sábado, 30 de junio de 2018

De finales

Por Fernando Savater
Hace un par de meses me paseaba por el cementerio de Newmarket, Suffolk, Inglaterra. Para los aficionados al turf, Newmarket es como Jabugo para los aficionados al jamón o Lourdes para los devotos de la Virgen María. He ido muchas veces a Newmarket para cumplir mis obligaciones de aficionado, pero nunca me había acercado al cementerio, donde está enterrado el santo patrón y mártir de los jockeys, Fred Archer. 

Si preferimos la leyenda a la historia, como dice John Ford que ocurre en el Oeste y en cualquier tierra romántica, Fred Archer, a finales del siglo XIX, fue el mejor de los jinetes que en el mundo han montado. Ganó las pruebas más importantes en Inglaterra y Francia, en lucha constante contra la báscula porque era demasiado alto para su oficio y le costaba mantener el peso requerido. Para perder rápidamente kilos tomaba un espantoso purgante de su invención, que destruyó su salud.

Se casó por amor, cosas que pasan, y su mujer murió al dar a luz. Entonces se pegó un tiro. Tenía 29 años y utilizó una pistola semejante a la que medio siglo antes y casi a la misma edad empleó Larra con idéntico fin.

Localicé la tumba orientado por un viejo sepulturero, de raigambre shakespeariana. Allí reposaba la pareja infeliz de enamorados. Pregunté a mi guía si había enterrado algún otro jinete. Tras dudar, me llevó a la de Arthur Robert Freeman, que ganó un Grand National y otras pruebas de obstáculos. En su lápida ponía: “Always strong in the finish”.

Ser recordado por la energía en los finales, sea de carreras, de amores o de la vida misma, es un insuperable elogio. Lamenté no haberlo merecido y saber que nunca lo merecería. Las tumbas enseñan humildad.

© El País (España)

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