sábado, 6 de abril de 2019

Una gran idea

Por Carlos Ares (*)
En 2011 la revista Time destacó “la economía de la colaboración”, el consumo compartido, como una de las ideas que cambiarían al mundo. Siete años más tarde, gran parte de las relaciones económicas y sociales se activa desde una aplicación en el celular. Uber, Mercado Libre, Airbnb, Tinder Whatsapp, Instagram, Twitter. Alquilar, sacar pasajes, vender, comprar, aprender idiomas, música, leer, ver cine o series, vincularse con grupos de intereses afines, todo sucede en un incesante big-bang de intercambios.

¿El ejercicio continuado de una “política de colaboración” produciría unas “ideas aplicadas” capaces de cambiar en serio este país?

No confundir ideas con promesas, dogmas, manifiestos, opiniones, versos, relatos o declaraciones del tipo: “Estamos condenados al éxito” (Duhalde, promotor de Lavagna y del indulto para todos). “Hay que dejar de robar dos años”(Barrionuevo, Luis, capo sindical, marido de Graciela Camaño, socia de Massa). Las sesiones del Congreso son un programa más de TV con varios panelistas pedorros. ¿Qué puede aportar un Leopoldo Moreau, un Agustín Rossi, un Alfredo Olmedo, gente así? Entre Intratables, Tinelli, y Buenas noches América. ¿Qué debemos cambiar, en serio, de fondo, para ser-dejar algo mejor que eso-esos?

En modo goleador que no la emboca, apuntamos con el índice al cielo rogando: “Una te pido, una”. Una idea que le dé contenido al esfuerzo que se reclama, al cambio cultural que se proclama, al aguante que se pide y derrote el miedo a los que amenazan con volver y ofrecen sobras de un fascismo que huele a muerto. Una idea que transforme el paradigma de “país inviable” en algo que nos dé orgullo compartir y representar. Una teoría de la relatividad argenta que nos recalcule y oriente en el complicado universo del siglo XXI.

Podemos vernos ahí, abrumados por los altos picos de la corrupción empresarial, sindical, política, judicial, los peligrosos desfiladeros del narco, el hielo eterno del hambre que congela para siempre las esperanzas de vida digna, las grietas insondables donde se hunden las raíces del odio, el riesgo de aludes antidemocráticos que provocan con sus declaraciones los pastores evangelistas y ultra- mesiánicos como Guillermo Moreno o Santiago Cúneo.

El padre de la Patria que sería, percibió la inquietud, el temor callado de la tropa –“¿Vale la pena?, ¿tiene sentido?”– y pegó el grito: “Seamos libres, lo demás no importa nada”. Era una arenga más, no tenía pretensión de posteridad, pero hoy sigue resonando con la misma potencia de entonces. Ser libre siempre tiene sentido y vale la pena.

Desde que se recuperó la democracia no apareció otra así, capaz al menos de recuperarnos del constante bajón para comenzar a retrepar el pozo. Rescatamos el “Nunca más” del fiscal Strassera consagrado por el coraje de Alfonsín, que finalmente capituló ante el ataque de los realistas-peronistas: “No sé si no quise, no supe o no pude”. El “salariazo” de Menem, el “vamos por todo” del kirchnerismo”, fueron meras estafas ideológicas que ahora la Justicia descubre y el Senado encubre. “Cambiemos” permanece como deseo.

¿Cuál sería el conjunto de ideas que puestas en práctica nos animarán a emprender el cruce de la cordillera que nos toca, de reponer la energía, la ilusión, de amalgamar una sociedad agrietada, desconcertada por sus continuos fracasos? Un sistema de ideas subordinadas al logro, capaces de demoler con tiempo, esfuerzo, convicción y valores, las macizas estructuras de las mafias dominantes.

Tomaba apuntes para desarrollar una app tipo “buzón de sugerencias”, cuando me sobresaltó el aviso: “Rappi: lo que necesites”. Molesto por la interrupción, pedí: “Una idea”. ¿Grande? Sí. Son ocho porciones de ideas. OK. ¿Algo más? No. Ya sale, van dos de fainá gratis. Dale, acepté. Si no llega en media hora, no me la cobran.

(*) Periodista

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