viernes, 15 de marzo de 2019

Lucha

Por Nelson Francisco Muloni

Enseñoreado en los dominios del poder desde hace casi una docena de años, el Gobernador de Salta jamás hubiera imaginado que su ambición de convertirse (o al menos, de mostrarse) como el joven postulante a la mayor jerarquía institucional del país, iba a comenzar a desgranarse con cada aula cerrada en los principios de un marzo inestable.

Funámbulo dieciochesco, este espécimen gubernativo está siendo jaqueado, otra vez, por el mayor símbolo de la lucha colectiva que ha dado Salta al país: la de la docencia. Vituperados, anatemizados, humillados, golpeados, los maestros siguieron la lucha de aquellos que los precedieron en las desiguales batallas que iniciaron en los albores de la democracia, cuando sus recibos de sueldo ostentaban estrellas de descuentos, en lugar de números que marcaran salarios más o menos dignos.

Cómo cánceres de la ignorancia, los gobernantes provinciales, desde Roberto Romero, Hernán Cornejo, Roberto Ulloa, Juan Carlos Romero a este actor de novelas cerriles que hoy se apoltrona en el trono comarcano, han tomado a la docencia como target de su confrontación, con el apoyo de un periodismo estulto y bonificable, para quién las maestras eran las enemigas «sin overol y mucho make-up», mientras las esposas de esos "informadores" pasaban en sus automóviles de alta gama rumbo a la Casa de Gobierno, a cobrar las monedas de Judas.

Juraba, la bazofia periodística de entonces, que los docentes «trabajan cuatro horas por día y tienen tres meses de vacaciones» (Cristina K dixit) por lo que sería inexplicable la demanda laboral de la que hacían ostentación en las calles de Salta y del país. Entonces, con el apoyo de esa murga de imbéciles, el poder tuvo que reprimirlos en las plazas públicas (la noche de las tizas) o dejar que los asesinen en los montes (Evelia Murillo) y en las rutas (Carlos Fuentealba).

Los transformistas de hoy (a los que hay que sumar a advenedizos legisladores que nunca antes abrieron sus bocas), salen a vociferar cual viento sagrado de la verdad, su apoyo a la docencia, lavándose los traseros de mandriles por lo que no hicieron antes, cuando se necesitaba un atisbo de honestidad intelectual en la manera de informar.

Los gremios, ontología de la corrupción, hicieron lo suyo. Marionetas del poder político, no dudaron en juramentarse como traidores a la lucha docente, con la bastonera mayor del mayor gremio provincial, convertida hoy en un pedazo de tango prostibulario: «Ya no sos mi Margarita, ahora te llaman Margot...».

Pero «la lucha sigue...» dicen las mismas maestras que despiojan niños en las escuelas, se llena de mocos los guardapolvos y de besos los rostros, devenidas (desde siempre) en la más firme esencia de infatigable dignidad en un país cuya dignidad, precisamente, anda a los tumbos por las callejuelas diarias que cada uno vive o trata de vivir.

«La lucha sigue...», dicen los maestros y se yerguen en una estatura increíble, porque enseñaron a ser ejemplo, porque son ejemplo, emblemas de una esforzada cotidianidad llena de renovadas auroras. La lucha sigue y, aunque hoy puedan vencer los indignos, seguro han de resurgir las fibras de un profundo grito, simple como estruendoso, de decencia.

© Agensur.info

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