jueves, 22 de noviembre de 2018

Filósofos

Por Fernando Savater
Todos, desde el conjunto de los parlamentarios hasta la gente de la calle, han celebrado que la filosofía vuelva al bachillerato. Para que luego digan que esa venerable tradición no cuenta con simpatías en el acelerado mundo de hoy… Eso sí, los motivos de este afecto dejan algo perplejo. Unos dicen que la filosofía enseña a pensar, como si los que no la han estudiado no pensaran o pensaran mal. 

Pero resulta que todos pensamos, filósofos o no, porque no nos queda más remedio: somos animales racionales, fue un filósofo quien lo dijo…

El carpintero piensa bien para fabricar una mesa correcta, el payaso para hacer reír, el asesino para matar como es debido… En su tarea, la filosofía les es poco útil, porque no enseña a pensar lo que hacemos sino lo que somos y cómo entenderlo, aunque sea irremediable.

Compuesta de preguntas y de respuestas tentativas que las empeoran, es muy distinta al libro de autoayuda. Y los que afirman que sirve para criticar al poder deben hacérselo mirar, como decimos en Cataluña: será, en todo caso, para definirlo y recomendarlo. ¿La filosofía, manual del guerrillero? ¡No te rías, Platón!

Apuntemos un peligro, que no la hace dañina sino más interesante. A diferencia de la ciencia, que se sustenta en pruebas, la filosofía funciona con argumentos, nunca definitivos. Persuadir, no demostrar. Y tiende a la genialidad en el mejor de los casos, pero al delirio en los peores.

Jean-François Braunstein ha escrito sobre esto en La filosofía se ha vuelto loca (ed. Grasset), analizando delirios sobre el género, el animalismo y la eutanasia. Los amigos de la filosofía deben leerlo y procurar que no lo lean los legisladores poco imaginativos, por si nos dejan otra vez sin ella… Hay amores que matan cuanto ignoran.

© El País (España)

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