martes, 9 de abril de 2019

Elecciones pornográficas


Por Sergio Sinay (*)

Pornografía es el contacto inmediato entre la imagen y el ojo. Sin dramaturgia, sin coreografía, sin simbolización, sin imaginación, sin misterio, sin distancia. Así la define el filósofo alemán de origen coreano Byung-Chul Han en La sociedad de la transparencia.

En ese mismo ensayo señala que la hipervisibilidad y la hipercomunicación, ambas carentes de espacio para el misterio, para lo sugerido y para la interpretación, son obscenas. “El imperativo de la transparencia, escribe Byung-Chul, hace sospechoso todo lo que no se somete a la visibilidad. En eso consiste su violencia”.

Si se comprende y admite este punto de vista, las de octubre próximo acaso lleguen a ser las elecciones más pornográficas y obscenas desde el advenimiento de la democracia, en 1983. No hay mediación entre lo que se ve y escucha y lo que se muestra. Nada está sugerido ni tiene el soporte de una visión, de un relato o de lo que el historiador estadounidense Nicholas Shumway llama una ficción orientadora. En su libro La invención de la Argentina (imperdible para comprender la deriva nacional), Shumway define a las ficciones orientadoras como “creaciones tan artificiales como ficciones literarias”, pero necesarias “para darles a los individuos un sentimiento de nación, de comunidad, de identidad colectiva, y un destino nacional común”.

En un país cuyas grietas llegan hasta el centro de la Tierra, los candidatos confesos, los potenciales e incluso los inconfesables no disimulan que los guía una ambición única, primitiva, elemental, casi grosera. El poder. En el caso del oficialismo, conservarlo. En el de la oposición kirchnerista, recuperarlo. Entre los posibles terceros en discordia (o aguafiestas, o “cisnes negros”, según como se los prefiera nombrar), acabar con su propia virginidad en la materia. Para ninguno de ellos el poder es, en principio, un medio. Para todos es un fin. Se trata de alcanzarlo para acumularlo. Y si por acumulación se convierte en medio, lo será para fines inconfesables en la campaña, como pueden ser impunidades, más negocios, más capitalismo de amigos, el único capitalismo que funciona en la Argentina.

Todo esto es evidente, pornográfico, se exhibe brutalmente, sin mediación entre la imagen y el ojo. Sin erotismo. Lo que en la pornografía es una exhibición de imágenes ginecológicas, en el erotismo es sugerencia, es relato, es fantasía, es simbolización, es una manera de explorar la dimensión humana, que incluye la sexualidad como un escenario en el que esa dimensión se expresa y trasciende. La política, como el arte y como toda actividad en la que germine la creatividad y la posibilidad de iluminar y mejorar la vida colectiva, necesita erotismo. Necesita traducirlo desde el campo de la sexualidad al propio. La ficción orientadora es un modo de hacerlo, los programas bien sustentados y mejor transmitidos son otro, los consensos y las políticas de Estado también, y, desde ya, los discursos bien articulados, que vibren con vida propia y no sean la mecánica repetición de consignas o de frases elementales redactadas por filósofos de ocasión o vendedores de humo asumidos como asesores.

Pedir algo de todo esto en la política argentina es como pedirle a actores y actrices de cine porno que interpreten una obra de Shakespeare. Podrán repetir de memoria los parlamentos, pero difícilmente entiendan de qué se trata, de qué hablan cuando los recitan. Esto no quita que cada tanto nos encontremos con la representación grotesca de alguno de esos personajes, en nuestro caso el de Lady MacBeth. O el de Hamlet, manipulado ya no por su tío Claudio, como en la tragedia del gran bardo, sino por algún especialista en marketing político. Y, hay que admitirlo, también aquí mucho huele a podrido, como en aquella Dinamarca shakesperiana.

Pero hasta ahí llegan las comparaciones posibles. Lo demás es pura pornografía política y electoral. Noticias falsas, discursos triviales, traiciones y complicidades que, como panqueques, se revierten según convenga. Todo lo cual no quita que, pese a todo, la pornografía venda. Pero hay que llamarla por su nombre.

(*) Escritor y periodista

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