sábado, 6 de abril de 2019

Una recurrente frustración colectiva


Por Francisco Olivera

El video circula por WhatsApp, es una especie de stand up. Javier Milei está parado en el escenario y, frente a un público en el que presumiblemente abundan los libertarios, enumera el contraste: las cifras con que Macri recibió el país, las que prometía y las que supone tendrá cuando termine el mandato.

Después hace una pausa, toma aire y llena la sala con un grito-insulto en registro de tenor contra el jefe de Gabinete, al que llama en diminutivo: "Marquitos Peña". El público se entusiasma, toma el nombre y arranca el famoso canto de cancha contra el Presidente, pero corea " Marquitos Peña " allí donde la letra decía " Mauricio Macri ". Ya no se oye entonces en el teatro más que ese estribillo cuya versión original dista bastante de las ideas de Milton Friedman: se llama "Es tiempo de alegrarnos" y fue compuesta en 1973 por el argentino Raúl "Sheriko" Fernández Guzmán para celebrar el regreso de Perón.

Rituales tribuneros del antigradualismo. Con o sin razón, Peña es para sus detractores, a cuyas filas se han sumado en el último año muchos empresarios, algo así como una leyenda: el hombre que convenció a Macri de que la Argentina no estaba preparada para medidas drásticas. El chivo expiatorio al que, después de la corrida que hace un año hizo implosionar el sueño de una normalización paulatina, comenzaron a cargársele las culpas del fracaso económico. Como si tuviera más poder que el Presidente. Es cierto que Macri ha contribuido bastante a esta idea desde que llegó a la Casa Rosada. En 2016 se refirió a él y a sus colaboradores Mario Quintana y Gustavo Lopetegui como parte de su propia identidad. "Son mis ojos y mi inteligencia; cuando ellos piden algo, lo estoy pidiendo yo", aclaró. El establishment y los ministros tomaron el mensaje. En noviembre de 2017, durante un viaje oficial a la ONU, Macri reforzó la idea del vínculo al ser abordado en Nueva York por ejecutivos de fondos de inversión que le transmitían dudas sobre la velocidad que le estaba dando a las reformas: les contestó que él compartía el espíritu y las razones del planteo, pero que había decidido aceptar de su entorno la sugerencia de ir a un ritmo que la sociedad estuviera dispuesta a tolerar. Fueron las últimas manifestaciones de gradualismo explícito: cinco meses después vino la corrida.

Peña y Durán Barba son para el establishment económico el rostro de una oportunidad perdida. Ese tópico, que relega a Macri al rol de simple ejecutor, acrecienta con los hombres de negocios desencuentros que vienen en realidad de más lejos: el Presidente nunca se ha mostrado del todo convencido de los beneficios de dialogar con ese sector en que se destacó su padre y que sigue siendo el origen de su sustento material.

Podrán ser mitos, pero estos tienen en política efectos prácticos. La imagen de un gobierno que no escucha siempre será peor en tiempos de recesión. En este contexto hay que entender los encuentros que el jefe de Gabinete empezó a tener desde hace algunas semanas con ejecutivos de empresas y bancos. Son reuniones chicas, con invitados que tampoco responden a una lógica sectorial y en las que tal vez se habla con más franqueza que antes. A veces sirven para aclarar dudas, sincerar vedados reproches y, en este caso, del lado del Gobierno, para insistir en lo que pretende como cambio cultural: que los empresarios sean activos promotores de ideas o valores en los que se supone que creen. "Nosotros cuestionamos las extorsiones sindicales, pero los refuerzos nunca llegaron", dijo Peña la semana pasada ante invitados como Eduardo Costantini o Néstor Nocetti (Globant). No es la primera vez que en las corporaciones se oye la objeción: Francisco Cabrera, exministro de Producción, solía decir que en las causas judiciales contra Moyano no figuraba una sola denuncia empresarial. Los encuentros fueron varios y no solo en la Casa Rosada. Los hubo con miembros de IDEA como Gastón Remy (Vista Oil & Gas, la empresa de Miguel Galuccio) o Sergio Kaufman (Accenture), y almuerzos con dirigentes de las asociaciones de bancos ABA y Adeba.

"Tengo que reconocerles que quizá tuve poco contacto con ustedes", dijo Peña en una de las reuniones en las que volvió a aparecer el reproche de que el Gobierno comunica mal. El jefe de Gabinete contesta siempre con la misma idea: la lógica de la comunicación ha cambiado tanto en los últimos años que ya no es unidireccional o vertical, sino fragmentada y horizontal, y si el Presidente tuviera ahora al mejor comunicador de la historia tampoco lograría un mensaje único y perfecto en 24 horas. Porque pasó el tiempo de las cadenas nacionales.

Son intentos por mejorar los vínculos independientemente de los gustos de Macri. Porque, puesto a elegir, el Presidente preferiría seguramente interactuar con ejecutivos de áreas a las que les ve posibilidades de dar un salto competitivo. Hay que repasar convocatorias públicas recientes como, por ejemplo, la de hace dos martes en el Palacio San Martín: un desayuno en que recibió al rey de España y a empresarios de ambos países. Luis Pérez Companc, Marcos Galperin (Mercado Libre), Gustavo Nardelli (Vicentín), Alejandro Bulgheroni (Pan American Energy), Eduardo Elsztain (IRSA) y Marcelo Mindlin (Pampa), entre otros, su sumaron a la conversación con pares españoles de los grupos Indra, Iberia, Telefónica y Globalia, a quienes en general les trazaron un panorama bastante más alentador que el que suelen dar hacia adentro. "Nosotros invertimos acá más allá de la coyuntura electoral y siempre nos ha ido bien. Es el momento de hacerlo: después puede ser más caro", exhortó Bulgheroni. Mindlin y Nardelli fueron también elogiosos.

Puede haber sido casualidad. Pero los invitados de ese día pertenecen en general a sectores a los que Macri realmente les ve futuro: agroindustria, energía, economía del conocimiento. Rubros con potencialidad para quebrar de una vez la falta de dólares que la Argentina arrastra desde hace décadas y que ha paliado según la administración y el momento con seis herramientas recurrentes: endeudamiento, default, devaluación, confiscación, emisión monetaria y cepo cambiario. Ardides para disimular una restricción externa que se vuelve visible cada cuatro o cinco años, según las tasas y los precios internacionales, y sin los cuales la Argentina debería recurrir a un ajuste. ¿Se pueden bajar impuestos para que vuelva la inversión, recomponer jubilaciones o asistencias sociales y evitar los cortes de luz sin subir tarifas, emitir o endeudarse? ¿Pueden lograrlo una sociedad y una clase política que sueñan con un Estado de Bienestar que dista enormemente de la competitividad con que trabajan? Es la historia de una frustración colectiva. Hay quienes prefieren canalizarla buscando un chivo expiatorio, o desde la tribuna.

© La Nación

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