaron un documento escrito donde explicaban que “se trata de una elección política de la que asumimos toda la responsabilidad”.

El director del Salón, Nicola Lagioia, hizo un llamado a los autores que habían anulado su presencia invitándolos a “preparar la valija y venir a Turín”. La lección que se puede recabar de todo esto es simple: los políticos no deberían tener espacio en las manifestaciones culturales que protagonizan los seres humanos. Para presentar sus libros disponen de espacios más amplios y de contextos más apropiados.

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