miércoles, 17 de abril de 2019

Contra el resentimiento

Por Isabel Coixet
Hay muchos sentimientos que mejor sería no sentir. Pero no hay ninguno tan amargo como el resentimiento. El resentimiento nos hace más pequeños, más feos, más intolerantes, más tristes, menos empáticos. Nos hace odiar todo lo que nos recuerda lo que no somos, lo que quisimos ser. Alimenta las partes más mezquinas de nuestra naturaleza y hace aflorar lo peor de nosotros.

El menor signo de alegría en los demás es un recordatorio de nuestra amargura. De nuestra incapacidad, de nuestro fracaso. El resentido no puede tolerar que el resto del mundo no comparta su indignación. Se le antoja imposible que los otros no estén tan resentidos como él ante el cúmulo de afrentas que tiene que soportar, a veces en la vida real, otras sólo en su cabeza. La literatura y la ópera se nutren de tipos como él y hacen tragedias en las que el pasado está presente en cada instante. Heathcliff es un gran resentido que no duda en arrastrar en su caída a todos los que lo hirieron, pero también a los que lo amaron: ese es su auténtico drama.

Vengarse no es nunca una satisfacción porque se está más allá de la venganza y una existencia entera se ha nutrido del dolor, hasta que no queda resquicio para otra cosa. Edmundo Dantés, Hamlet… Los que han sido terriblemente heridos pueden optar por hacer de su trauma una herramienta de aprendizaje, lo que requiere un tremendo esfuerzo de la voluntad y una generosidad encomiables, aunque a la postre es la única manera de superar el rencor. O refocilarse en su dolor y arruinar el resto de su vida. Pero no todos los resentimientos tienen ese componente épico y grandioso de los grandes personajes de la literatura universal. Muchos resentimientos están sólo en las cabezas de los que los experimentan. La envidia entre hermanos, las pequeñas rencillas continuas y diarias entre parejas, los desencuentros entre amigos también son un campo minado de frustraciones enquistadas que desemboca en el resentimiento. Hacerse la víctima, negarse a ver las cosas desde el punto de vista del otro, mascullar por lo bajo insultos, ignorar los intentos de concordia, enrocarse en la posición de humillado y ofendido no son sino formas de conservar el malestar, porque ese malestar, esa indignación larvada proporciona un poder malsano sobre el otro y dota de sentido a existencias que de otra manera carecerían de sentido.

Los resentidos son la masa que nutren los votantes de Trump, de Salvini, de Orban, de Marine Le Pen, del brexit y cualquier partido que apela al miedo al emigrante, al diferente, a los que «no son de aquí». Resumiendo: de esta ola de maligna estupidez y populismo que nos invade. Por desgracia, sé de lo que hablo porque veo a mi alrededor cada día a mucha gente resentida, con la mueca de amargura perennemente marcada en la cara y tengo ganas de decirles: «Yo también he estado ahí, creedme: del resentimiento, como de la heroína, también se sale». Pero están demasiado ocupados marinándose en su enconamiento y en su animadversión como para hacerme el menor caso.

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