viernes, 21 de septiembre de 2018

Un relato en el límite de la tolerancia social

Por Ignacio Fidanza
Si la inflación acelerada reeditó el viejo conflicto entre salarios y precios, Macri intenta contraponer a esa dinámica corrosiva otra polaridad: Corrupción y conflicto social. Frente al impacto de la onda expansiva de la corrida financiera en la economía real, el Gobierno exhibe el pulso implacable contra la corrupción, expropiando los eventuales réditos políticos que produzca la investigación de los cuadernos de Bonadío.

El viento helado de una recesión que empieza a tomar cuerpo, obliga a Macri a reinventar su oferta política. Como un artista de circo que en el medio del salto mortal, recibe la desafortunada noticia que deberá cambiar su trayectoria. Ya no será el desarrollismo, la obra pública, el boom de inversiones y la mejora del empleo y el poder adquisitivo, de una Argentina pujante que deslumbra al mundo.

Luego de meses de vivir en la trinchera, Macri empieza a acariciar la normalización financiera. El nuevo acuerdo con el FMI se anunciará la semana próxima, es lo que afirman en el Gobierno, como se anticipó. Seguro contendrá anticipos de desembolsos y acaso el anuncio de un auxilio extra. Es más deuda externa, que implica una restricción de los márgenes de maniobra. Monitoreo intensivo de un programa económico que se tercerizó en el FMI y que en su última calibración impuso el déficit cero.

Pero el gobierno pasa del pánico de contar las horas a pensar en días y acaso semanas. Vuelve a pensar. La primera reacción es contar las bajas, reagrupar lo que quedó y esta vez sí, tratar de anticipar lo que viene, con la convicción que se acabaron las vidas extra.

Macri necesita una reducción del campo de batalla: atrás quedó el sueño desarrollista de una Argentina pujante. El relato de la normalización macro es difícil de vender con una inflación por arriba del 40 por ciento, queda entonces el énfasis en la lucha contra la corrupción.

La diferencia de énfasis es obvia. La estabilización financiera es precaria y está muy lejos de traducirse en una normalización macro. Imposible vender de manera consistente esa utopía con una inflación por arriba del 40 por ciento.

La tensión interna que este paisaje social y económico produce es obvia. El Gobierno necesita recrear un relato posible, no sólo para abortar los tanteos de un reemplazo del candidato, que aparece menguado en las encuestas, sino incluso del liderazgo político de Cambiemos. La definición de su programa, alianzas y equipo de conducción. Todo está bajo fuego amigo, porque los políticos tienen la saludable costumbre de priorizar la supervivencia. Más claro: Vidal y Larreta no llegaron hasta acá para pagar los pecados de otro. El sacrificio es una película rusa, que acaso nunca les interesó.

Así, mientras Macri intenta recrear un orden posible, un repiqueteo apenas perceptible entra en cuadro. Son los crujidos de la maquinaria del ajuste, filtrando la economía real. No es un proceso delicado como la creación del café, en todo caso se parece más a tirar un puñado de tornillos en una máquina de picar carne.

Los tambores suaves que se escuchan a los lejos, pueden ser un estruendo insoportable cuando lleguen a nuestra puerta. Se llama conflicto social y se profundiza cuando cae la actividad económica, el poder adquisitivo, el empleo, y suben los precios y la pobreza. Todo eso está pasando, pero es como el avance de un buque arenero entrando al puerto. Lento, casi imperceptible, pero inexorable.

¿Cuándo pegará la vuelta la economía real? No lo sabemos. El Gobierno estima que empezará a ocurrir luego del primer trimestre del año próximo. Entonces veremos un descenso de la inflación y una incipiente recuperación económica, que para las elecciones de Octubre ya debería ser un proceso vigoroso. En la precisión de ese pronóstico Macri se juega su segundo mandato. Pero lo más importante no es eso, lo crítico es encontrar un pasamano que le permita transitar los meses que vienen.

El dato más sorprendente de esta crisis es la paciencia de la sociedad, que aceptó resignada una devaluación del 50 por ciento. Una enormidad que hasta ahora se absorbió con templanza de Buda. ¿Qué explica esa singularidad? ¿Es el temor a un regreso del kirchnerismo? ¿La idea que Argentina está ante una de sus últimas oportunidades de normalización? ¿Una anhelo de modernidad que resiste su frustración? No lo sabemos. Pero acaso el Gobierno podría empezar a explorar la construcción de un camino de salida, honrando el regalo de esa paciencia inesperada, con una humildad que hasta aquí no abundó.

© LPO

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