sábado, 20 de octubre de 2018

Elecciones 2019 / La campaña interminable

Por James Neilson
Acaso sería demasiado exigirles a los políticos pensar en cómo solucionar o, por lo menos, atenuar los problemas que la Argentina ha sabido acumular en el transcurso de los años.

Son tan graves y están tan arraigados que a ninguno le gustaría arriesgarse formulando propuestas constructivas para el país tal y como es. 

Intentarlo los obligaría a reconocer que la raquítica economía nacional no está en condiciones de seguir soportando un gasto público groseramente sobredimensionado, que el sistema educativo fabrica más analfabetos funcionales que personas preparadas para hacer frente a los desafíos que nos aguardan en las décadas próximas, que la miseria estructural se debe a algo más que las deficiencias evidentes del capitalismo local, que para muchos la corrupción es normal, y así largamente por el estilo.

Sí, la realidad es tan fea que no sorprende en absoluto que tantos políticos estén más interesados en aprovecharla en beneficio propio que en modificarla, aunque fuera mínimamente. He aquí una razón por la que les encanta dar prioridad a las peleas internas o, mejor aún, a las batallas electorales. Aunque parece absurdamente prematuro intentar prever lo que podría suceder en los más de doce meses que nos separan del 27 de octubre de 2019, todos los días aparecen encuestas acerca de las perspectivas ante quienes podrían desempeñar papeles protagónicos.

Tanto los macristas y sus aliados como los adherentes de las diversas facciones peronistas ya tienen los ojos puestos en las elecciones que, siempre y cuando no ocurra nada raro, se celebrarán en aquella fecha. Hablan de lo que llaman estrategia, de acuerdos posibles, y procuran prever la eventual evolución de la economía. ¿Aumentará el consumo en los meses previos? ¿Podría sobrevivir Mauricio Macri a una recesión prolongada? ¿Qué hará Lilita Carrió? ¿Romperá María Eugenia Vidal con su mentor? ¿Será buena la cosecha? ¿Será candidata Cristina? ¿Cerrarán filas los peronistas? ¿Cómo miden Miguel Ángel Pichetto, Sergio Massa, Juan Manuel Urtubey? ¿Surgirá una versión criolla del brasileño fogoso, amigo de las dictaduras militares, Jair Bolsonaro?

Por ahora, no hay forma de saber las respuestas a tales interrogantes, pero a casi todos los políticos y los encuestadores que los acompañan les parece mejor plantearlos de lo que sería procurar elaborar un programa sociopolítico realista para un país que, a pesar de todos sus recursos naturales y humanos, se las ha arreglado para depauperarse, mientras que en el mismo lapso otros, como Corea del Sur, que dependen exclusivamente del vigor, creatividad e inteligencia de sus habitantes, se han erigido en potencias económicas y tecnológicas.

Puede entenderse el entusiasmo que se apodera de los profesionales de la política al ponerse en marcha las campañas electorales. Las tratan como competencias deportivas, afines en cierto modo a las mundiales de fútbol, que por un rato monopolizan la atención de la gente, en que detalles que en otras circunstancias no revestirían importancia podrían significar la diferencia entre un triunfo resonante y una derrota imprevista.

Será por tal motivo que en una época como la actual, en que casi todas las sociedades afrontan dificultades que parecen insuperables y que a menudo lo son, las disputas electorales propenden a estirarse incluso en lugares en que, hasta hace poco, duraban apenas un par de meses. Ofrecen a los participantes una oportunidad para dejar de preocuparse por asuntos “técnicos” aburridos y concentrarse en temas a su juicio fundamentales como las imágenes respectivas de los aspirantes a cargos electivos, en especial el ocupado por el presidente.

Con cierta frecuencia, políticos ambiciosos nos aseguran que la mejor forma de conseguir votos consiste en hacer una buena gestión, pero a juzgar por lo sucedido en el país a partir de la Gran Depresión de los años 30 del siglo pasado que cambió todo, el grueso del electorado no suele tomar en cuenta la eventual eficiencia administrativa de los candidatos. Antes bien, privilegia las impresiones subjetivas, como la presunta solidaridad para con los menos afortunados o la autoridad moral que atribuye a los postulantes. Una sonrisa atractiva o una consigna feliz pueden valer más que bibliotecas llenas de proyectos de ley geniales.

Para colmo, puesto que virtualmente todos los políticos se rodean de asesores de imagen que, como directores de cine, les aconsejan adoptar ciertas actitudes en público y pronunciar ciertas palabras, se ha vuelto sumamente difícil enterarse de lo que un político quisiera hacer en el caso de que alcanzara su objetivo, si es que él mismo lo tiene claro.

