domingo, 17 de febrero de 2019

Contra sus amigos más fieles

Por Javier Marías
Cuando esto escribo, los taxistas madrileños llevan en huelga dos semanas y además bloquean zonas de la ciudad a su antojo. Ya hicieron otra hace seis o siete meses, y uno se pregunta cómo es que un gremio que depende —­así lo cuentan sus miembros— de lo que trabajan y recaudan diariamente, con jornadas de más de doce horas para alcanzar lo presupuestado, se pueden permitir no ingresar nada durante tantísimos días.

Hay “cajas de resistencia”, dicen; deben de estar repletas, para cubrir a quince mil conductores. No voy a entrar en el fondo de la cuestión porque ignoro demasiadas cosas sobre el litigio que los enfrenta con los VTC. Puede que los taxistas tengan toda la razón o ninguna, o —lo más probable— que la tengan en parte y en parte no.

Hace tiempo que muchas huelgas de nuestro país parecen haber perdido de vista dos factores primordiales: 1) a quién se presiona, contra quién se protesta; 2) a quién se perjudica con la suspensión de actividades. Los obreros de una fábrica lo tienen claro. Se presiona a los dueños o empresarios para que mejoren las condiciones de los trabajadores o humanicen los turnos, y asimismo se los perjudica a ellos, que no producen ni venden. Estas huelgas son nítidas e irreprochables. Hay otras en las que la relación directa está menos clara: una compañía extranjera decide sacar de España —o de tal o cual autonomía— sus fábricas, que son privadas; al instante se inicia una protesta contra el Gobierno, que las más de las veces no puede hacer nada al respecto; la compañía extranjera es libre de trasladar su negocio, por mucho que casi siempre lo haga sin tener en cuenta el daño que inflige a sus empleados de decenios y la pésima situación en que los deja. Y luego están las huelgas en las que se hace presión a las autoridades y se perjudica sólo a los ciudadanos, que no suelen tener culpa en el conflicto ni capacidad para remediarlo. Son las huelgas de trenes y aviones, metro y autobuses, basureros y barrenderos, enfermeros y médicos. Dado que todos dependemos de esos servicios, a todos nos afectan y fastidian, o nos ponen en peligro. La idea es que la sociedad, al verse privada de cosas fundamentales, presione a su vez a las autoridades para que cedan a las reclamaciones —justas, a menudo— de los huelguistas. Pero la sociedad no es homogénea, está dispersa, y sólo converge en su cabreo y su hartazgo, no está muy claro si contra esas autoridades inflexibles o contra los huelguistas también inflexibles. Lo cierto es que a quienes se toma como rehenes es a los ciudadanos sin arte ni parte.

Esta huelga es distinta, porque no va dirigida a fastidiar a la población entera, sino a los amigos de los taxistas. No castiga a quienes sólo cogen el autobús y el metro, ni a ­quienes tienen coche, ni a quienes ya les han dado la espalda hace tiempo y prefieren los VTC. Perjudica tan sólo a quienes, fielmente, nos subimos a los taxis con frecuencia. A los que carecemos de smartphones y por lo tanto de apps con las que contratar Cabify o Uber. A quienes seguimos siendo sus clientes y —no me gusta la frase, pero la aventuro— les procuramos el sustento, con nuestra lealtad a ese viejo medio de transporte. Esta huelga va exclusivamente contra nosotros, algo que los taxistas no se han parado a pensar o que les trae al fresco. En estos días ya he leído cuatro artículos de columnistas que, como yo, se confesaban usuarios del taxi, y se prometían no volver a cogerlos. Se comprarán un smart­phone y prescindirán de ellos. Este puede ser el resultado de su huelga desproporcionada, salvaje y desconsiderada hacia sus fieles. En estas dos semanas me he dado caminatas de ocho kilómetros, un poco excesivo. No he podido ir a ver a hermanos que viven en Majadahonda o en Torrelodones. Me he visto muy limitado en mis movimientos. Un buen amigo, que desde hace meses va con muletas y no puede ni llegarse a una boca de metro, lleva confinado en su casa todo este tiempo, con grave perjuicio para sus quehaceres. Miles de personas han debido arrastrar maletas o cochecitos de niño desde las estaciones o el aeropuerto, algunas ancianas o en mal estado físico. El segundo factor que he mencionado —a quién se perjudica— no se ha tenido en cuenta, de manera contraproducente: los únicos a los que se daña y se indigna son precisamente aquellos que no han “traicionado” al taxi. (Ojo, no eximo de culpa al incompetente y holgazán Ministro Ábalos ni al vengativo y haragán Presidente madrileño Garrido, pero esa es otra historia.)

Yo he recurrido al taxi incluso para viajes cortos a otras poblaciones, es decir, soy un gran entusiasta. No sé si, como esos colegas míos, me compraré un teléfono que me permita olvidarme de ellos. Puede que no, pese a todo. Lo que sí sé es que mi trato con los conductores ya no será nunca el mismo. Se acabaron las propinas o redondeos. Se acabó la charla que a veces es bienvenida y a veces en absoluto. Se acabó oír con paciencia la emisora que, a todo volumen, lo obligan a uno a padecer con frecuencia. Lo único que me saldrá decirles será “Buenas tardes”, la dirección y “Adiós, gracias”. No hay por qué ser cordial con quienes tratan a patadas, precisamente, a sus aliados más fieles. 

© El País Semanal

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