jueves, 22 de noviembre de 2018

La promesa del alba

Por Isabel Coixet
Paseo por el centro Pompidou de Metz, donde se expone una serie de obras de diferentes disciplinas sobre el concepto de pintar la noche. El desafío de pintar la noche no es tan sólo contemporáneo. 

El cuadro más antiguo que lo intentó es la Huida a Egipto, un pequeño óleo que data de 1609 pintado por Adam Elsheimer. 

Este cuadro, admirado por Rubens y otros maestros de la época, es de una asombrosa precisión astronómica y, aunque lógicamente no está expuesto aquí, ejerce una gran influencia sobre muchos de los artistas (pintores, fotógrafos, cineastas) que exponen en Metz y que pertenecen al siglo XX y a principios del XXI.

Una de las piezas expuestas es una instalación de Jennifer Douzenel titulada Lucioles, que consiste en una gran pantalla negra en la que, tras cierto tiempo de visión, podemos distinguir minúsculos puntos de luz. La obra requiere atención y silencio, algo que también requiere la noche misma para ser descifrada, para ser comprendida. El silencio de la noche es sólo roto por estas ráfagas de luz tenues y breves que son las luciérnagas. Son también las diferentes fases de la noche las protagonistas de las obras que aquí se exhiben. Lucio Fontana recrea en Ambiance spatiale una especie de ambiente de disco, en el que sólo falta la bombilla girando. La obra de Gerhard Richter, mucho más incisiva, no muestra la noche, sino precisamente la imposibilidad de mostrarla. Es quizá la obra que se me antoja más honesta de esta muestra. Francis Bacon, en Mujer desnuda en el dintel de la puerta, muestra un espectro sonámbulo de contornos fluidos que parece anunciar la muerte, la noche suprema. Un cuadro de Ann Craven muestra cuarenta y seis pequeñas lunas. No hay toros enamorados de ellas y las fases lunares se acercan a la noche, pero no son ella. Una vez más, parece imposible describirla.

Hay una luna lechosa de Kandinsky, de la que sorprende la obviedad: hay demasiadas lunas en esta muestra, muy poca noche negra. Como si los que las han seleccionado hubieran renunciado de antemano a enfrentarse con la oscuridad.

Recorro en silencio las salas vacías donde cien artistas exhiben sus intentos –a veces vanos, otras veces certeros– de capturar la noche. Una fotografía de la instalación de Raphaël Dallaporta me llama la atención cuando estoy a punto de irme, con la sensación de un cierto vacío.

La fotografía es de un hueso de la época en la que los Australopithecus todavía no habían sucumbido al Homo sapiens, con unas muescas y líneas que, según una hipótesis arqueológica, podrían representar el calendario lunar. Pensar que hace cuarenta mil años al ser humano ya le inquietaba la noche y ya lo empujaba a la vida, la promesa del alba.

© XLSemanal

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