sábado, 29 de septiembre de 2018

Amor y desamores

Por Roberto García
Se amplió la familia. Con reconocimientos de paternidad por un lado, y promesas de emparejamientos por el otro. No es frecuente esta cariñosa ampliación. Hace veinte días, Macri habló telefónicamente con Trump, y este le dijo que le gustaría ser un papá aceptado por los argentinos, si estos fueran agradecidos con su ayuda para salvarlos de la crisis. Confesión infrecuente de un mandatario, quizás un deseo para el análisis psicológico.

Pero la frase encajaba con el compromiso de ayudar a su colega en la negociación con el FMI y la balsámica garantía de asistirlo financieramente si no llegara a alcanzar el acuerdo. “No te preocupes”, le insistió. Y cumplió esta semana. Al menos, parece cubierta la amenaza del default luego del anuncio. A esa demanda paternal se agregó otra extensión familiar en boca del ingeniero, quien entusiasmado por el socorro personal que le brindó Christine Lagarde en Nueva York, pidió su mano para convertirla en una novia para todos los argentinos, titánica propuesta para la dama, que tal vez hubiera correspondido al incontenible francés que la precedió en el cargo: el obseso sexual Strauss-Khan.

Protagonistas. Esta suma de parentescos imprevistos desde el exterior le provocó al Presidente una revulsión en su ejercicio del poder: recuperó una centralidad en Cambiemos que parecía afeitada (por la suba del dólar y el repudio en las encuestas, entre otras bellezas), tan disminuida que se había esbozado la conveniencia de un cerco para protegerlo con propios (Rodríguez Larreta, Vidal), socios radicales en el gabinete (Lousteau, Sanz, Prat-Gay) o eventuales peronistas domesticados. Pero el padre y la novia imaginarios determinaron que solo Macri podía acceder a esas filiaciones, “la plata me la dan a mí”, una exclusividad que le devolvió protagonismo, unificó la conducción suprimiendo ministerios, rescató el propósito de su reelección, lanzamiento que forzó a una parte de la oposición para encolumnar intereses, olvidar agravios individuales y enfrentarlo en forma grupal. Si se estabiliza el mercado cambiario y la economía en general, alguien dirá que esto fue planeado por algún sofisticado estratega, no correspondió al azar.

La aparición del cuarteto Massa, Pichetto, Schiaretti, Urtubey consuma una remake de aquellas aventuras conjuntas escasamente felices de Macri-Solá-De Narváez o la de Scioli-De Narváez-Macri para enfrentar al kirchnerismo. Hoy, la nueva alternativa desafía al rival de antaño encarnado en Cristina e incorpora también a Macri como indeseable. Por lo menos, en apariencia. Unos creen que el novedoso cuadrado replica la histórica reunión de Yalta entre Roosevelt, Churchill y Stalin; otros menos optimistas suponen que se trata de una patética minucia que beneficia al Gobierno para dividir al peronismo en 2019. No cabe duda, al menos, de que la fotografía de la reunión le encantó al asesor presidencial Duran Barba, sea porque provoca polémica y distrae atención sobre otros conflictos.

Paradójicamente, de los cuatro, quien exhibe mayor volumen hoy es quien tiene menos pretensión presidencial: Schiaretti. Tropieza con problemas de salud, aglutinó al peronismo cordobés desde la muerte de José Manuel de la Sota –cuya hija Natalia podría ser invitada como segunda en la fórmula para la gobernación– y en apariencia solo se interesa para hacerse  reelegir en Córdoba. Además, conserva óptimo vínculo con Macri, trabajó con su padre en Socma, se requieren entre sí. Otra expectativa dispone Pichetto: carece de territorio para integrar un binomio presidencial, pero compensa ese vacío con cierto prestigio convocante en el interior. Ya confesó su vocación para ocupar la Casa Rosada. Al igual que Massa, opuesto a cualquier aspiración en la provincia de Buenos Aires, el distrito donde se ampara con respaldo de jefes  municipales, influyente además por la cantidad de legisladores que hoy lo acompañan (más de uno sospecha que el poliamor de Solá quizás lo abandone con media docena del bloque). Pero está desteñido por los números electorales en el orden nacional.

No conforma mucho más Urtubey, con su territorio salteño dinamitado, aunque se esfuerza por expandirse en otros distritos  y, sobre todo, para quedarse con los sponsors que en algún momento apoyaron al hombre de Tigre. Está claro que, por el escándalo de los cuadernos, seriamente no habrá plata abundante para las campañas. Apenas para una o dos.

Si prospera este andamiaje, habrá adicionales. Respaldo de importantes gobernadores (Manzur, Bordet, Uñac), congresistas, intendentes, o la participación de Lavagna padre que se juramentó decir que no será candidato. Pero Eduardo Duhalde, quien sueña con que la jueza Servini le ceda la intervención del partido peronista, lo promueve como sujeto de unidad, hasta por  razones de edad, copiando el fenómeno vejestorio de Mujica en Uruguay o López Obrador en México, imaginando tal vez una población harta y disgustada con la intemperancia de los cuarentones de La Cámpora o los párvulos ineficientes del PRO.

En qué te has convertido. Tampoco se define sobre el cuarteto alguien que visita a menudo al intermitente Duhalde: Daniel Scioli, con apta persistencia en los sondeos y de interrupta comunicación con Cristina. Ya no es el preferido político de Duhalde, pero todavía comparten horas con el ajedrez (a veces, con otro jugador avezado, Samid). Cierta preocupación judicial lo debe acechar. Justamente ese tema abruma al ex motonauta, y en los mentideros se repite que más de una vez fue a visitar a Macri en Olivos. Es cierto, está registrado. Lo que se ignora, en cambio, es la naturaleza del diálogo que ambos tuvieron con relación a las investigaciones. Aunque se menciona esta versión, plausible quizás, novelesca con seguridad:

—Debés saber que estoy soportando presión o persecución judicial. Podría necesitar ayuda.
—No puedo hacer nada con la Justicia, son cuestiones en las que no me meto. Si hasta mi familia tiene problemas.
—Bueno, pero fijate que yo pude haber estado sentado en el sillón que ocupás ahora. Y vos, con problemas en la Justicia, en el sillón donde ahora yo estoy sentado. Invertí los roles. ¿Vos pensás que yo no te hubiera dado una mano?
—Entendé: no se trata de dar una mano, de lo que uno puede hacer o no. No intervengo en la cuestión judicial, no me meto. Debe ser también porque a mí me tocó este sillón.

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