jueves, 15 de noviembre de 2018

Guardameta

Por Nelson Francisco Muloni
Era infranqueable en el área chica. Y como un sueño glorioso que se extendía por el área grande para anudar el grito de gol en las gargantas adversarias. Goalkeeper, guardavalla, guardameta o arquero (de acuerdo a las épocas y a la emoción de algún relator sabedor de estas lides), el hombre se erguía siempre (o casi siempre) victorioso, con el balón de tientos bajo el brazo, en ademán tranquilizador hasta que sacaba el chutazo infernal hacia mitad de la cancha.

En su remera amarilla o gris, siempre de mangas largas (o al menos así lo recuerdo), exhibía un pecho generoso y una agilidad asombrosa. No era alto. Más bien bajo para el puesto, pero su admiración por el Gato Musimessi (a quien se asemejaba en el rostro), lo llevaba a practicar hasta extender su estatura como un duende maravilloso de un poste al otro, con el travesaño intacto, protegido de los golpes que él sacaba hacia el córner.

Jugaba, como todos los arqueros de su época, sin guantes en las manos, y en las piernas, con la única protección de rodilleras de fieltro. Sus manos, agrandadas de tanto detener y agarrar el duro balón de cuero, eran las mismas con las que acariciaba a su mujer y a su hijo, que lo acompañaban como admirados espectadores de sus espectaculares atajadas.

En algún momento, suplantó a “Manolo” Ovejero (que se fue a River Plate) en el equipo de la Lija Jujeña. Y allí, en el estadio La Tablada, supieron de sus vuelos y afanes. Las mismas herramientas con las que, más joven, había logrado la admiración de los hinchas de Olimpo de Bahía Blanca.

El tipo era buen arquero. Sin dudas. Y era buen tipo, además. Querido por sus compañeros de equipo. Buscado y admirado por sus compañeros de Comunicaciones en Gendarmería, su trabajo cotidiano. Era feliz. Creo yo que era muy feliz.

Pasaron los años y, tras el golpe del ’55, fue trasladado con su familia a un pueblo de San Juan, Barreal. Allí siguió jugando en un campeonato local. La jugada más célebre de él era, cuando la pelota venía de aire, saltar y tomarla entre sus manos grandotas, agacharse, hacerle dar un pique al balón y alcanzárselo rápidamente a un compañero. Así, año tras año.

Su mujer quedó embarazada. Otro niño. Otro sueño. Otro mundo. Y aquel guardameta glorioso se fue con el hijo que siempre lo acompañó, al encuentro de la cancha para un partido definitorio.

Todo iba bien hasta que, hacia el arco propio, vino una pelota de aire. Saltó, como siempre, la tomó entre las manos y, cuando quiso hacerla picar agachándose, el balón de le escurrió y, lentamente, como una puñalada final, entró al arco. El hombre quedó agachado, con una rodilla en tierra, mirando hacia atrás, hacia la pelota en la red. Su equipo perdió por ese único gol. Siempre agachado, hundió su rostro entre las manos. Su hijo entró corriendo a la cancha y lo abrazó. Los dos lloraron. Era el final. Los años habían pasado. Los sueños, también.

Nunca más volvió a jugar. Nunca más volvió a una cancha. Ni como espectador. Siguió conservando su adoración por ese deporte raro y divertido, pero sus dedos se volvieron viudos de un balón que lo abandonó para siempre en la red de un arco en un pueblo de San Juan.

Aquel guardameta glorioso, admirador de Musimessi, reemplazante de Ovejero, creador de virtuosas figuras en al arco, atrapador de vientos de ilusiones y admirable vencedor de gladiadores, murió en 2015, a los 90 años. Se llamaba Ricardo. Era mi padre.

© Agensur.info

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