sábado, 28 de julio de 2018

Un monólogo cómico que no busca la risa

La cómica australiana Hannah Gadsby le da la vuelta 
al género del stand up comedy.

Hannah Gadsby: cuando los monólogos no sirven para contar la historia entera.
Por Aloma Rodríguez

Una lesbiana de Tasmania. Hannah Gadsby es australiana, de Tasmania, donde la homosexualidad fue considerada actividad criminal hasta 1997. Gadsby es lesbiana, pero pasaron al menos diez años hasta que lo asumió y usó el autoodio que había ido acumulando para cambiarlo por un self-deprecation usado para la comedia. Sabe cómo hacerlo, no hay duda. 

Los primeros veinte minutos de su monólogo Nanette, que puede verse en Netflix, –dice que se llama así porque conoció a una mujer que creyó que le daría dos horas de comedia y no; pero el misterio queda así– son un despliegue de los recursos más o menos conocidos del stand up comedy: chistes sobre sí misma y su condición de lesbiana, chistes sobre el propio género de la comedia, chistes sobre cómo la confunden con un hombre o con un hombre transexual, chistes sobre Tasmania, su familia y su salida del armario. Pero algo pasa entonces: dice que ya no puede seguir haciendo comedia, precisamente porque se basa en el autodesprecio, y “eso para alguien que vive en los márgenes no es humildad, es humillación”.

Picasso y los genios. Gadsby estudió Historia del Arte. Usa el humor para señalar cómo a lo largo de la historia las mujeres han sido retratadas como objetos, pero apenas han tenido voz. Aprovecha para sacar punta a base de chistes a las dos opciones que da la historia del arte a las mujeres: virgen o puta (“técnicamente, encajaría en la de virgen”). Y se burla de la imagen de las mujeres que se da en muchos cuadros clásicos: durmiendo desnudas en el bosque; dice que ella no encaja en ese mundo porque sabe vestirse. También hace chistes con las tortugas ninja para hablar de las relaciones entre el arte y el poder. Habla de Vincent van Gogh, sus enfermedades y su medicación, y rechaza la idea del genio maldito y de que la enfermedad mental es algo así como un precio a pagar a cambio del gran talento. Confiesa la antipatía que le produce Picasso, al que considera un misógino y le reprocha su relación con Marie Thérèse Walter, cuando esta tenía diecisiete años. Insiste en que ella era menor de edad y él tenía más de cuarenta años. Para mí es peor la frase en la que Picasso dice que “los dos estaban en su plenitud”, una frase a la Gadsby saca punta. Tampoco creo que Bill Cosby, Harvey Weinstein, Donald Trump, Roman Polanski y Woody Allen pertenezcan a la misma categoría.

La identidad, de nuevo. Al principio del monólogo, cuando Gadsby está en la parte de los chistes, cuenta cómo recibe “feedback” de lesbianas y “opiniones de los hombres”. Cuenta que una lesbiana la acusó de que en sus monólogos había “poco contenido lesbiano”. Habla, también, de lo complicado que fue para ella identificarse con alguien en la homófoba Tasmania. Pero no le resultó más fácil identificarse con los gays a los que veía desfilar por televisión en carnaval. No encajaba en ningún sitio. Ahora dice que lesbiana no es con lo que más se identifica, sino “cansada”. El fondo de este monólogo va contra las etiquetas, Gadsby defiende la diferencia y la convivencia, la comprensión y la escucha; y cuenta lo complejo que es encontrar nuestro lugar en el mundo –para todos, pero algunos parten con ciertas desventajas–.

Rematar los chistes. Gadsby explica que quiere dejar la comedia porque se basa en la tensión que crea antes de rematar los chistes. Dice que la risa le sirvió toda su vida para aliviar la tensión y ahora está cansada de la tensión. Además, dice, los chistes le sirven para encapsular su trauma, no para liberarse. Por otro lado, dice Gadsby, los monólogos no permiten contar la historia entera, el final nunca llega, queda sepultado por el remate. Pone dos ejemplos: el chiste sobre la reacción de su madre cuando le dijo que era lesbiana no cuenta la historia completa, que ahora se llevan muy bien y que su madre le pidió perdón por haber esperado de ella se le pasara; y la broma sobre el tipo que quiso pegarle por hablar con su novia creyendo que era un tío. En realidad, sí le pegó: ser lesbiana la hacía merecedora de una paliza. De manera imprevisible, Gadsby deja salir la ira. Cuenta un episodio de abuso sexual en la infancia y que dos hombres la violaron a los veinte. Y aquí es donde creo que el discurso de Hannah Gadsby es potente: dice que no quiere ser una víctima, porque la victimización solo lleva a la venganza y a la ira y ella no quiere extender la ira. Dice que la risa y la ira pueden usarse ambas para unir a la gente. Pero ella no quiere eso. Lo único que quiere, dice, es contar su historia bien, con todas las partes.

© Letras Libres

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