sábado, 14 de julio de 2018

El grito belga

Por Martín Caparrós

Mirar fútbol es sentirse parte. Nada más aburrido que ver un partido y mantenerse neutro. El fútbol también consiste —¿consiste sobre todo?— en identificarse, en querer “que ganen los míos” o, mejor, “que ganemos nosotros”: armar plurales imposibles. Así que cuando uno está lejos de esos equipos en la cancha tiene que armar afinidades, y es un arte.

Es fácil cuando, aunque no juegue tu país, juega uno vecino o querido, uno donde viviste o querrías vivir, uno que te interesa. Pero cuando no hay nada de eso la afinidad es una construcción laboriosa, caprichosa.

¿Cuántos argentinos, por ejemplo, querían hoy que ganase Bélgica sin tener la menor relación con Bélgica, solo porque detestan a Inglaterra? ¿Cuántos que ganara Inglaterra porque es el país de los Beatles o los Stones o porque vieron últimamente Downton Abbey? ¿Cuántos, como yo, que ganara Bélgica porque su mejor jugador, Eden Hazard, es, como yo, fan confeso de Juan Román Riquelme? ¿Cuántos, como yo, que ganara Inglaterra porque el otro día leí la historia de la vida difícil de Raheem Sterling y me emocionó?

Unos quieren que pierda el equipo que le ganó a su equipo por venganza, otros quieren que gane el equipo que le ganó a su equipo por soberbia; unos quieren que gane tal país porque hay un jugador que juega en el club que le gusta, otros quieren que no gane porque hay un jugador que juega en uno que no —y así de seguido y así hasta el infinito—. Las razones son variadas, impredecibles y volátiles: no es raro que alguien quiera que gane uno y al rato el otro y después quién sabe. A veces es solo para que el partido se mueva, se ponga más sangriento; a veces, como hoy, para que siga.

Porque valía la pena. Creo que no había visto nunca un partido “por el tercer y cuarto puesto”. Su nombre ya lo hace sospechoso: nunca nadie llamó a una final “un partido por el primer y segundo puesto”, y en cambio este se llama así: por el tercero y cuarto. Es, lo sabemos, el partido que nadie querría jugar, la pesadilla. ¿Y usted, señor, qué es lo que más teme en este Mundial? No sé, llegar casi, estar a punto de jugar la final y terminar jugando por el tercer puesto. Es, sin duda, una crueldad: obligación de sábado para dos docenas de muchachos que acaban de perder la gran oportunidad dominguera de sus vidas.

Pero suelen ser buenos partidos. En las cuatro finales de este siglo se metieron cuatro goles en los noventa minutos de partido; tres de ellos terminaron empatados, uno 1-1 y dos 0-0. O sea: partidos atenazados, difíciles, miedosos. En los cuatro partidos por el tercer puesto hubo ganador y se metieron 17 goles. Para ver fútbol, parece, el tercer puesto es mejor que el primero. Lo juegan, supongamos, más tranquilos.

Y el de hoy no defraudó. Ya a los tres minutos Bélgica dio una clase práctica de contraataque y en tres toques larguísimos construyó un gol con la menor cantidad de elementos posibles, un gol donde no sobró nada. Hay quienes dicen que la perfección de cualquier producción humana —un poema, un colador, un coche, un gol de contragolpe— es que cada una de sus partes esté justificada, que ninguna parezca superflua, todas necesarias.

Pero hemos vivido años de barroquismo: el tiki-taka hispano-catalán se basaba en el despilfarro, la pelota que va y viene y nos marea y marea hasta que, de pronto, ese mareo se transforma en gol. Y el barroquismo hispano-catalán ganó partidos y torneos y se convirtió en la aspiración de muchos. Pero los estilos van y vienen, se suceden y se contradicen: siempre fue así, en la historia del arte y de las malas artes.

Solo que, a diferencia de otras disciplinas, lo que marca el dominio de un estilo deportivo no es un cambio en el gusto general sino el triunfo. Decíamos: esa ficción de orden que el deporte ofrece implica que en él, a diferencia de la vida, se sabe quién gana y quién no gana. Y ahora parece que el estilo que gana partidos es el más directo, menos cargado, así que quizá se imponga en los próximos años.

El gol belga obligó a los ingleses a intentarlo desde muy temprano. Bélgica se dispuso a esperar y contraatacar pero a Inglaterra le pasó lo mismo que contra Croacia: no supo cómo reaccionar porque —parece que— no tiene con qué. Inglaterra hasta ahora había hecho 12 goles y solo tres llegaron por jugada, o sea: no tiene gran idea de cómo hacer un gol. Faltaba un armador, precisamente, alguien que condujera y ordenara; mi querido Sterling fracasaba.

Bélgica, en cambio, amenazaba en cada contragolpe. Y poco a poco se fue quedando con el partido, que Inglaterra no sabía controlar. No metía más goles porque Lukaku estaba torpe —pero los pases de De Bruyne y de Hazard eran “tomá, metelo”—. El partido tenía un secreto no muy bien guardado: los belgas son mejores jugadores. Y tienen ese 10. En este Mundial juegan dos 10 de verdad, a la sudaca —de esos que están para armar juego mucho más que para rematarlo—, y uno es croata, el otro belga.

En el segundo tiempo los ingleses salieron dispuestos a cumplir con su parte: atacar, aunque no supieran exactamente cómo. Rondaban el arco belga pero no terminaban de meterla por problemas técnicos: sus muchachos no resolvían como debían porque no paraban o pateaban o centraban como habrían debido. A veces las cosas son así de simples. Dominaban, parecía que, en alguna confusión, podrían conseguirlo.

Y en esas estaban cuando los belgas produjeron la mejor jugada del Mundial, que no fue gol porque Pickford, espléndido, le sacó la volea a Meunier después de un recital de paredes y tacos en velocidad, tan precisos, perfectos. Y en la jugada siguiente Eden Hazard hizo el gol que merecía y lo grité, confieso. ¿Se acuerdan de todo ese rollo sobre la identificación? Yo entré como un caballo y lo grité —y eso es lo que hace que el fútbol sea el fútbol—.

Bélgica es tercero. Hoy debe ser una resaca rara; en unos años se volverá un orgullo. Mañana podemos discutir si es mejor o peor que ser segundo.

© The New York Times

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