Últimamente, muchos políticos han llegado a la conclusión de que, para forjar un vínculo supuestamente personal con los votantes, no hay nada mejor que invertir mucho tiempo y dinero en las llamadas redes sociales. Según quienes figuran como expertos en el cambiadizo universo digital, dichas redes sirven mejor que la vieja prensa escrita o la televisión para crear una ilusión de intimidad, de cercanía con la gente. O sea, se trata de una modalidad que es tan engañosa como cualquier otra, pero de una que contribuye más a profundizar las grietas que ya se han abierto al estimular el aislamiento y brindar un ambiente que es propicio para la proliferación de “noticias falsas” más convincentes que las generadas en el pasado pre-digital.

Así pues, lejos de fortalecer la democracia, el progreso vertiginoso de las comunicaciones electrónicas está debilitándola al estimular la fragmentación de las sociedades en una multitud de sectas, cada una con su propia “verdad”. Se trata de un fenómeno que, en un país tecnológicamente avanzado como Estados Unidos, ha cavado una fosa tan profunda entre los partidarios de Donald Trump y sus enemigos demócratas que sería inútil pedirles debatir racionalmente en torno a cuestiones básicas. Pertenecen a tribus diferentes con sus dialectos particulares y escalas de valores distintas. No intercambian ideas, sino insultos.

Aquí, la grieta más notoria separa a los kirchneristas de los demás. Por motivos tácticos, ciertos operadores de Cambiemos quieren conservarla: creen que les convendría un hipotético balotaje entre Macri y Cristina. No les preocupa que dejar sospechar que les gustaría que la ex presidenta se mantuviera en el centro del escenario la potencie, y que el temor a que regrese con su tropa no pudiera sino tener un impacto económico muy negativo.

Si sólo fuera cuestión de un torneo deportivo, tal manera de encarar la política tendría sentido, pero hay mucho más en juego. Para que la Argentina logre salir del pozo en que se ha metido, sería necesario que los prohombres del “peronismo racional” se ubicaran en el mismo lado de la grieta que Cambiemos, oponiéndose al facilismo populista, pero hay indicios de que algunos de los así calificados estarían pesando los pros y contras de hacer causa común con los kirchneristas que, al fin y al cabo, la mayoría respaldaba con lealtad conmovedora durante más de doce años. Mucho dependerá de la evolución de la encuestas; si Macri baja nuevamente y Cristina sube, personajes como Massa no vacilarán un momento en asumir una postura hostil hacia el Gobierno; tratarán de convencer a “los mercados” de que la política económica fracasará de modo catastrófico y que por lo tanto sería mejor no apostar a una eventual recuperación del país.

Mal que les pese a los voceros del oficialismo, no podrán ufanarse de haber hecho “una buena gestión”, como en un primer momento dieron a entender por tratarse de un gobierno con tantos CEOs exitosos. Aun cuando a Macri le resultara legítimo argüir que, a pesar de todos aquellos “errores no forzados”, la suya ha sido mucho mejor que la de todos los gobiernos peronistas que lo precedieron, se ha difundido tanto la impresión de que ha sido llamativamente inepta que no logrará persuadir a la gente de que, dadas las circunstancias en que el país se encontró cuando puso manos a la obra, su gestión ha sido menos mala de lo que era razonable esperar. Desgraciadamente para los macristas, los perjudican hasta los deslices más anecdóticos que, de ser cuestión de un gobierno netamente populista que se oponía por principio al “eficientismo”, hubieran pasado desapercibidos.

En los meses próximos, todo cuanto suceda en el país será interpretado en clave electoral al procurar los políticos sacar ventaja de los altibajos de la economía, la agitación callejera y, desde luego, los episodios relacionados con la ofensiva que jueces y fiscales están librando contra la corrupción. Para justificar lo que hicieron cuando estaban en el poder, los kirchneristas tienen forzosamente que tratar de hacer creer que no los motivaban la codicia sino la necesidad de financiar la lucha por impedir que la Argentina cayera en las garras de la despiadada oligarquía neoliberal encabezada por Macri que, según ellos, es responsable de todas sus penurias. Aunque cuesta tomar en serio esta parte de su relato ya que la evidencia que es de dominio público no podría ser más contundente, son muchos los que hablan, actúan y con toda seguridad votarán como si estuvieran sinceramente convencidos de que Cristina sí es víctima de una gran conspiración urdida por el gobierno de Cambiemos.

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