sábado, 8 de septiembre de 2018

El primer gran enojo de Macri


Por Francisco Olivera

Quienes conocen a Macri nunca lo habían notado tan molesto como en estos días. Dicen que no es habitual verlo así y que se fue tranquilizando durante las últimas horas, en sintonía con la estabilización de la corrida cambiaria. Nada que el propio Presidente no haya revelado en público: el lunes, cuando anunció la reducción de su gabinete a la mitad y el regreso de las retenciones, admitió que los últimos habían sido los peores momentos de su vida después de su secuestro.

Es cierto que venía de un fin de semana extraño para un jefe de Estado. Sin certezas sobre cómo abriría el mercado esta semana, no solo no había podido convencer a cuatro personas a quienes respetaba de asumir en ministerios importantes (Carlos Melconian, Alfonso Prat-Gay, Ernesto Sanz y Martín Lousteau), sino que esas ofertas frustradas, que se filtraron el sábado y el domingo a la prensa casi en tiempo real, como en un reality show, desencadenaron al mismo tiempo nerviosismo y malestar entre los reemplazados que finalmente se quedaron. "Ya no se pueden hacer más reuniones sin que trasciendan", se quejó en esas horas uno de los fundadores de Pro, espantado ante la proliferación de mensajes de WhatsApp que partían desde la quinta de Olivos hacia teléfonos de periodistas.

La corrida venía además de acelerarse a partir de la palabra presidencial. Preocupado por una cotización que temió incontrolable, Macri había intentado el miércoles anterior adelantar detalles de un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional que todavía no estaba cerrado. El breve mensaje, que se emitió mientras Christine Lagarde, directora del organismo, descansaba unos días en la isla de Córcega, entorpeció la negociación y aceleró la desconfianza de los operadores.

Más que el recorte del gabinete, lo que le molestó al jefe del Estado fue ver que la crisis y los cuestionamientos de su entorno cercano, incluidos los fundadores de Pro, lo habían obligado a desarmar un esquema de conducción con el que se sentía cómodo. Ese engranaje funcionaba alrededor de la coordinación de Mario Quintana y Gustavo Lopetegui bajo la jefatura de Marcos Peña y era hasta el domingo pasado el modo en que Macri había decidido reemplazar a sus dos antiguos baluartes de la gestión en la ciudad de Buenos Aires: Horacio Rodríguez Larreta y, desde fuera del organigrama, su amigo Nicolás Caputo. El seguimiento que Quintana y Lopetegui hacían de la gestión recibía desde hacía tiempo quejas en voz baja de los ministros, que no solo veían resentida su llegada al Presidente, sino que también, muchas veces, se sentían rindiendo examen ante estos mediadores. "Me saqué una buena nota", bromeó alguna vez el jefe de una cartera al salir de la Jefatura de Gabinete.

El fin de semana pasado dejó sin embargo entrever un gesto que tendrá un valor simbólico muy relevante de aquí a las elecciones del año próximo: durante esas horas de tensión, Macri se comunicó personalmente con Donald Trump para pedirle respaldo y lo obtuvo. La respuesta llegó enseguida, con la conversación formal que ambos tuvieron el martes por la mañana y el inusual comunicado que la Casa Blanca difundió horas después con elogios del líder republicano. "Confío en el liderazgo del presidente Macri y firmemente lo apoyo en su compromiso con el FMI para fortalecer las políticas financieras y monetarias de la Argentina para impulsar sus desafíos económicos actuales", dijo Trump, después de afirmar que la Argentina era "un socio estratégico histórico" de los Estados Unidos y un "importante aliado extra-OTAN".

Ese apoyo acompañará a Macri hasta el final de su mandato por razones ajenas a la economía global. Al compendio de motivos, que van desde la estrategia norteamericana para el narcotráfico o la relación con Venezuela hasta inquietud por conexiones chinas en América Latina, habría que agregarle un foco de atención de último momento: el avance de las causas de corrupción en el mundo de la obra pública. Como en el Lava Jato, los republicanos podrán fundar aquí la recomendación desde el altruismo, pero en los hechos todo vuelve a coincidir con el interés de empresas multinacionales por participar de licitaciones de las que hasta ahora se sentían excluidas.

Esta preocupación externa es a la vez el reverso exacto de otra doméstica, no menos gravitante para el futuro de Macri, que se empieza a incubar en algunos sectores del peronismo y que indica que, en la medida en que avance, la causa de los cuadernos no solo representará una amenaza latente e impredecible para gobernadores y dirigentes de la oposición, sino, al mismo tiempo, un obstáculo para convencer a Cristina Kirchner de no competir en las elecciones de 2019. ¿Qué alternativa le quedaría a quien se siente perseguida y acorralada?

Ese sector del peronismo dialoguista, muchos de cuyos integrantes discutirán el presupuesto con el Gobierno el próximo martes, no ha resuelto todavía esa encrucijada: aunque la ex presidenta sigue teniendo el mayor caudal de votos en el conurbano, es también la candidata que un Macri golpeado por el ajuste preferiría enfrentar.

Son cuestiones que se dirimen en un ámbito golpeado por la inflación, muy lejos de los alcances de Trump. Algunos funcionarios macristas, entre ellos Rogelio Frigerio y Emilio Monzó, se contactaron últimamente con dirigentes de organizaciones sociales y aprovecharon para sondear cómo estaba el ánimo en los barrios. Respuesta obvia: la atmósfera no es alentadora. "¿Cómo me vas a cuestionar que haga una marcha frente a un ministerio? No me pidas que no te putee: yo con una marcha descomprimo", le contestaron a uno de ellos en una agrupación desde la que se cuestionaban también las acusaciones de Patricia Bullrich hacia el kirchnerismo por los intentos de saqueos.

La relación del Gobierno con estos movimientos será decisiva en la asimilación del ajuste en la provincia de Buenos Aires, donde se multiplicaron en estos días los pedidos de becas para comedores y cupos de comida, que los intendentes reparten en cajas con 14 kg de alimentos. La gobernadora Vidal tuvo que adelantar el protocolo que suele usar durante cada diciembre y que incluye un acuerdo tácito mediante el cual los requerimientos de los manifestantes se hacen a las autoridades provinciales, no a los supermercados, que tienen a su vez que alertar a las fuerzas de seguridad ante cualquier movimiento sospechoso.

Pero todo puede ser precario en territorio bonaerense, donde una simple discusión de vecinos derriba las mejores intenciones. Es entendible que el Gobierno haya decidido tomar recaudos. El conurbano tiene en las crisis la elocuencia del mercado: es un indicador de que algo no se hizo bien.

© La Nación

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