miércoles, 14 de noviembre de 2018

¿Volverá a suicidarse Europa como lo hizo hace cien años?


Por Loris Zanatta (*)

En mayo de 2019 habrá elecciones para el Parlamento Europeo: ¿morirá Europa, renacerán las naciones? Peor: ¿se suicidará Europa, como hace cien años en las trincheras de la Primera Guerra Mundial? Las campanas doblan ya en muchas partes. 

Soberanistas, populistas, neofascistas, neocomunistas, antiliberales de todos los colores y edades se frotan las manos: la identidad, las raíces, el espíritu de los antepasados serán finalmente vengados. Al diablo la burocracia de Bruselas, muerte a la retórica cosmopolita, adiós a las fronteras abiertas, a las monedas en común, a los hijos de Erasmus.

¿Por qué sorprenderse? Europa es un condominio: ¿alguien conoce condominios donde reina la armonía? ¿A quién no le pasa no soportar al vecino, al inquilino del tercer piso, al portero que mete la nariz donde no debería? Después de todo, fue la Guerra Fría la que reunió a quienes siempre se habían combatido o detestado: anglosajones y latinos, católicos y protestantes, hormigas teutónicas o escandinavas y cigarras mediterráneas. Y más tarde, también eslavos ortodoxos que huían del oso ruso. ¿Y si al agotarse la fuerza centrípeta de la Guerra Fría prevaleciera la fuerza centrífuga del pasado? ¿Si donde se arraigó la idea de "Occidente" volviera aquella de "civilizaciones"? Latinos con latinos; eslavos con eslavos; anglosajones con anglosajones, y los africanos en África: que vuelvan las antiguas y tranquilizadoras fronteras que se eliminaron demasiado rápido.

Hay muchos indicios al respecto. "Los italianos primero", truena Matteo Salvini en la península: las encuestas le dan alas. Mucho más al norte, los países bálticos han resucitado la antigua Liga Hanseática: no tienen ninguna intención de cargar con la deuda acumulada por la consabida imprevisión latina. Al este nació el Grupo Visegrad: fue allí donde hace ocho siglos culminó el esplendor de polacos, magiares y bohemios. Pronto veremos marchar a los nostálgicos de Carlos V de Habsburgo. Los del Sacro Imperio Romano ya son numerosos. Todos buscando raíces, hojeando libros de historia, tal vez solo Wikipedia: la historia es a menudo más grotesca que trágica.

Son demonios antiguos, siempre al acecho. Europa no es una, hay muchas: es Locke y Marx, Erasmus y Hitler, universalismo y particularismo, cientificismo e irracionalismo, generosidad y mezquindad, coraje y miedo. Ya sucedió: ¿quién hubiera imaginado cuando la belle époque brillaba, los comercios florecían, las artes resplandecían, la tecnología asombraba, que la guerra destruiría todo? ¿Que la cuna de la cultura mostraría al mundo su rostro más sombrío, el lado más obsceno de su alma? Sin embargo, sucedió.

El hecho es que el éxito tiene un precio y Europa tuvo mucho éxito: ¿cuánto, en solo dos siglos y medio, han cambiado al mundo las tres grandes revoluciones que nacieron allí? ¿Las revoluciones científica, industrial, constitucional? ¿Y cuánto lo siguen cambiando? Para bien y para mal, no hace falta decirlo; a veces de manera virtuosa, otras para nada. Pero el mundo de hoy, inimaginable para cualquier hombre premoderno, es hijo legítimo de Europa. De la Europa cosmopolita, innovadora y libre que desafía lo desconocido, del individuo solo bajo las estrellas, pero con la conciencia vigilante. ¿Ilusa, arrogante? También. Pero cuánto ingenio, creatividad, humanidad.

La otra Europa no es solo el lado oscuro de la primera, o lo es solo en parte. A menudo es la misma cuando llega el momento de pagar el costo de sus logros. Sí, porque la modernidad tiene aspectos desagradables: erosiona certezas, socava comunidades homogéneas, cambia códigos morales, modifica el equilibrio entre potencias. Y a medida que se propaga por el mundo, se convierte en arma de todos, incluso en contra de la misma Europa. ¿Cuántas demostraciones tenemos? Bomba demográfica, migraciones, fundamentalismo religioso, potencias emergentes, competencia comercial: es el costo del éxito; cada búmeran bien lanzado regresa y causa transformaciones y tensiones, novedades y desilusiones allí donde fue lanzado. Así funciona la historia: cada civilización universalista termina a la larga perdiendo el control de sus efectos.

No sirve quejarse: mejor prepararse para enfrentar los desafíos. Pero cuando la cuenta llega, muchos europeos creen que no les toca a ellos, buscan chivos expiatorios, se refugian en un pasado idílico que nunca existió: la culpa es de la plutocracia, decían hace un siglo; peor: de las finanzas judías, del parlamentarismo, del urbanismo, de la tecnología. La culpa la tiene el neoliberalismo, dicen hoy; peor: los bancos, los inmigrantes, los políticos corruptos, la globalización. Los términos cambian, no el significado. ¿De qué culpa hablan? Del cosmopolitismo, de la sociedad abierta, del liberalismo, de la propia Europa que, en definitiva, les dio prestigio y prosperidad. He ahí, entonces, la nostalgia de cuando todos en la mesa eran blancos, el domingo iban todos a la iglesia, un apretón de manos bastaba para entenderse, las pistolas eran puñetazos y las drogas, una copa de más. La Europa antiliberal es esta: una nostalgia reaccionaria. Es rabiosa y vengativa; evoca al pueblo contra las elites, la pureza contra la corrupción, la moral contra la inmoralidad, la identidad contra la pluralidad. El bien que ellos encarnan contra el pecado.

¿Pero entonces estamos en la víspera de una nueva ola totalitaria en Europa? ¿Está volviendo el fascismo? ¡No! Es cierto que Europa está dividida, que cada país está polarizado y fragmentado, que los soberanistas tienen el viento en sus velas. Pero quienes sueñan con el fascismo tienen trastornos del sueño: es un fenómeno del pasado, de una fase superada del desarrollo social y tecnológico, del tránsito del orden sagrado al orden secular. En Europa, por lo menos. Lo que no impide que algo, o mucho, de él quede en el nuevo tipo de animal político que hoy en día prospera y tanto hace debatir: la democracia iliberal. Al igual que el fascismo, ella también responde a una pulsión unanimista y a un universo moral maniqueo. En ese sentido, es amenazante, ¡y cómo! Pero, a diferencia del fascismo, no puede ni pretende destruir la cáscara institucional de la democracia: la ataca y la maltrata, pero convive con ella. Por lo tanto, siempre habrá un juez, un gobierno local, un periódico, una plaza llena, un ciudadano para poner palos en sus ruedas. Y por qué no, para derrotarla en las elecciones. Tal vez no suceda en mayo. Pero estoy seguro de que sucederá: Europa no está muriendo.

(*) Ensayista y profesor de Historia en la Universidad de Bolonia

© La Nación

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