miércoles, 11 de julio de 2018

Escuchando a Father John Misty

Por Isabel Coixet
Escuchando a Father John Misty esta mañana, he recordado muchas cosas que creía haber superado. Curioso cómo una canción, un acorde, una nota, un golpe de guitarra pueden sacarte a tu yo de los diecisiete que creías enterrado para siempre. Y no, ahí, lo tienes, con acné, la nariz brillante y la camisa blanca de tu padre que te encantaba y que hacía que tu madre te pegara el broncazo antes de salir de casa, porque «cómo puedes ponerte esa camisa vieja tan ancha que ya no está ni blanca, que está amarilla».

Escuchando a Father John Misty, pienso en todas las veces que me han roto el corazón y en todas las veces que yo se lo he roto a alguien. Y sé, con una seguridad que desconozco en mí, que la gran diferencia entre esas dos cosas es que, con el corazón –magullado y doliente– en la mano, cada vez que yo le he roto el corazón a alguien, él me lo había machacado doscientas veces antes, y cuando a mí me lo han roto, yo no había hecho nada para merecerlo, si descartamos una predisposición absurda a la confianza ciega, al respeto a quien no se lo merece y a creerme a pies juntillas esa leyenda urbana de que la gente sólo dice «te quiero» cuando lo siente de verdad. Seguramente me engaño y recuerdo sólo la imagen heroica y vagamente victimista que quiero recordar y que ha permanecido fijada en mí, como una mancha en un pantalón negro, que intentamos disimular porque está en un lugar que apenas se ve y luego resulta que es lo primero que salta a la vista y te pasas el día sintiendo cómo la mancha se apodera de tu ya escasa confianza en ti y acabas siendo esa misma mancha. Pero eso es lo que he decidido creer de mí misma y a estas alturas, ¿quién quiere cambiar de himno personal?

Escuchando a Father John Misty, veo por un momento un camión cisterna de lágrimas derramadas por indeseables que nunca derramaron una lágrima por nadie. Aunque da igual, porque cuando llora por alguien, lo único que quiere es sentir que ese alguien algún día se golpeará la cabeza contra la pared y se hará sangre, pensando en lo burro que fue, dejando escapar a la persona que le quiso, que le quiso de verdad. Pero ya es demasiado tarde y no hay bastantes muros en el mundo para la letanía de lamentaciones que le esperan a esa rata de dos patas.

Escuchando a Father John Misty, me veo más vulnerable de lo que me creo, menos fuerte de lo que en realidad (¿en realidad?) me siento, más pequeña, más tonta, menos resabiada. Querría quemar todas esas fotos que me muestran inocente. Querría olvidar toda la ingenuidad que me poseía. Querría borrar todas las señales que no vi, que señalaban el precipicio, la caída libre, el peligro inminente, el abismo.

No sé qué quiere decir la letra de muchas de las canciones de Father John Misty o no sé a qué se refería exactamente él cuando las escribió, pero sé que me hablan a mí. Ahora. Ayer. O quizás le hablan a un mí que ya no existe en mí, pero que, cuando existía, hizo que yo fuera quien soy. Yo ya me entiendo.

© XLSemanal

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