domingo, 13 de enero de 2019

La autodestrucción peronista


Por Martín Rodríguez Yebra

Después de cuatro años fuera del gobierno la maquinaria política más insaciable de la Argentina se diluye en la irrelevancia. Es un curioso fenómeno de autodestrucción de un partido y de unos dirigentes que desobedecen a su ADN, marcado no por un ideario coherente en el tiempo sino por tres rasgos esenciales: audacia sin límite, pragmatismo camaleónico y un apetito irrefrenable por el poder.

A las puertas de unas elecciones presidenciales, en un país bajo un régimen de ajuste y con un gobierno liberal golpeado en su popularidad, el espejo le devuelve al peronismo una imagen impensable. No tiene un líder consolidado. No vive una ebullición interna trepidante por ocupar el centro de la vida pública. Y, más allá de algunas aventuras electorales voluntariosas, el único signo vital reconocible se da en el cotidiano desfile resignado al Instituto Patria, el refugio porteño de Cristina Kirchner, única candidata con registros competitivos en las encuestas.

La expresidenta batalló durante sus años de apogeo para desarticular el partido donde militaron ella y su esposo. Su fin era crear un artilugio propio, de ideología más definida, que rindiera culto a otras figuras y con una profunda mudanza en las jerarquías. Su derrota en 2015 preanunciaba el paulatino repudio a su figura, el inicio de una carrera salvaje por la sucesión y la llegada al final del camino de la siguiente encarnación del peronismo. El ciclo histórico que fue de Menem a Duhalde, de Duhalde a Kirchner.

Pero la historia se torció. A los jefes peronistas les falló la audacia para construir una alternativa de gobierno, no tuvieron el pragmatismo esperable para dar vuelta la página del pasado kirchnerista -del que tantos se confiesan "arrepentidos"- y moderaron al extremo el apetito de poder.

Los que tienen algo se volvieron conservadores. Son esos gobernadores equilibristas que tienen como único Norte no perder sus provincias. Y los intendentes bonaerenses que corren a los brazos de Cristina sin más convicción que eternizarse en su quintita. Están los reformistas que reniegan del "bombo y el choripán", pero dicen que ahora no hay tiempo de pensar en algo nuevo. Y los que eligen creer que la señora Kirchner es la pacificadora que el país necesita y agradecen que los acepte de nuevo en su corte.

Faltan nueve meses para las elecciones y el PJ no tiene candidatos. Cristina se blinda en Unidad Ciudadana, a pesar de las enormes dificultades que enfrenta para crecer más allá de su núcleo fiel de votantes. Massa, Urtubey y Pichetto anuncian que competirán por algo llamado Alternativa Federal, de alcance incierto. Un grupo de sindicalistas de la CGT se desvive por convencer a Roberto Lavagna, el economista que alguna vez encabezó una fórmula presidencial de la UCR.

Alguna vez estuvieron todos juntos. Ahora no exhiben siquiera la rebeldía de pelear por conquistar el liderazgo y someter al resto, como postula el manual peronista.

Se les agota el tiempo y no consiguen salir de la previsible trampa de la grieta que desde el primer día les tendió Macri.

© La Nación

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