sábado, 30 de junio de 2018

Lo atamos con alambre


Por Sergio Sinay (*)

Mientras hay alambre, hay esperanza. En el ADN del ser nacional argentino existe una convicción: lo atamos con alambre. Es decir, no necesitamos planificar, no necesitamos saber, no necesitamos prever, no necesitamos aprender ni ejercitarnos, no necesitamos emular buenos ejemplos, no necesitamos aprovisionarnos de aquello que pudiera resultarnos necesario. Llegado el caso, lo atamos con alambre. 

Y seguimos como podemos. Zafamos. Después lo llamaremos creatividad, impronta, espíritu emprendedor, inteligencia o viveza (si es criolla, mejor).

A veces el alambre se llama Nigeria. A veces FMI. A veces Maradona. A veces Messi. Y si alguno se salió del libreto y no lo ató con alambre, sino que se preparó, buscó y desarrolló recursos (llámense Leloir, Houssay, Milstein, Campanella), servirá para el orgullo patriotero, pero no para el ejemplo. Pasada la euforia, lo seguiremos atando con alambre. Usamos muchos tipos de alambre, en eso somos creativos. Subsidios, planes sociales, San Expedito, la tarjeta de crédito, el cheque diferido, el contacto oportuno en la repartición de que se trate o el “le tiramos unos mangos y ya está”. Además, siempre es posible que Alemania quede eliminada antes que nosotros, lo cual nos permitirá llegar a la profunda conclusión de que el alambre vence a la planificación, tanto en el fútbol como en la vida. Y tomaremos ese ejemplo para llevarlo a todos los terrenos posibles.

El ensayista libanés Nassim Nicholas Taleb, miembro del Instituto de Ciencias Matemáticas de la Universidad de Nueva York y padre de la célebre categoría “cisne negro” con que define los sucesos inesperados que, a pesar de que no podían ocurrir, ocurren, diría que somos “antifrágiles”. Justamente, Antifrágil es el título de uno de sus libros, en el que señala que la fragilidad necesita orden y previsibilidad, mientras la antifragilidad se nutre de lo aleatorio. Sin embargo, el propio Taleb advierte que el estrés crónico, a diferencia del agudo, desgasta. Y dejar todo librado a la suerte o al alambre es comprar un abono al estrés crónico. Hay que dormir siempre en alerta, con un ojo abierto, y expuestos a lo que depare el destino. Entonces, ocurre que un día el destino se llama Croacia 3 Argentina 0 y hay que soportar los denuestos de relatores y comentaristas variopintos que hasta un rato antes se inflamaban de patrioterismo ramplón, para pasar de inmediato a Argentina 2 Nigeria 1 y volver a escucharlos, ahora envueltos en un fervor nacionalista y un optimismo autoritario que mete miedo. Son dignos representantes de la mayoría de una hinchada (¿o un país?) que no admite disensos ni matices, tanto en un caso como en el otro. En paralelo, un día cunde la euforia porque llegaron los primeros 15 mil millones de dólares del FMI (que nadie verá, porque en el mundo regido por mercados financieros especuladores e inasibles el dinero es siempre virtual y no está en ningún lado), que se aplicarán a tapar agujeros. Pero al otro día llega la depresión, porque “el clima financiero global” se enrareció y nos mandó nuevamente a la zona de descenso.

Es preciso aclarar que estas líneas están escritas antes de Argentina-Francia y antes de que abran los mercados del lunes. Lo cual, más allá de circunstanciales euforias o depresiones, no altera la ecuación. Es posible que si todo sale bien reafirmemos nuestra fe en las virtudes del alambre. Y si sale mal, además de buscar algún culpable afuera o un chivo expiatorio adentro, iremos por una buena provisión de alambre, más grueso si fuera posible, para la próxima. En otro de sus ensayos, titulado ¿Existe la suerte?, Taleb previene contra la costumbre de llamarle habilidad a la suerte y determinismo al azar. Guiarse por resultados, dice, subvalora los riesgos y lleva a creer que el camino para ser millonario es ganar la lotería, y no trabajar. Concluye que son las conductas permanentes y consecuentes, y no los resultados efímeros, lo que cuenta. De lo contrario, se confunde a “idiotas con suerte” (así los llama) con héroes a quienes hay que seguir. Y para seguirlos, hay que proveerse de mucho alambre.

(*) Periodista

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